Las historias trágicas del fútbol en campos de concentración nazis

Fotos de la muestra No fue un Juego que exhibió el Museo del Holocausto

 

Apenas bajó del tren, el instinto le indicó que debía mentir su edad. Sumarse dos años. Así logró sobrevivir el primer día aunque él no se haya dado cuenta en ese momento. Después los llevaron hacia unas barracas mugrientas. Los guardias golpeaban con impiedad a los que se retrasaban, a los que mostraban alguna debilidad. El día era gris, las nubes se apretaban sobre sus cabezas. El frío agrietaba la cara. No había un prisionero que tuviera el abrigo suficiente. Ninguno de ellos hablaba. Sólo se escuchaban sus pasos sobre el piso polvoriento y los gritos atemorizantes de los guardias nazis y de los kapos. Sin embargo, el joven de 14 años se puso contento.

Por Matías Bauso / Infobae

Al costado de una de esas construcciones atestadas (y apestadas) vio un espacio amplio y con algo de césped. Dos arcos de madera, con travesaños irregulares, en cada extremo. Una cancha de fútbol.

Imre Kertesz, Premio Nobel de Literatura 2002, escribió en Sin Destino, el libro en el que recrea su experiencia en los campos de concentración: “Se encontraba en un claro y parecía estar en perfecto estado: con su prado verde, sus arcos, sus líneas debidamente trazadas, todo bien cuidado y ordenado. Enseguida nos pusimos a hacer planes: después del trabajo iríamos a jugar al fútbol”.

Nada de esto fue así. Pero él no podía saberlo, no podía imaginar lo que se vivía y la manera en que se moría en Auschwitz.

Dos de los elementos de la historia de Kertesz se repiten en otra historia: mentir sobre la edad y el fútbol. No se trata de una casualidad.

El relato es estremecedor. Lo brindó Joseph Zalman Kleinman hace sesenta años. Como testigo en el juicio contra Adolf Eichmann en Jerusalén, Kleinman contó que una tarde, apenas llegados a Auschwitz, los sacaron a todos a formar en una cancha de fútbol. Mientras hacían una larga fila, vieron llegar a un hombre flaco, con la cara angulosa y la mirada penetrante. Era Josef Mengele.

Bajó abruptamente mientras la bicicleta caía a un costado. Fue directo hacia un joven y le gritó en la cara. “¿Cuántos años tenés? ¿Cuántos años tenés?”. El chico, temblando, respondió: “18”. Pero no era así. Él sabía que esa era la respuesta correcta, el número que prolongaría su vida unos días más. Pero su baja estatura, la cara de nene, el torso esmirriado decían la verdad. Ese chico no pasaba de los 14 años.

Mengele empezó a dar órdenes frenéticas a sus subalternos. Los soldados corrían de un lado para el otro. Al poco tiempo todo lo que él había pedido estaba allí. La fila permanecía inmóvil y en silencio. Esperaban en un descampado que a sus extremos tenía arcos de fútbol. Era la cancha del lugar. Mengele caminó hacia uno de los arcos e hizo que todos lo siguieran prolijamente. Los detenidos se cuidaban de no hacer ruido con sus pisadas como si eso fuera causal de muerte -allí todo era causal de muerte.

Mengele dio órdenes precisas: de uno de los postes debían clavar una tabla que quedara paralela al piso. Ese nuevo mojón lo debían atravesar todos los detenidos. El que pasaba por debajo de la tabla, el que no superaba esa marca arbitraria que había establecido Mengele era enviado a las cámaras de gas de inmediato. Esa tarde condenó a cientos a la muerte por petisos o por menores de edad.

El arco yo no servía para que alguien intentara acertarle desde lejos, para que alguien buscara un gol, clavarla en un ángulo. Era un instrumento más, como todos los que los nazis tenían a mano para continuar la matanza. Se había convertido en el Arco de la Muerte.

