León Sarcos: Opinión y juicio

Las buenas opiniones carecen de valor. Lo que vale es quien las tiene. Karl Kraus

Luchar contra el mal exige el mismo esfuerzo que combatir la mentira; requiere la misma animación espiritual, integridad moral, pasión serena y tenacidad, que sin duda también agota. Hay que ponerle el mismo ánimo y convicción ética que le ponen los chavistas a su voluntarismo ciego, deshumanizado y tramposo. 

Hoy, en esta época de democratización de los medios y de revolución de la tecnología digital, cuando todos tienen opinión, pero muy pocos poseen juicio, viene al caso un excelente libro titulado Ontología del lenguaje, del chileno Rafael Echeverría, para marcar diferencia entre ambos conceptos generalmente utilizados por el común de la gente de manera indiscriminada, y usados en política con fines de manipulación del gran público.

La opinión, para Echeverría, es una valoración subjetiva con respecto a alguna cosa que se nos presenta. Generalmente, es una opinión emotiva, superficial, formulada a vuelo de pájaro, sin evaluar y sin soporte científico o por lo menos de rigurosos contrastes con diversas experiencias sobre el tema que se ventila. Cuando hablamos de que es subjetiva, nos dice, nos damos cuenta de que es solo nuestra apreciación personal; aunque podamos estar o no equivocados.

Se pueden discutir las opiniones, siento, si la gente aceptara la consideración del gran poeta austriaco W.H. Auden acerca de la conversación: El primer prerrequisito de la civilización es la capacidad de conversar adecuadamente. Cuando desaparece el ego desaparece el poder sobre el lenguaje. Osadía de un necio, en mi caso, pedir sosiego en el dialogo a una sociedad de caribes, harta de discursos sin juicios.

En cambio, un juicio es una opinión razonada. Cuando decimos razonada es porque recurrimos a la mente para encontrar fundamentos a nuestro pensar, para poder darle un valor a la misma cosa. Se busca argumentar. Con alegatos, usando los conocimientos para aproximarse a una verdad general. Se reflexiona, se recurre al arsenal de ideas contenidas en la memoria que se han acumulado a través del vivir, del estudio y la experiencia,

La principal y aparente diferencia entre una opinión y un juicio consiste en que en la opinión somos conscientes de que nuestra reflexión es muy personal y puede ser debatida si hay condiciones y ambientes para ello. Es decir, estamos conscientes de que podemos o no estar equivocados. En cambio, en el juicio, echaremos manos de todos los recursos aprendidos para justificar que la valoración que hacemos cumpla con varios criterios de efectividad para tomar una determinación o confirmar nuestra opinión. El juicio le da carácter de comprobación o certeza a la opinión. La opinión se tiene, el juicio se labra.

Hoy en el mundo todos tienen opinión, gracias a la revolución de las nuevas tecnologías comunicacionales —antes también la tenían, pero no se podía conocer—. Como diría Humberto Eco: Las redes sociales le han dado el derecho a hablar a legiones de idiotas. Ello paradójicamente constituye uno de los dramas más terribles y de consecuencias más desastrosas de la era digital para los fines de la libertad y un sano crecimiento espiritual, porque todos opinan de todo, y solo las minorías saben algo de todo. Todos pueden y hacen culto a Onán con los llamados selfis, autorretratos, celebraciones y fiestas permanentes de melancólicas evocaciones. 

Como diría Pankaj Mishra en La edad de la ira: La obligación de mostrar el lado más atrayente de uno mismo es irresistible e infecciosa. Las plataformas digitales están programadas para fotografiar estos intentos compulsivos de presentarse (o autoembellecerse), y los publicistas permanecen alerta para vender todo aquello que ayude a las personas a seguir falseando su retrato.

Solo el buen juicio puede salvarnos en el futuro, si se diseña una educación que forme sobre los alcances y el uso productivo y efectivo —así como los límites— de la ciencia y la tecnología para fruto del progreso y el desarrollo humano. Esa es una verdad indiscutible, pero también es cierto que nunca antes el hombre estuvo tan necesitado de una educación para fortalecer las iniciativas relativas al cultivo del arte y a el desarrollo de la espiritualidad, que en esencia es el primero de los insumos para ser libres eternamente. Recordemos que la fe más importante de occidente, el cristianismo, nace de un agotamiento de la vida material, de los excesos de la carne y de la corrupción del espíritu y de la decadencia del antiguo imperio greco-romano.

Para la democracia la sola opinión, sin juicio, ha puesto al occidente al revés. Da la impresión que hubiese un exceso de democracia, y no es así: hay una sobreabundancia de opiniones y muy pocos juicios. Los grandes estadistas parece que se marcharon con el siglo XX, y un grupo de dirigentes, en su mayoría anodinos, muy escasos de juicios y de ideas y más atolondrados de voluntarismo ideológico vacío y capricho, tienen a su cargo las riendas de la mayoría de las naciones.

No solo falta mucha gente de juicio y de mérito, sino que para peores males, la debilidad del pensamiento avanzado para gobernar con eficiencia y sindéresis ha traído consigo el relajamiento de las normativas democráticas, un exceso de tolerancia con el delito y una sobreprotección sin límites del ciudadano que ha provocado un resquebrajamiento de la ley, en los países donde la democracia funciona, y el uso arbitrario de la misma es utilizada con fines retroactivos para cobrar viejas querellas, de un pasado muy remoto, raciales, sexuales, ideológicas y religiosas. 

Por eso no tiene nada de extraño que  algunos pensadores de avanzada, cuando finalice la pandemia, en sus análisis desprejuiciados afirmen que los países asiáticos, con gobiernos autoritarios, tienen siempre de su lado mecanismos de emergencia y vigilancia mucho más rápidos y eficientes para controlar epidemias y desastres naturales que los países democráticos de occidente, y no es de extrañar, porque los desafíos democráticos de este siglo exigen, para la sobrevivencia y fortaleza del sistema de convivencia más desarrollado de la civilización mundial, mucha más unidad y entereza,  inteligencia, carácter y grandeza de sus gobernantes, y una aplicación más severa y rigurosa de la normativa democrática, menos considerada y flexible con el delito, más implacable con los fanáticos de la igualdad y más severos con los enemigos del estado de derecho y la libertad.

Los juicios requieren rigor, estudio, esfuerzo, honestidad, y todos los seres humanos están obligados a llegar a tenerlos. El juicio está asociado al mérito, a la educación, a la formación y no son tampoco necesarias academias renombradas para lograrlo. Un Estado organizado y eficiente puede proporcionarlo de una manera eficaz y para todos. Buen juicio es buena elección.

El problema no son las nuevas tecnologías, es el uso que les demos, es el sereno y sano juicio que instrumentemos y enseñemos a las nuevas generaciones sobre su aplicación. Tampoco es la democracia el más perfecto de los sistemas de convivencia humana, el real problema es cómo la hacemos incorruptible y perfectible, y al ser humano, el más imperfecto de todos los sistemas, menos impredecible y menos concupiscente gracias al buen juicio.

León Sarcos, julio 2021