La historia no contada del día en que se entregó Pablo Escobar

El 19 de junio de 1991, Pablo Escobar se entregó a las autoridades y estuvo por más de un año en la Catedral. Este terreno estaba destinado, en principio, para un centro de rehabilitación de drogadictos. – Foto: archivo / Patricia Rincón Mautner

 

A comienzos de 1991, los fríos números daban cuenta del asesinato de al menos 550 policías, principalmente en las calles de Medellín. Para Pablo Escobar, las vidas de esos colombianos eran eso, cifras. Por cada agente pagaba dos millones de pesos, y por cada oficial, cuatro millones. Esa repartija era la respuesta a la muerte de su primo y socio Gustavo Gaviria, abatido por el Cuerpo Élite de la Policía en agosto del año anterior. Escobar completaba casi una década de guerra contra el Estado colombiano, que ofrecía una recompensa de 2.700 millones de pesos por él.

Por semana.com

Su filosofía de “plata o plomo” se había extendido por todo el país y su nombre producía escozor. Aunque sus enemigos solían tener nombre y apellido, había uno al que no le daba tregua: la extradición. Por años se ha dicho que esa idea de pagar cárcel en Estados Unidos pudo ser la razón por la cual Escobar supuestamente patrocinó la sangrienta toma del Palacio de Justicia en 1985, mandó asesinar a Luis Carlos Galán, quien sí creía en este mecanismo, y atemorizaba a los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente.

En 1990, tras un año de una cruenta guerra del Estado contra los llamados Extraditables, César Gaviria expidió el decreto 2047 de sometimiento a la justicia, con el que ofreció garantías y rebaja de penas a los narcos que se entregaran, confesaran sus delitos y colaboraran con la justicia. Con ese marco jurídico, socios de Pablo Escobar como los hermanos Fabio, Jorge Luis y Juan David Ochoa Vásquez fueron recluidos con ciertos lujos en la cárcel de máxima seguridad de Itagüí. Escobar abrió la puerta de su entrega en los primeros meses de 1991, cuando había perdido el apoyo de los extraditables y veía cómo sus hombres de confianza caían en los cercos policiales. Además, libraba una batalla contra el cartel de Cali, capaz de bombardear el edificio Mónaco, donde vivía su familia.

secuestrados en poder de Escobar, una persona, cuya identidad nunca ha sido revelada, buscó al padre Rafael García Herreros, famoso por su programa de televisión El minuto de Dios, y le confesó que la única posibilidad para la entrega del jefe del cartel de Medellín era con la mediación del sacerdote. “Nunca supe quién fue esa persona. Él (padre García Herreros) fue muy discreto. Tuvo una reunión en Bogotá, en una finca, y ahí alguien lo abordó para decirle que trabajara en un bien mayor para que Pablo Escobar se entregara. Hasta donde yo sé, es un secreto. He visto papeles y documentos, pero no hay mención concreta de quién fue esa persona”, le dijo a SEMANA el padre Diego Jaramillo, quien asumió la dirección del Minuto de Dios tras la muerte de García Herreros.

Por eso, en la noche del jueves 4 de abril, el padre de la ruana blanca pronunció la famosa oración al mar de Coveñas. “Tú que guardas los secretos, quisiera hablar con Pablo Escobar, a la orilla del mar, aquí mismo, sentados los dos en esta playa. Me han dicho que quiere entregarse. Me han dicho que quiere hablar conmigo. ¡Oh, mar!, oh, mar de Coveñas a las cinco de la tarde, cuando el sol está cayendo. ¿Qué debo hacer? Me dicen que él está cansado de su vida y con su bregar, y no puedo contárselo a nadie, mi secreto. Sin embargo, me está ahogando interiormente…”. Pablo Escobar, que tenía como rutina ver los dos noticieros de las siete de la noche, escuchó el mensaje de García Herreros antes de que este encomendara en manos de Dios “el día que ya pasó y la noche que llega”.

El padre no se quedó a la espera de una respuesta del capo, por lo que decidió viajar a Medellín para entrevistarse con Fabio Ochoa, el patriarca de ese clan. Don Fabio, como lo llamaban, llevó al sacerdote a la cárcel de Itagüí para presentarles a sus hijos. “Quiero hablar con Pablo”, y con su puño y letra, el padre escribió un mensaje que Escobar respondió, también en un manuscrito de cuatro páginas, en el que manifestó su confianza en el cura y planteó varias exigencias al Gobierno para entregarse. Entre ellas, que se sancionara a los miembros del Cuerpo Élite que habían abatido a su primo Gustavo Gaviria, a quien –según Escobar– se le habían violado los derechos humanos en el operativo que acabó con su vida.

Cuando muy pocos conocían aquel intercambio epistolar, García Herreros y el presidente Gaviria se encontraron por casualidad en un pabellón de Corferias, en plena Feria del Libro. Tras una breve mención, el padre se reunió, días más tarde, con Rafael Pardo, entonces consejero para la Seguridad, quien fue el primero en conocer el propósito del sacerdote para lograr “la pacificación del país”. Pardo solo se limitó a contarle a Gaviria la conversación que tuvo con el padre, pero no se comprometió con ningún resultado. A comienzos de mayo, García Herreros recibió un mensaje en el que reclamaban su presencia en la hacienda de Fabio Ochoa. Viajó en compañía de su contacto, y allí esperó la llamada de Escobar. “Tenía tanto miedo que tenía la esperanza de que no me contestara”, confesó el sacerdote en aquel momento a SEMANA.

El padre estaba recostado en una de las habitaciones cuando un joven llegó a recogerlo en una camioneta lujosa. Escobar le reiteró su deseo de entregarse, pero le dijo que temía ser asesinado en la cárcel, por lo que se negó a ser recluido en Itagüí, donde estaban presos sus socios, los Ochoa. El capo reveló que los secuestrados estaban bien y que pronto serían liberados, también aclaró que los asesinatos de los candidatos de izquierda Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro no los había ordenado. La conversación duró 45 minutos. A su término, García Herreros impartió una bendición a Escobar y a su séquito, quienes la recibieron de rodillas y con escapularios en la mano. La parábola del “pastor y la oveja negra” dividió al país.

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