Joseph Mengele. | Foto: Cortesía

 

Joseph Zalman Kleinman cuenta que él que tenía 14 años y lo aparentaba quedó inmovilizado. Avanzaba junto a la fila, como un autómata. Su hermano, por lo bajo, lo instó a hacer algo: “¡No te vas a mover! ¿Te querés morir?”. Kleinman, sin que los guardias lo vieran, consiguió meter piedritas dentro de su calzado, debajo del talón. Esperaba ganar altura y llegar al límite fijado. Con eso, a lo sumo, creció dos centímetros. Seguía pasando por debajo de la marca del Arco de la Muerte. Antes de que le llegara su turno, logró escabullirse entre un grupo numeroso que pasaba y así salvó su vida.

Esta es una de las muchas conexiones que el fútbol tiene con los campos de concentración. El proyecto No Fue Un Juego integrado por Leonardo Albajari, Germán Roitbarg, Guillermo Ibarra y Gustavo Asmús se encargó de recopilar muchas de estas historias y con ellas han organizado muestras, conferencias, charlas escolares, posteos en las redes sociales y otras actividades que tiene por fin concientizar sobre la Shoah, mantener la memoria viva.

El proyecto (@nofueunjuego en las redes sociales) cuenta historias relacionados con el fútbol y el nazismo y el holocausto, patrocinada por el Museo del Holocausto de Buenos Aires. Ganó, entre muchos otros, el premio Julius Hirsch entregado por la Federación Alemana de Fútbol en el año 2018.

Leonardo Albajari, periodista y productor audiovisual, le cuenta a Infobae que en Birkenau había una cancha de fútbol que quedaba muy cerca al sector de los crematorios, a sólo cien metros de ellos, y por el otro lado era lindera con el llamado “Sector de los Gitanos”. Las cámaras de gas 2 y 3 de Birkenau eran vecinas de esa cancha. En Auschwitz, la cancha era un espacio situado entre las barrancas 15 y 16 en la que al principio jugaban prisioneros políticos y polacos.

Tadeusz Borowski, un sobreviviente de los campos de exterminio nazi, escribió: “A la derecha del campo de fútbol estaban los crematorios […] Y enfrente, un pequeño bosque que había que cruzar de camino a las cámaras de gas” (Wikimedia Commons)

Sobre el campo de Birkenau y su cancha de fútbol, Tadeusz Borowski, un sobreviviente, en un texto titulado “La gente caminó”, relata su historia y su ubicación: “Empezamos a construirlo al principio de la primavera en el descampado que había detrás de los barracones del hospital. La localización era excelente. Los gitanos estaban a la izquierda […], en la parte trasera una cerca de alambre de púas y detrás la rampa de carga con las vías férreas y el interminable ir y venir de trenes. Y más allá, los barracones de las mujeres. A la derecha del campo de fútbol estaban los crematorios […] Y enfrente, un pequeño bosque que había que cruzar de camino a las cámaras de gas”.

Había también otros partidos formales entre prisioneros y guardias y soldados. Pero los prisioneros eran sonderkommandos, aquellos que estaban destinados a trabajar en las cámaras de gas y los crematorios. Por ende, estaban mejor alimentados que el resto aunque su régimen no fuera envidiable fuera de Birkenau.

Otro aspecto de estos partidos es que no sólo había diferencias físicas debido cuestiones de salud o de alimentación entre los que disputaban estos partidos, ya sean los que tenían algo más de organización previa como los improvisados. En la mayoría de ellos había jugadores que tenían poder sobre otros. No estamos hablando de meras diferencias jerárquicas. Sino de un poder de decisión sobre las condiciones de vida de otro y hasta sobre su sobrevivencia. Porque los prisioneros jugaban con y contra guardias y kapos. Y muchos de ellos no creían que perder era una posibilidad, mucho menos si los rivales eran de una raza que ellos consideraban inferior, que merecía ser exterminada.

