Juan Pablo García: Cuba y la comunidad internacional

Los hermanos cubanos están sufriendo las consecuencias de la inevitable protesta ante el hambre y la miseria que por más de sesenta años los ha postrado, bajo las banderas del comunismo. No hay libertad ni siquiera para quejarse. De ningún tipo. Todo le pertenece al Estado, al partido y, en última instancia a los herederos de Raúl Castro, cuya muy precaria situación de salud están ocultando para evitar sus también inevitables consecuencias. Nadie tiene el derecho de comentarlo, según las reglas.

La represión ha sido de una barbarie extrema, trasladando a los represores en lujosos autobuses para linchar salvajemente a quienes reclaman su condición ciudadana, arriesgan la vida con el coronavirus, son conejillos de indias para lo que desenfadadamente llaman vacunas, y sienten que ya no tienen más nada que perder. Descienden de esos autobuses en distintas localidades, bien refrigerados por dentro, las figuras esqueléticas de otros muertos de hambre que hacen el trabajo porque dicen que no tienen más remedio en el reino de la rapacidad, de la voracidad mutua, del exterminio calculado de la población isleña. Y Díaz-Canel tiembla, porque está entrenado para decidir la muerte ajena, pero se sabe competido en las roscas del poder por otros que, ante todo, defienden sus negocios personales, los que tienen con la Venezuela que han parasitado hasta el hastío. No responde el Partido Comunista ni los comités de defensa de la revolución que ejercen el control cuadra por cuadra, casa por casa (como quieren hacer en Venezuela con el mentado Estado Comunal), al menos, como la mafia de Díaz-Canel esperaba. Para eso están los sicarios del pueblo cubano. Ni siquiera guardan las apariencias con bombas lacrimógenas, cañones de agua, porque para eso no hay real. Se contentan con el disparo certero de un arma de fuego, esperando por la delación de vecinos y de familiares. Sin embargo, no bastará para detener la formidable demanda de libertad que se oye y se ve en todo el mundo.

Se oye y se ve, pero nada hacen, real y concretamente los gobiernos democráticos para detener el genocidio. La comunidad internacional y sus entidades internacionales, dan testimonio de la indiferencia. No abunda tampoco la retórica acostumbrada y, a pesar de que la opinión pública de los países democráticos está profundamente conmovida, sus gobiernos callan, no hacen lo suficiente, se hacen simplemente los locos. Una movida en las principales ciudades de Cuba, y ya Maduro, Ortega y, por supuesto, Díaz-Canel, hacen planes para una coalición militar internacional en defensa de la herencia de los Castro, mientras que los vecinos democráticos del continente miran hacia el otro lado, como si nunca les va a tocar la desgracia que viven Venezuela, Nicaragua y Cuba, contribuyendo así a que esa desgracia les llegue. No puede ser indiferente esa comunidad internacional que muy bien emblematiza Josep Borrell. No le debe dar la espalda a los cubanos y a su limpia causa por la libertad.