Manuel Barreto Hernaiz: De ella dependerá

“No hay jóvenes y viejos como grupos estables; todos somos hombres que envejecemos y que estamos de paso en una época de la vida. Siempre hay jóvenes y viejos y de todas las edades. ¿Qué significa decir Los jóvenes de ahora? ¿De cuándo? ¿De hoy? Mañana ya otros tendrán la misma edad que ellos tenían ayer”.

Giovanni Papini

El concepto de «amnesia generacional» es importante para comprender las visiones conflictivas de nuestro país y los insólitos derroteros políticos que hemos transitado, porque, tal como lo enunciase, palabras más palabras menos Alvin Toffler, a medida que se acrecienta la aceleración del cambio, el pasado y el futuro se acercan cada vez más entre sí y comprimen el presente en la nada. Que no es precisamente un lugar satisfactorio para pasar la vida.

Prácticamente todos los próceres de nuestra Independencia eran unos muchachos que, una vez lograda la gesta emancipadora, se adueñaron de país cual botín de guerra y se perpetuaron en el poder, poniendo en práctica la corrupción, el privilegio y la injusticia, el despotismo, el caciquismo, la arbitrariedad, y el uso patrimonial de los fondos públicos, olvidando las románticas consignas y las cursis proclamas decimonónicas, y así, llegaron a viejos.

Ya entrado el siglo XX nos encontramos con la llamada Generación del 28. Un grupo de estudiantes de la Universidad Central que logró llevar al dictador de turno a un complicado campo de batalla, pues le presentan las primeras huelgas y paros. Con sus boinas y su “Sacalapatalajá” -especie de consigna que los identificaba entre sí y que se convirtió en grito de guerra- con el cual fueron a dar a la cárcel o al exilio.

Años más tarde, en octubre de 1945, varios de estos ya curtidos políticos, pero aún jóvenes, en compañía de un grupo de jóvenes oficiales, propician para unos, un golpe de Estado orquestado por las fuerzas cívico-militares más reaccionarias de nuestro país, contra un gobierno que amplió las libertades democráticas o una revolución, para otros…

Fue el inicio del fin gendarme necesario, del cesarismo democrático y de una filosofía política que bebió del pensamiento del Libertador.

Tres años más tarde, una Junta de Gobierno, conformada por tres jóvenes militares – Carlos Delgado Chalbaud (39), Marcos Pérez Jiménez (34) y Luis Felipe Llovera Páez (35) – asumirá el poder, tras derrocar al maestro Rómulo Gallegos. Casi 10 años después, el 21 de noviembre de 1957, fecha que luego se consagraría como “Día del Estudiante”, otro grupo de jóvenes propició una huelga en la UCV, desde donde se propagó a otras universidades.

En la UCAB los estudiantes quemaron la Ley Electoral, que era fraudulenta, un ejemplar del diario “El Heraldo” y un retrato de Pérez Jiménez. Estas acciones, aunadas al descontento de la ciudadanía y de los jóvenes militares, fueron otro detonante para los sucesos del 23 de enero de 1958.

Y tal como aquel viejo tango de Cadicamo con el cual Felipe Pirela entusiasmaba a aquellos muchachos… la historia vuelve a repetirse, pero en esta oportunidad con una supuesta “Rebelión de Angeles”, de cuyas proclamas extraemos:.. “Al insurgir no sólo interpretamos la voz del pueblo del cual formamos parte y que es el único depositario de la soberanía política, sino que como soldados de la patria obedecimos la orden imperativa que nos manda asegurar el respeto a la Constitución y a las leyes, cuyo acatamiento estaría siempre por encima de cualquier otra obligación. Las Fuerzas Armadas Nacionales estarán siempre al servicio de la República y en ningún caso el de una persona o parcialidad política”. Estos jóvenes insurgentes que juraron ante el “Samán de Guere”, resultaron ser más falsos que una escalera de anime.

Todos los protagonistas de este apretujado recorrido histórico envejecieron unos, y van envejeciendo otros, lo que nos enseña que no se trata de la pugnacidad entre brechas generacionales, se trata simplemente de sólida formación, enmarcada en principios y valores inalterables en el tiempo.

En la reciente historia de nuestro país ha quedado demostrado que el arte de gobernar no admite improvisaciones, ni lo puede ejercer cualquiera, ni lo habilita un título, y por supuesto menos aún, ningún grado militar. Es cuestión de dilatada formación, sobrada experiencia y sobre todo capacidades y virtudes éticas acordes con la exigencia de un país que anhela ingresar definitivamente al tercer milenio.

Tenemos un país joven tanto en su historia como en su conformación demográfica, y atrás va quedando ese sesgado pensamiento – tal como tal como lo anotasen los analistas de estos temas – que nuestro país es un país viejo; puesto que viejos son sus dirigentes fundamentales, vieja es la soberbia que los inspira, viejas son las ideas que los dominan, viejos son los rencores que los enfrentan, a pesar de que ese recorrido histórico ha sido motorizado por el vigor de la juventud.

Sin embargo, tal como lo acabamos de presenciar este 5 de Julio en Valencia, con motivo del acto en apoyo al “Acuerdo de Salvación Nacional”, a través de unas excelentes intervenciones de unos jóvenes en los cuales se evidencia una ardiente y comprometida vinculación con el rescate de nuestro país, con la exigencia interior de hacer algo, con el impulso irreprimible de cumplir una misión que a menudo ellos mismos desconocen, y con la angustia de expresar lo que vagamente siente la intuición, y el imperativo de concretar una afirmación que la formación no llega a formular; pero que de alguna manera ya lograron asimilar.

Así las cosas se acerca el momento en el que los ancianos que aún pretenden dominar el espacio político y la opinión pública cedan el paso a los más jóvenes, les apoyen con su experiencia y sabiduría y les permitan subirse a sus hombros no para hundirles, sino para otear un horizonte menos difuso. En los tiempos que vivimos nos falta gente joven y nueva, como también gente de la generación jubilada, sin profundizar discusiones estériles entre viejos y jóvenes que generalmente terminan con el desprecio y la piedad mutuos.

Razón tenía Antonio Gramsci al apuntar aquella célebre máxima: “Cuando lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir, se dan las condiciones para hablar de tragedia”, pues está visto que toda crisis de crecimiento y desarrollo en la sociedad pasa por un proceso en el que -dialécticamente hablando- necesariamente lo viejo debe ceder el paso a lo nuevo. De no suceder, entonces el proceso se revierte y da lugar al estancamiento o al retroceso.

Parafraseando a Albert Camus, lo importante es asistir a los extravíos de una revolución, sacar de la decadencia de las revoluciones lecciones necesarias; lo importante es aprender de la dinámica molecular de sus procesos, de la lógica inherente a su decurso, de sus fases sucesivas, de la concatenación de los hechos y de las decisiones que se toman. Lo importante de estas lecciones es utilizar lo aprendido para evitar que vuelva a suceder lo mismo cuando se da la oportunidad de un nuevo proceso de transformación.

Se dice que la historia se pasea por años sin cambio aparente; o con cambios gatopardeanos. Suele ocurrir que las generaciones se sucedan sin mayor convulsión. Pero en un momento, la historia cambia de curso, y hay que decidirse a tomar un nuevo rumbo y a crear un acervo nuevo de ideas y sentimientos que permitan decir BASTA YA! Y será la generación de ese momento, el eje del cambio. De ella dependerá que, tras la espantosa sacudida que toda revolución produce, sólo queden ruinas, miseria y rencor, o se logre una sociedad mejor.

Manuel Barreto Hernaiz