Nikolai Trusevych, arquero del Dynamo de Kiev. | Foto: Cortesía

 

Una verdad instalada en el fútbol amateur también regía para los partidos dentro de ese infierno: el que tiene un buen arquero cuenta con ventaja. Bronisaw Cynkar, uno de los prisioneros, cuenta en el Museo del Holocausto, que él sobrevivió por dos motivos: el primero, como todos, fue porque tuvo suerte; el segundo, era un arquero extraordinario. Y sabemos que ese es un puesto escaso en talentos. Era muy difícil hacerle un gol. Por eso eran muchos los que lo querían en sus equipos. A él le daban de comer mejor que al resto.

En 1942, en tierras ucranianas invadidas por los nazis, el fútbol había quedado olvidado. Hasta que un panadero descubrió que uno de los desgreñados postulantes para un puesto que él ofrecía (eran escasas las ofertas laborales) era una de sus ídolos, el gran Nikolai Trusevych, arquero del Dynamo de Kiev. Lo contrató de inmediato.

Las charlas diarias sólo versaban sobre fútbol. Así comenzaron a juntar sobrevivientes que antes de la guerra y la invasión habían jugado al fútbol y armaron un equipo. A los alemanes les pareció una buena oportunidad. Seleccionaron algunos soldados y derrotaron con facilidad a los mal alimentados ucranianos.

El equipo FC Start. | Foto: Cortesía

 

Entonces se les ocurrió una idea. Podían hacer una pequeña liga, para despuntar el vicio y de paso aparentar un clima de normalidad. Cinco equipos alemanes y el rejuntado desesperanzado de ex futbolistas de la Europa Oriental que fue bautizado como FC Start. Pero con unas semanas de entrenamiento, algo mejor comidos, los ucranianos arrasaron con cada rival. Las goleadas eran continúas y cada vez más abultadas. La última esperanza era el mejor equipo alemán, el Flakelf, con jugadores bien alimentados y varios profesionales. Pero, de nuevo, los soviéticos golearon: 5 a 1.

De inmediato organizaron la revancha. Pero, el resultado, a pesar de algunas irregularidades en el arbitraje y de las presiones para que se dejaran vencer, fue otra vez favorable al FC Start. Los nazis creían que el fútbol era un gran arma propagandística, pero el derrotero del FC Start les traía problemas. Los mostraba vulnerables y elevaba la moral de los invadidos. Como quedó demostrado que no los podían vencer en la cancha, decidieron desguazar el equipo. En poco tiempo, todos sus jugadores fueron enviados a diferentes campos de concentración como castigo a sus habilidades futbolísticas. Sólo tres lograron sobrevivir (que luego fueron acusados por el estalinismo de colaboracionistas por haber jugado al fútbol).

Con el tiempo, a ese último encuentro, el día que los alemanes supieron definitivamente que no iban a poder superar ese fútbol brillante, se lo conoció como El Partido de la Muerte.

El partido de la muerte en Kiev. | Foto: Cortesía

De este episodio surgieron tres films. El menos conocido y más reciente, de origen ruso, es Match (2012) el que recrea con mayor rigor histórico el hecho. Otra Inspirada vagamente en ese hecho es Escape a la Victoria (Victory, 1981), tal vez la que más fama tenga dentro de las futbolísticas, la película icónica de fútbol, la referencia ineludible. John Huston, Pelé, Stallone, Ardiles, Bill Conti, Bobby Moore, el polaco Deyna, Michael Caine, Max von Sydow. La historia toma ribetes más espectaculares y más optimistas de lo que sucedió en la realidad.

La tercera es un clásico poco frecuentado que se conoció como Match en el infierno (Ket felido a pokolban, 1962) película húngara de Zoltan Fabri. Está película, en un ascético blanco y negro, llega al partido final transitando de manera más pudorosa lugares similares a los de Escape a la Victoria. El reclutamiento de jugadores exánimes, algún intento de fuga, los liderazgos naturales. Pero su resolución inevitable, sin final feliz, repleta de dignidad y dolor en una cancha improvisada en medio de un lager, con piso de tierra con apenas alguna mata de pasto salvaje como excepción, con los prisioneros mirando el partido con ojos agónicos y los nazis amenazando con sus armas, hacen que la película sea inolvidable.

