Juan Guerrero: El daño ontológico a los venezolanos

El sector donde vivo es una zona rural, a las afueras de una pequeña ciudad. La urbanización apenas tiene 29 casas, de ellas 5 están desocupadas, sus dueños emigraron hace ya varios años. Quedamos 24 vecinos, de ellos, en otros 5 hogares apenas viven una o dos personas. En la práctica quedamos 19 familias quienes, sin darnos cuenta, hemos construido una pequeña ‘burbuja de seguridad’ para resguardarnos. La vida está, ciertamente, detenida en la única calle donde toca vernos las caras una que otra vez. Algunos han decidido desarrollar actividades deportivas y se lanzan a jugar volibol, hacen asados y parrillas, se entretienen y buscan hacer con sus hijos pequeños huertos familiares.

La idea es perpetuar los valores y principios de solidaridad, trabajo en grupo, afirmar los afectos. En resumen, mantener vivos los ancestrales lazos que hermanan en eso que se llama ‘venezolanía’ y que es común para cualquier habitante de una real y verdadera nación.

Todos permanecemos encerrados en un espacio físico que no excede los 100 metros lineales por 50 de ancho. A ese espacio se nos ha reducido nuestro país, nuestra nación, nuestra república. Más allá de esos límites existe eso que han dado en llamar, ‘el no-país’ o ‘ex país”. Vivimos en medio de una muralla que es la cerca perimetral coronada por seis alambres energizados, con una vigilancia de 24 horas, que realizan dos personas que no duermen o lo hacen muy mal, para que nosotros podamos seguir pensando que vivimos como Dios manda.

Como comunidad no tenemos mayores dolores de cabeza salvo las cuotas extras para cancelar los sueldos a los vigilantes, o el servicio y mantenimiento del portón de entrada de los vehículos, o las pequeñas refriegas de quienes cantan a medianoche mientras asan carnes y escuchan música a alto volumen.

Nos despiertan los cantos de los pájaros al amanecer y las lluvias que anuncian el invierno del trópico. –Somos privilegiados, al menos eso pienso. Pero también pienso que hay algo por dentro que se ha ido al fondo, se ha hecho trizas. Queda una añoranza por saber que ‘algo’ no se alimenta, que ha quedado en el puro esqueleto. Es que todos los meses, todas las semanas, todos los días, todas las horas parecen iguales. Uno se siente detenido espiritualmente en medio de una sabana, en la mera pampa, pues. Vive a cielo abierto, sin ayer ni mañana.

Los venezolanos que habitamos el territorio físico, somos eso, pisatarios de una tierra. En mi caso, como lo describo, habito un espacio inventado, porque no sé con certeza lo que ocurre en realidad más allá de 100 metros, hasta el portón de entrada/salida. Los vecinos se esfuerzan en mantener viva su cotidianidad, su día a día como le llaman. Pero todos sabemos que vivimos un auto engaño. Por eso duele tanto el alma, el ser de cada quien. Cada día se nos enflaquece el ser y se disminuye. Las alegrías verdaderas, esas que generan carcajadas desde las mismas entrañas, se han quedado tapadas por las mascarillas y apenas se escuchan risas pasajeras o dibujadas en caritas amarillas de las pantallas cibernéticas.

No hay razones de vida que impliquen plenitud que colme el alma. Nuestro ser ha emigrado más allá de nuestras carnes. Acaso queda esta malograda andanza para un bodegón, para un mercadillo, hasta una destartalada panadería, buscando en nuestra incertidumbre de un miserable sueldo, completar para adquirir alimentos, medicinas. En eso se nos pasa la vida.

El empobrecimiento de nuestro ser es absoluto. Está malogrado, ha quedado fragmentado en medio de tanto miedo, tanto desgaste físico por tanto reclamo, tanta protesta, tanto grito organizado por tanta muerte injusta, tanto atropello, tanto vejamen.

He leído hace pocos días un ensayo sobre la violencia antropológica contra los venezolanos, los maltratos a la condición humana, el miedo y la incertidumbre De cierto todo eso y más que se ha evidenciado y demostrado con documentación y denuncias de quienes lo han sufrido; esto que indico, tiene otra herida que va más al fondo: la llaga que deja en la intimidad del ser venezolano la experiencia de poco más de 20 años, en el maltrato a su condición de ciudadano de una república, sus ancestrales principios, valores y su ética de vida cívica. Es más que un intenso insomnio y alteración psicológica y neurológica, que ha desatado tanto suicidio.

El maltrato al ser nacional y su cotidianidad es un padecimiento que tardará décadas en sanar. El socialismo del siglo XXI nos arrebató el alma, nos descuartizó el ser, la intimidad del silencio y la ternura en la mirada.

La patología, el morbo son el mal del nuevo siglo implantado en el ser del venezolano por la revolución nacional socialista, llamado chavizmo, para perpetuarse en el poder. Una sociedad diezmada, quebrada y alterada en el centro de su ética/estética, de su ser y hacer.

Quienes sobrevivimos en este territorio inhóspito, dividido en zonas estratégicas para el pillaje, el narcotráfico y los campamentos de minería ilegal y terrorismo, ya no tenemos más que ofrendar a la libertad, salvo nuestros indefensos cuerpos y la palabra imposible, que se niega a claudicar, que sigue resistiendo, aunque no sepa para qué seguir viviendo en medio de tanta tragedia y crueldad.

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