Gehard Cartay Ramírez: Refundar la República

Nada más y nada menos, eso es lo que acaba de plantear en su último documento la presidencia del Episcopado venezolano, con motivo del Bicentenario de la Batalla de Carabobo.

Vale la pena insistir en este pronunciamiento, porque no le ha dado la relevancia que merece. El régimen, por supuesto, lo ha ignorado completamente, mientras la oposición a su servicio ha hecho lo mismo. Aun así, los propios sectores de la mayoría opositora democrática tampoco se han ocupado de apoyarla como se debe y trasmitirla a la opinión pública destacando su mensaje cardinal, que no es otro -como se señaló al principio- que “el de refundar la República”.

Esta es, en realidad, la tarea más urgente que tenemos los venezolanos una vez que salgamos del actual desastre. Es la auténtica, urgente e inaplazable tarea por hacer ya que la República vive un trance doloroso de agonía y disolución. La República fenece cada día por la acción perversa y malévola del régimen chavomadurista.

El proceso de destrucción nacional iniciado en 1999 ha afectado todas las instituciones republicanas, liquidado nuestra economía y su signo monetario, arruinado la producción nacional y provocado la migración de millones de venezolanos, como bien se sabe. Este diagnóstico nos consta a todos suficientemente, por lo que a veces pareciera que no vale la pena repetirlo, pero, como dicen que decía Unamuno, “hay cosas que por sabidas se callan y por calladas se olvidan”. Por lo tanto, nunca está de más recordarlo.

Al asumir el poder una corporación criminal, Venezuela entró en una fase de disolución que, aunque se ha cumplido por escalas, ha sido muy efectiva para destruir el país en apenas dos décadas. Hoy somos una nación con grandes problemas y debilidades de todo tipo, saqueada por su cúpula mandona, a su vez apoyada en una intervención foránea delincuencial, situación que si no es sustituida cuanto antes terminará por liquidarnos como República.

El documento de la jerarquía de la Iglesia Católica de Venezuela parte de un principio esencial: el principal legado de la Batalla de Carabobo, al sellar el 24 de junio de 1821 el proceso independentista iniciado una década antes, “es la vocación libertaria recibida para dar una respuesta en todo momento con un compromiso que permita seguir adelante y vencer las batallas que las circunstancias puedan generar en el país. Así mismo, otro legado es la conciencia de ser un pueblo capaz de construir su devenir y fortalecer su sentido de permanencia, aún en medio de las dificultades que se puedan presentar”. Seguidamente hacen la convocatoria y enfatizan “el protagonismo de todos y cada uno de los ciudadanos en el respeto a la soberanía nacional y a la participación equitativa de todos en la construcción de la sociedad”.

Luego viene un certero diagnóstico de nuestra tragedia nacional, desde el deterioro mayúsculo de los servicios públicos, pasando por la pandemia del Covid19 y el totalitarismo del “Estado Comunal”, hasta la necesidad de librar la Batalla por la educación, necesaria para la promoción de los valores éticos y ciudadanos, y la Batalla por la democracia, “el estilo propio y fecundo de nacionalidad entre los venezolanos”.

Y así se llega al punto esencial del documento: “Los oscuros nubarrones que se ciernen sobre el país y las consecuencias de las malas prácticas políticas de los últimos años plantean la urgente necesidad de “refundar la Nación”. Agrega el pronunciamiento de la CEV que “basada en los principios que constituyen la nacionalidad, inspirada en el testimonio de tantos hombres y mujeres que hicieron posible la Independencia, la tarea que nos concierne hoy y de cara al futuro es rehacer Venezuela, pero sin poner la mirada atrás con nostalgia. La herencia recibida nos permite seguir adelante y construir la Venezuela que la inmensa mayoría anhela y siente como tarea: donde predomine la justicia, la equidad, la fraternidad, la solidaridad, la unidad y la paz”.

Se trata, sin duda, de un documento trascendental en esta hora, más allá del natural lenguaje de prudencia y sobriedad que le son característicos a estos planteamientos en boca de la jerarquía católica. Pero el mensaje que deja a sus fieles y a los venezolanos en general es muy elocuente y preciso: hay que refundar la República, hoy en trance de ser destruida totalmente, y agrega que tal tarea -que nos compete a todos- contará con la acción de la Iglesia “en esta nueva lucha por consolidar la independencia y la refundación de la Nación”, para lo cual “ofrece su acompañamiento a partir de la palabra de Dios y la Doctrina Social de la Iglesia”.

En un país agobiado por una descomunal crisis, la palabra de la Iglesia Católica es fundamental. Mientras el régimen sigue sin buscar soluciones al gran desastre que ha creado desde 1999, ya sea por su propia incapacidad como por las consecuencias de sus errores garrafales y, además, porque en sana lógica no pueden resolver esta tragedia quienes la provocaron, este pronunciamiento de la jerarquía episcopal cobra una especial relevancia. Mientras los “partidos alacranes” y otros socios opositores del régimen voltean para otro lado ante la inmensidad del desastre que la Iglesia denuncia y hacen mutis al respecto, esta se pone a tono con las exigencias de la mayoría sobre la necesidad de cambiarlo todo, a partir de la refundación de la República.

Por cierto, no deja de ser muy ilustrativo sobre el orden de prioridades del régimen y sus aliados que mientras la Iglesia hace un planteamiento de fondo, los diputados del PSUV y los que fingen ser de oposición se ocupen de aprobar en primera discusión la “Ley sobre promoción y uso del lenguaje con conciencia de género”, como si tal disparate fuera a resolver en alguna medida la catástrofe chavomadurista que sufrimos ahora los venezolanos.