A diez años de la muerte de Amy Winehouse: La voz sorprendente e inolvidable que no pudo vencer a sus demonios

A diez años de la muerte de Amy Winehouse: La voz sorprendente e inolvidable que no pudo vencer a sus demonios

La cantante británica Amy Winehouse en “Rock in Rio”, Arganda del Rey, cerca de Madrid, España, 4 julio 2008.
REUTERS/Juan Medina/File Photo

 

 

 





El ensayista y crítico musical Simon Reynolds afirma en su libro Retromanía (Caja Negra, 2012) que en el siglo XXI el pop se volvió vintage y que, en vez de evolucionar, los artistas que surgieron se dedicaron a reciclar la música del pasado en un pastiche de sonidos carentes de una identidad propia que permitiera distinguir los años 2000 de otros períodos musicales. Sin embargo, para quedar en la historia, no siempre es necesario haber inventado un nuevo sonido. En una época marcada por los revivals, Amy Winehouse recuperó el clásico sonido del jazz y del soul, pero su mayor mérito fue que lo hizo con sus propias canciones. Dueña de una personalidad autodestructiva, el éxito la sobrepasó y acabó con su vida, pero gracias a ella surgió una nueva generación de intérpretes femeninas que fueron reconocidas como artistas por derecho propio y no como meros productos manipulados por la industria.

Por Infobae

Tony Bennett, que invitó a Winehouse a participar en su álbum Duets II cuatro meses antes de su fallecimiento, afirma en el documental Amy (dirigido por Asif Kapadia en 2015) que la cantante fue una de las más auténticas que escuchó en su larga carrera. “Tenía un don absoluto”, admite luego de haberla puesto a la altura de Ella Fitzgerald y Billie Holiday. El tiempo le dio la razón, aunque Amy parecía estar lejos de las grandes divas del jazz. La brecha no era solamente generacional sino social: ella era blanca, judía e inglesa, mientras que las máximas referentes del género eran negras, norteamericanas y vivían bajo el yugo de las normas de segregación racial.

La joven cantante nació en el seno de una familia de clase media londinense el 14 de septiembre de 1983. Janis, su madre, era farmacéutica y Mitchell, su padre, era un taxista que durante la infancia de su hija vendía paneles de ventanas de doble vidrio. Él fue quien la introdujo a la música de Frank Sinatra. El jazz corría por su sangre, ya que sus tíos maternos eran músicos profesionales y su abuela paterna, Cynthia, era cantante y había sido pareja de Ronnie Scott, célebre por ser el dueño de uno de los clubes de jazz más importantes de Inglaterra y por haber grabado el solo de saxo de Lady Madonna de The Beatles.

Fue Cynthia quien descubrió el potencial de la voz de Amy y quien apoyó su carrera musical desde el principio. A los 9 años la inscribieron en la prestigiosa escuela de artes escénicas de Susi Earnshaw, donde estudió canto, danza y teatro. Allí conoció a su mejor amiga, Juliette Ashby –hoy cantante-, con quien formó un dúo de rap y R&B llamado Sweet n’ Sour. Durante la secundaria fue a otro importante colegio de arte, la Escuela de Teatro Sylvia Young, pero a los 15 sus padres decidieron cambiarla porque no mostraba interés en lo académico y desafiaba constantemente las reglas de vestimenta, en especial cuando empezó a usar un piercing en la nariz. Su mala conducta fue una forma de canalizar la angustia que le provocó el divorcio de sus padres, algo que nunca pudo superar del todo. Mitch dejó a Janis por otra mujer y abandonó el hogar familiar. Inspirada en su propia historia, años después compuso una canción titulada What is it about men?

 

Amy Winehouse en la adolescencia

 

Amy fue tratada con antidepresivos desde la adolescencia para aplacar su comportamiento, pero como ella misma relató: “creo que nunca supe lo que era la depresión. Sabía que a veces me sentía rara y que era diferente. Creo que es algo de los músicos, por eso hago canciones. No soy como muchas que sufren depresión y no tienen manera de canalizarla. No pueden agarrar una guitarra durante una hora para sentirse mejor”.

Alex, su hermano mayor, le enseñó a tocar dicho instrumento y ella comenzó a componer como una forma de exorcizar su desazón, pero también porque la música de su generación no le resultaba atractiva. “Cuando era chica, lo que sonaba me parecía una basura. Empecé a escribir canciones para desafiarme a mí misma solo porque no había nada que pudiera escuchar en ese momento. Habiendo conocido el jazz y a grandes compositores como James Taylor o Carole King, realmente sentí que no había nada nuevo con lo que pudiera sentirme representada”, explicó.

Lo otro que distinguió a Amy Winehouse de las cantantes de jazz más importantes de la historia fue que ella escribía sus propias canciones. Su dolor era real y eso se sentía en sus interpretaciones. Su sonido era bien clásico, incluso más tradicional que el llamado neo soul que se desarrolló a fines de los ’80 y principios de los ’90 -que incorporó elementos del pop, el rock, el hip hop y la música electrónica-, pero sus letras eran actuales y cualquier persona de su edad podía identificarse con ellas.

