Ramón Peña: “Todo tiene su final”

“Teníamos tanta hambre, que nos comimos el miedo”.
Yoani Sánchez, bloguera cubana

El absurdo histórico de la Cuba contemporánea es que, en nombre de una guerra patriota contra su enemigo externo, el Imperialismo, concretamente Estados Unidos, a quien el castrismo se jacta de haber derrotado, quienes pagaron esa derrota no fueron los yanquis, sino los propios cubanos. Aquella epopeya que asaltó el poder en 1959, cambió la fisonomía de Cuba, tiró un interminable cercado de púas sobre la arena de sus playas y el territorio dejó de ser isla para convertirse en prisión de todos los cubanos. De todos, sin excepción, sospechosos de colaboradores de un fantasmal enemigo.

La idolatría de los legendarios nibelungos caribeños, y en especial de su Sigfrido, grandote y barbudo, por la gloria de haber derrotado a una dictadura corrupta y desafiado a la primera potencia militar del mundo, infló de orgullo patrio a todo un pueblo. Tal sentimiento fue aprovechado por el partido único en el poder, para gobernar con terror y cometer abusos y crímenes feroces contra quienes se desviasen, de palabra o pensamiento, de las nuevas escrituras revolucionarias y sus mandamientos.

Pero como pregona la salsa de Héctor Lavoe “Todo tiene su final”. Tomó demasiado y doloroso tiempo, unas tres generaciones, para que, espoleado por sufrir hambre y miserias de todo orden, el colectivo cubano, salvo la minoría adosada a las dádivas del poder corrupto, reaccionara y deshilachara la leyenda de la cosmogonía revolucionaria. Hoy, con los milenial cubanos a la cabeza, la isla es un hervidero incontenible, su espíritu arde de rabia, de arrojo, de nada que perder, de ahora o nunca. De ilusión por una nueva patria, por la cual, como dice el himno nacional de Cuba, La Bayamesa, “morir por la patria es vivir”.