Zoltan Fabri, apenas empieza la historia, deja claro con un travelling que atraviesa una barraca del campo de concentración, que el ambiente es muy distinto. Allí hay hambre, trabajos forzados, violencia, enfermedad y mucha muerte. Casi se puede percibir el hedor. Como celebración por el cumpleaños de Adolf Hitler los oficiales alemanes deciden hacer un partido de fútbol entre sus soldados y oficiales medios y un equipo con los prisioneros. Entre estos hay un jugador que se destacaba hasta que la guerra detuvo su carrera. Había participado en los Juegos Olímpicos de Berlín 36 y en el Mundial 38, un húngaro llamado Dio Onodi. A él le piden los oficiales nazis que organice un equipo.

Los elegidos gozarán de algunos privilegios: mayor ración de comida, dejar el trabajo forzado y posibilidades de entrenarse para el gran partido. El capitán debía elegir los jugadores. Recibió centenares de ofrecimientos: las comodidades eran muy tentadoras. En una escena ejemplar un guardia le da a elegir entre una horma de queso y una pelota de cuero, de esas con tiento. Él elige la pelota. La tira hacia arriba, la mantiene en el aire con unos cortos cabezazos, cuando baja hace jueguito, la pelota pasa firme de un pie al otro sin tocar el suelo, hasta que la levanta con el muslo y le pega un derechazo fuerte, vertical, que parece perderse en una nube. Cuando cae, mata la pelota con su empeine y la protege con su suela. Sus compañeros de detención miran embelesados, les cambia la cara mientras él despliega su habilidad. En ese momento, con una sonrisa ladeada, pronuncia la frase irrefutable: “El fútbol es sagrado”.

Roberto Fontanarrosa, en un libro que recopila algunas de sus viñetas futboleras al que tituló con esa frase, cuenta en el prólogo que vio Match en el infierno en un cine de Rosario en un programa triple y así devela el final del partido, luego de un primer tiempo desfavorable en el que Onodi casi no participó: “La cuestión es que Dio se enojó, cazó la globa, la puso bajo la suela … y andá a cantarle a Gardel. En treinta minutos dio vuelta el partido, hizo tres pepas y hasta le puso la pelota del gol del triunfo al narigoncito judío que jugaba de once y que tuvo la mala idea de ir a gritárselo a la tribuna alemana, adonde estaba la barra brava de los nazis. Los alemanes se enojaron y no esperaron hasta la pitada final. Ahí no más los cagaron a tiros a todos, certificando que es muy difícil ganar de visitante”.

Yehuda Bacon, otro sobreviviente de los campos, también cuenta que jugaban al fútbol en Auschwitz. Los detenidos que tenían entre 12 y 16 años, muy de vez en cuando, podían usar esa cancha que estaba en medio del campo de concentración. En esos momentos esporádicos disfrutaban y lograban olvidarse de los sufrimientos.

Es necesario aclarar la excepcionalidad de esos encuentros. En Auschwitz no estaban contempladas las actividades recreacionales de los internos. Es más, con el paso del tiempo, eran pocos los que podían darse el lujo de gastar sus escasas energías en un picado. Bacon, en un informe excepcional que publicó hace unos años el Diario Marca, despeja una de las dudas que surgen al escuchar la historia, quien proporcionaba la pelota. En su caso era el Dr. Klein, un SS que hacía aparecer una pelota algún domingo para poder jugar él también.

Yehuda Bacon, cada vez que le preguntan por estos partidos improvisados, aclara con énfasis que se trataban de momentos escasos, excepcionales: “Por eso no quiero que sólo se diga que en Auschwitz se jugaba al fútbol. Eso era un infierno. Allí se mataba a las personas. Es paradójico que en un lugar como ese campo de concentración se disputaran algunos partidos. Suena raro, incluso es difícil de entender, pero eso sucedió allí”.