Matthew Lynn: Por qué va a fracasar la Biden-nomics

La inflación ya aumenta rápidamente. El mercado de trabajo se ha estancado. Las ventas al por menor están planas, la bolsa se resiente y al mercado de renta fija no le va mucho mejor. El presidente Biden hizo una gran apuesta por poner en marcha la economía estadounidense en un intento de iniciar una década de crecimiento y renovación, y conseguir por fin que los salarios reales vuelvan a subir. Sin embargo, en la última semana, la ‘Biden-nomics’ ya ha empezado a desbaratarse.

De hecho, el presidente y su equipo están a punto de volver a aprender algunas duras lecciones de los años 70 y 80. Salvo en circunstancias excepcionales, cuando hay un verdadero colapso de la demanda, el Gobierno no lo puede fiar todo al mayor gasto público. Lo único que ocurre es que todo el mundo se adapta al estímulo, y eso anula cualquier ganancia. Ya estamos empezando a ver cómo se desarrolla esto. Las ambiciones de Biden van a terminar en una espiral de inflación, o en un giro de 180 grados. Con suerte, será lo segundo y no lo primero. Pero hay un punto que ya está claro. Lo que no veremos es una recuperación sostenida.

No se puede cuestionar la magnitud de los planes de gasto de Biden. Ya ha liberado un desembolso como no se había visto desde Lyndon Johnson y la guerra de Vietnam, en la década de 1960, y posiblemente tampoco desde la economía de guerra de la década de 1940. El Plan de Empleo destinará dos billones de dólares para arreglar las carreteras, los ferrocarriles y los puentes del país. El plan American Families recibirá 1,8 billones de dólares para financiar el cuidado de los niños y la educación. Se enviarán cheques a todas las familias que ganen menos de 100.000 dólares al año -es decir, a casi todas-, mientras que la estrategia industrial recibirá otros cientos de miles de millones para reconstruir la base manufacturera del país. Y esto viene después de la Administración Trump que, independientemente de sus muchos defectos, no podría calificarse de frugal. Financiado por la Reserva Federal -su balance ya ha aumentado de 4 a casi 8 billones de dólares sólo en el último año-, el mundo estará inundado de dólares recién acuñados.

Muchos de los gastos empiezan a parecer un poco extravagantes. Los cheques del Gobierno se envían por correo a todo el mundo, independientemente de dónde vivan los ciudadanos estadounidenses o sus familiares. El Washington Post informó de uno que llegó a la cuenta de una mujer de clase alta en Londres. Eso puede ayudar a la capital británica pero poco puede contribuir al crecimiento de Arizona o Alabama. Sin duda, éste es un ejemplo extremo pero, en realidad, cuando el Gobierno empieza a repartir dinero gratis a esa escala, pierde rápidamente el control de su destino. Los cheques de estímulo simplemente se depositarán en los bancos, mientras que los puentes y las carreteras financiados generosamente se enfrentarán a años de retrasos y a un aumento masivo de los costes, y las subvenciones industriales serán aprovechadas por los especuladores en lugar de por auténticos empresarios.

Pero eso no es ni mucho menos lo peor. Ni siquiera veremos un gran estímulo. En los años 70, cuando se produjo la hiperinflación, los economistas inventaron el concepto de “expectativas racionales” para explicar por qué el bombeo keynesiano de la economía terminaba tan a menudo por fracasar. La izquierda lo ridiculizó, y es cierto que no muchos de nosotros llevamos un modelo econométrico perfectamente formado en la cabeza. Pero contenía un importante núcleo de verdad. La gente no es estúpida. Se dan cuenta de lo que ocurre y empiezan a ajustar su comportamiento en función de lo que presencian.

Ya podemos ver eso en acción. Cuando el Gobierno gasta en la escala que lo está haciendo ahora, la gente sospecha que va a haber un repunte de la inflación, y que todo va a costar un poco más en un par de años. Las plantillas empiezan a pedir sueldos más altos, y las empresas suben los precios de sus productos, ahora que pueden. ¿El resultado neto?: la inflación empieza repunta, y el aumento de los precios anula los efectos del gasto público extra. A continuación, se avecina una subida de impuestos y, muy pronto, también de los tipos de interés. ¿El resultado? Empiezan a frenar el gasto y la inversión de empresas y familias, temerosas de quedarse entrampadas en montañas de deuda que no podrán pagar una vez que los tipos de interés suban. Por último, el mercado de valores sufre descensos. Ya hemos visto los primeros signos de ello. ¿Cuál es el resultado?: recibes un cheque de estímulo de 1.400 dólares, pero tu cartera de acciones, y tu plan de pensiones se deprecian en 10.000 o 20.000 dólares, por lo que gastas menos en lugar de más. Una vez más, la respuesta racional al gasto extra simplemente lo anula. No hay ganancia neta. De hecho, la demanda disminuye.

Es cierto que hay circunstancias excepcionales en las que los Gobiernos tienen que gastar más para rescatar la economía. Lo vimos en 2008 y 2009 tras el colapso bancario, cuando el crédito se secó y las empresas se quedaron sin dinero. Pero esa no es la situación a la que nos enfrentamos ahora. El mundo está anegado en liquidez, y los consumidores han acumulado grandes ahorros en los confinamientos. Un derroche keynesiano de gasto no va a funcionar. En realidad, la ‘Biden-nomics’ ya naufraga y mucho más rápido de lo que la mayoría de los expertos preveían. Ahora mismo, o bien va a terminar en una espiral de inflación o, aún peor, a medida que los precios se aceleren, la creación de puestos de trabajo y el gasto privado no se refuercen, y los rendimientos de los bonos empiecen a subir antes de una subida de los tipos de interés, habrá un giro brusco, repentino y dramático para el PIB, y el Gran Gastador Biden se reinventará apresuradamente en el adalid de la austeridad. Por el bien de la economía mundial, deberíamos esperar que sea esto último, pero, lamentablemente, puede que tengamos que asistir a una inflación al estilo de los años 70 mientras se vuelven a aprender esas lecciones.


Matthew Lynn es Director ejecutivo de Strategy Economics

Este artículo se publicó originalmente en El Economista (España) el 17 de mayo de 2021