Yoani Sánchez: El régimen cubano pierde terreno en la batalla por el control de internet

Una presencia no invitada sobrevolaba el amplio salón donde este abril se celebró el Octavo Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC). Internet fue un convidado no deseado y temido en la cita que por tres días tuvo lugar en La Habana. La organización, que rige el destino de once millones de cubanos y durante décadas mantuvo un férreo monopolio informativo sobre la Isla, está ahora en jaque por las redes sociales y los memes.

“No debe existir espacio para la ingenuidad a estas alturas ni entusiasmo desmedido por las nuevas tecnologías sin asegurar la seguridad informática”, aseguró Raúl Castro en el informe central que leyó ante los delegados antes de salir del cargo de secretario general del PCC. Sus palabras mostraban la preocupación que recorre desde hace meses a toda la cúpula castrista.

El Gobierno cubano ha perdido el terreno del internet por no comprenderlo, por creer que –a la manera de las calles físicas o de las aulas universitarias– bastaba con el miedo y el castigo para acallar la disidencia. El surgimiento a finales de 2018 y la continuada resistencia del Movimiento San Isidro, que existe tanto en línea como en las calles, es un tributo a este fracaso.

La fecha del nacimiento del Movimiento San Isidro no es ninguna coincidencia. Con la llegada del servicio de navegación web a los móviles cubanos, en diciembre de 2018, se ha desatado una avalancha de denuncias populares, cuestionamientos y burlas contra burócratas, funcionarios y líderes partidistas. Como si en esta nación, largamente amordazada, todos hubiéramos comenzado a gritar a la misma vez, en un alarido donde se mezclan indignación, hastío y deseos de cambio.

Sin embargo, la historia de ese coro de la desesperación que hoy se escucha en las redes comenzó mucho antes de que la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (Etecsa) permitiera conectarse desde los celulares. Hace más de una década, cuando aparecieron en la Isla los primeros blogs independientes, se trazó parte de un camino del que ahora empiezan a verse los frutos ciudadanos.

Corría 2007 cuando las primeras bitácoras personales, fuera del control de las instituciones y de los ministerios cubanos, comenzaron a ganar visibilidad en las redes. Generación Y, el blog que inicié en abril de 2007, fue para mí “un ejercicio de cobardía”, ya que me brindó un espacio para describir lo que sucedía en Cuba de una manera que me estaba vedado en mis accionar cívico.

Ahora parecen tiempos prehistóricos aquellos en que para publicar teníamos que ir disfrazados de extranjeros a unos pocos cibercafés de La Habana, donde se restringía el acceso de nacionales mientras se le cobraban elevados precios a los turistas.

También se ven muy lejanos los días de usar Twitter a ciegas, una herramienta que gracias a la posibilidad de publicar a través de mensajes de solo texto permitió a una pujante comunidad de activistas y reporteros contar con inmediatez lo que ocurría al interior del país. El movimiento del periodismo independiente que todavía trataba de recuperarse del golpe represivo de la primavera de 2003 encontró en esas nuevas tecnologías una bocanada de oxígeno para crecer.

Surgió entonces una vibrante blogósfera alternativa que fue colocada inmediatamente en el centro de los ataques oficiales, las campañas de difamación de la propaganda gubernamental y las operaciones policiales represivas. Pero, la respuesta principal de la Plaza de la Revolución fue crear una blogósfera cautiva y controlada, que le sirviera de caja de resonancia a sus consignas: tomar el internet con una hoz y un martillo en las manos.

Desde entonces, las escaramuzas de un lado y del otro han sido incontables, pero el balance favorece a las voces contestatarias. El régimen cubano optó por censurar páginas web y por la creación de burbujas controladas con sucedáneos de Facebook, Twitter y de Wikipedia. Meses de trabajo, profesionales consagrados a la programación de estas redes paralelas para, al final, comprender que ya el virus de internet había contagiado irremediablemente a los cubanos.

A pesar de los elevados precios para la conexión a la web, que siguen siendo prohibitivos para muchos trabajadores estatales, la gente se asomó a la gran telaraña mundial y después fue muy difícil intentar reducirla a un gueto de aplicaciones y sitios digitales afines al Gobierno. A diferencia de China, donde los dirigentes partidistas impulsaron con bastante premura la creación de una red castrada y vigilada, en esta isla los ancianos de verde olivo tardaron demasiado en darse cuenta del nuevo enemigo que se les venía encima.

Para cuando el monopolio estatal de telecomunicaciones Etecsa abrió el banderín para conectarse desde los móviles, del lado de acá ya éramos “internautas sin internet” y conocíamos el potencial de la herramienta que habíamos conquistado con años de reclamos y de creatividad.

Después vino todo lo que vino: las primeras imágenes en más de medio siglo de una caravana presidencial cubana siendo abucheada por una multitud que lamentaba la demora oficial para ayudar a los damnificados de un tornado en La Habana; la burla ácida a un comandante de los históricos de la Sierra Maestra al que se le ocurrió proponer que comiéramos avestruces para aliviar la crisis crónica de alimentos; el llanto desconsolado de varias familias a las que la caída de un balcón –que llevaba años en peligro de desplomarse– les arrebató tres niñas.

Para rematar tanto desaguisado, las nuevas formas de crítica social se han lanzado de lleno a la aldea virtual y usan con eficacia sus herramientas. El Movimiento San Isidro y su figura más visible, el artista Luis Manuel Otero Alcántara, son prácticamente nativos digitales a los que chatear, publicar en YouTube o hacer una transmisión en vivo por Facebook se les da como respirar.

Cuando el pasado 27 noviembre decenas de artistas y activistas se reunieron frente al Ministerio de Cultura para exigir el cese de la censura y mayores libertades creativas, los móviles conectados a la web fueron la infraestructura ideal para narrar la protesta. Al caer la noche, frente a la temida dependencia estatal, las pantallas de los celulares iluminaban los rostros jóvenes, inquietos… llenos de energía.

Conformarse, no obstante, es un verbo que no está en el diccionario del régimen cubano y desde aquel noviembre ha desatado una feroz campaña represiva contra esos artistas, movilizado a sus huestes más intolerantes y convertido los medios nacionales en paredones de fusilamiento de la reputación de sus críticos.

Desde entonces no ha habido día de sosiego para el régimen cubano, que una vez se pavoneó de poder controlar hasta los susurros. Un aguacero de críticas ciudadanas, incluso de aquellos que se identifican con la ideología oficial, le ha caído encima y amenaza con seguir arreciando en la medida en que se suman nuevas voces. Para guarecerse de semejante lluvia ácida han tratado de responder desplegando sus consignas en las redes… pero apenas funciona.

En internet las posiciones de soldado se notan fácilmente, la falta de espontaneidad se paga cara y las posturas en bloque son fácilmente detectables. Como un improvisado bailarín que se cuela en un concurso de danza de alto nivel, los pasos que ha dado el Gobierno en los terrenos de la propaganda a través de internet son torpes, sin ritmo y hasta ridículos.

No está en su medio y eso se nota; porque su medio son los periódicos controlados y la televisión censurada. Internet es para el castrismo ese terreno donde está obligado a moverse pero que no comprende bien.


Este artículo fue publicado en 14ymedio el 5 de junio de 2021