Marcel Gascón Barberá: Nicaragua secuestrada o nadie escarmienta en cabeza ajena

El régimen sandinista de Nicaragua ha puesto esta semana en arresto domiciliario a la líder opositora Cristiana Chamorro. Hija de la expresidenta Violeta Chamorro y hermana del periodista perseguido Carlos Chamorro, la también periodista y política ahora detenida era uno de los candidatos mejor colocados para enfrentarse al presidente Daniel Ortega en las elecciones de noviembre.

Esto vuelve a ponernos ante una realidad inapelable: los regímenes revolucionarios, que tanta fortuna siguen haciendo en Hispanoamérica, disimulan cuando no está en juego su supervivencia, pero no dudan en matar, detener y suprimir de la forma que sea a los disidentes cuando sienten que su monopolio del poder está en peligro.

Ortega aplicó este libreto al reprimir con ferocidad las protestas que encendieron hace tres años las calles de Nicaragua, y vuelve a hacerlo ahora al sacar de la arena política a Chamorro a pocos meses de un proceso electoral que ya tiene manipulado por muchos otros medios. Por ejemplo, mediante la colonización con magistrados leales al Frente Sandinista de la autoridad electoral encargada de la organización y el recuento de los comicios. O acosando, con las últimas redadas contra medios de Carlos Chamorro, a lo que queda de prensa libre en el país.

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Igual que ocurre en la Venezuela chavista, el sandinismo juega con la esperanza electoral de la oposición con crueldad sádica y calculada. Por un lado, sigue convocando elecciones que aspiran a dar apariencia de legitimidad al régimen. La oposición sabe que están trucadas. Pero fuera de la vía electoral sólo queda el pataleo o el martirio. Y entonces se agarra a un clavo ardiendo y entra en el juego. Y cuando se crea la expectativa de un voto masivo capaz de forzar el cambio, el sátrapa, que es juez y parte, golpea exactamente donde debe, como ha hecho ahora con la detención de Cristiana Chamorro. La oposición queda descabezada. El pueblo despierta a la realidad, se desmoviliza y, especialmente en el caso venezolano, la toma contra la oposición ingenua, vendida y colaboracionista que se ha dejado engañar yendo a las urnas de vendida.

El panorama es ciertamente desalentador, y no aciertan a mejorarlo cien comunicados de todas las cancillerías de América, ni las sanciones que puedan llegar de Washington.

Porque, a diferencia de Pinochet o la Sudáfrica del apartheid, que acabaron disolviéndose ante lo agobiante de los boicots y las sanciones internacionales, dictadores de izquierda como Maduro, Ortega, los Castro o Mugabe aceptan el hambre y la ruina en sus países si es el precio por seguir disfrutando de las prebendas del mando.

Aunque la hemos visto mil veces, la tragedia autoinfligida de Hispanoamérica sigue repitiéndose como si fuera una novedad. Nadie escarmienta en cabeza ajena. El próximo en hacerse el haraquiri podría ser Perú, donde un discípulo orgulloso de Sendero Luminoso está a un paso de proclamarse presidente. Si este domingo una mayoría se decanta por Pedro Castillo ante Keiko Fujimori, los peruanos tienen muchos números para acabar ahogándose en la misma ciénaga en que hoy chapotean los nicaragüenses, ante la imposibilidad de deshacerse del candidato revolucionario al que un día votaron.

El camino al poder de personajes como Ortega sería mucho más empinado si no contaran con el favor más o menos manifiesto del periodismo de glamour en Europa y América. Las hemerotecas de sus diarios servirían para juzgar y condenar una a una las revoluciones de Hispanoamérica. Pero la mayoría de los periodistas siguen ridiculizando toda advertencia sobre el peligro rojo. Donde solo habrá miseria y sangre, los medios insisten en ver una promesa de redención del pueblo al que acabará esclavizando su candidato predilecto.

Hace ya muchos años, cuando Chávez empezaba a poner en marcha su plan 2050 para Venezuela, Al Yazira entrevistó en las calles de Caracas a una señora rica, rubia e histérica que alertaba a voz en grito del destino cubano que esperaba a Venezuela. La habían sacado en el reportaje para ilustrar la irracionalidad fanática de la derecha, pero la señora tuvo razón. No fue exactamente una sorpresa. De política siempre se acertó más en el Country de Caracas que en las redacciones y las universidades de progreso.


Este artículo se publicó originalmente en Libertad Digital el 3 de junio de 2021