 

Amy Winehouse y Blake Fielder-Civil

 

A los 16 se incorporó a la Orquesta Nacional Juvenil de Jazz, una de las más prestigiosas del Reino Unido, con la que grabó cuatro canciones (hoy inconseguibles) y que sirvieron de muestra para conseguir su primer contrato de management. Su mejor amigo, el artista pop Tyler James, fue quien le llevó un demo a su representante, que trabajaba para una agencia llamada Brilliant! que luego fue adquirida por 19 Entertainment, la productora de Simon Fuller, creador de programas como American Idol y antiguo manager de las Spice Girls.

James, por su parte, adquirió popularidad en el circuito de pubs londinense y la prensa lo calificó como la respuesta británica a Justin Timberlake. Sin embargo, su primer álbum, que tenía tres canciones coescritas con Amy, fue un fracaso comercial y, tras una aparición en el programa The Voice, se retiró. Pero fue gracias a él que Winehouse entró al mercado por la puerta grande, ya que su enlace con Brilliant! le permitió firmar un acuerdo editorial con EMI Publishing por sus composiciones y luego con Island Records, una subsidiaria de Universal.

Mientras su agencia de management trabajaba en su desarrollo artístico, Amy tocaba en pequeños clubes, a veces sola con su guitarra y otras veces con una banda de soul y funk llamada Bolsha. Además, había empezado a trabajar como periodista de espectáculos en la agencia de noticias World Entertainment News Network (WENN). Allí conoció a Chris Taylor, unos años mayor que ella, con el que inició su primera relación sentimental seria. El noviazgo duró apenas nueve meses. A Amy le atraían los hombres de carácter y Taylor no era su tipo. La ruptura le sirvió de inspiración para escribir las canciones que integraron su primer álbum, Frank. El ejemplo más claro es el primer single, Stronger Than Me, donde le reprocha a su ex: “Todo lo que necesito es un hombre que esté a la altura de su rol” y “Me siento una mujer, pero vos sos un afeminado”.

 

Amy Winehouse con su ahijada, Dionne Bromfield

 

La agencia 19 Entertainment mantuvo a Amy Winehouse como el secreto mejor guardado de la industria. Le dio un adelanto de regalías que le permitió dedicarse a la música de forma exclusiva y luego la llevó a Miami para grabar su debut junto a los productores Salaam Remi y Commisioner Gordon, conocidos por sus trabajos con The Fugees y Lauryn Hill. El antiguo gerente de talentos del sello Island, Darcus Beese, contó en una entrevista a Hit Quarters que descubrió a Amy de casualidad cuando un productor le fue a mostrar el trabajo de sus artistas y de pronto apareció una pista con su voz. Sorprendido por lo que acababa de escuchar, preguntó quién era y su interlocutor le dijo que no se lo podía decir. Según él, le llevó meses averiguarlo y, cuando por fin lo descubrió, quiso editar su disco de inmediato.

Frank salió a la luz en octubre de 2003 y, si bien no tuvo el éxito esperado, puso su nombre en el oído de muchos que estaban buscando artistas frescos y reales. Tras años de música prefabricada por las discográficas y los realities, una chica de 19 años que con su propia pluma describía el desamor y expresaba sus sentimientos más íntimos con un rango vocal digno de las mejores cantantes de jazz de la historia, le daba al pop una bocanada de aire fresco, de esas que traen vientos de cambio. Remi y Gordon dotaron sus canciones de la instrumentación típica de las big bands de la década del ’30, pero con una sección rítmica moderna, más cercana al R&B de principios de los 2000.

El álbum fue bien recibido por la crítica, obtuvo nominaciones tanto en los BRIT Awards como en el Mercury Prize, dos de las premiaciones más importantes de la música inglesa, y ganó el Ivor Novello Award, el galardón que reconoce la labor de los compositores, por la canción Stronger Than Me. Además, se le abrió la puerta para tocar en los festivales más importantes del mundo.

Amy demoró tres años en grabar su siguiente disco, algo que para un artista en pleno ascenso es una eternidad. De acuerdo a lo que cuenta Mitch Winehouse en el libro que escribió sobre su hija (Amy, My Daughter, It Books, 2012), el material que estaba componiendo no significaba nada para ella. “Sus canciones eran tan poderosas y apasionadas precisamente porque eran arrancadas de su alma”, explica. El principal problema, en realidad, era que su vida personal se estaba volviendo más complicada. A pesar de que tenía una personalidad extrovertida y fuerte, sufría de pánico escénico y para soltarse consumía cada vez más marihuana y alcohol. “Le encantaba cantar, pero nunca me dio la sensación de que le gustara actuar en vivo”, admitió su padre.

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