Juan Guerrero: Adiós al mesianismo

Resulta relativamente fácil recomponer un país, aplicando correctivos económico-financieros y reinstitucionalizandocon políticas públicas su administración. Sin embargo, para perpetuar y garantizar que esos cambios sean trascendentes, efectivos y eficientes, es fundamental desarrollar un proceso educativo que permita formar, no solo los profesionales que necesita el país, también la afirmación de principios y valores que orienten en la formación y fortalecimiento de ciudadanos aptos para vivir y convivir en una sociedad realmente democrática.

Ello involucra también el desarrollo de un lenguaje que afirme la identidad cultural y el destino de quienes se identifican con los ideales de libertad, solidaridad y compasión de su Otro igual y/o diferente.

La sociedad venezolana ha vivido poco más de siglo y medio perdida en la emoción de un glorioso pasado de grandes, medianas y pequeñas batallas, revueltas, asonadas, a las que generalmente le ha dado el nombre de ‘revolución’. Las disputas políticas casi siempre terminaron en revolución,donde los vencedores siempre colocaban una especie de ‘piedra fundacional’ de la nueva república. La ‘revolución azul’, la ‘revolución federal’, la ‘revolución restauradora’, la ‘revolución de la sampablera’, entre un largo etcétera que a la larga terminaron y dieron fin, en el siglo XXI, con la llamada ‘revolución bolivariana’, tanto a la precaria democracia como a la misma república.

El derrumbe de la república en el presente siglo, si bien debe considerarse como una tragedia, y de hecho lo es, también presenta una oportunidad de oro toda vez que habrá que hacerlo todo de nuevo. Es una interesante oportunidad para los nuevos administradores del Estado, para hacer a un lado la mentalidad caudillista, mesiánica y de tantos héroes y heroísmos que intoxicaron la consciencia histórica de la venezolanía. Es tiempo de dejar descansar en el panteón nacional a los prohombres de los tiempos pasados. El culto bolivariano de poco más de 150 años, debemos asumirlo desde una consciencia crítica para ubicarlo históricamente y darle el valor que se merece.

El tiempo de este siglo XXI debe afirmar la civilidad y los aportes de quienes han trascendido, para darnos un rostro como ciudadanos libres, tanto por formación como en el trabajo ejemplar, donde la cotidianidad de una vida normal y sin mayores alteraciones, son la esencia de toda sociedad. Es la oportunidad de las mujeres y hombres de mentalidad civilista, para actuar desde el pensamiento del siglo XXI, en este presente.

Es el tiempo de volver a nosotros, afirmarnos en el aquí y el ahora. Ya es tiempo de dejar a un lado tanto pensamiento hacia el pasado, por muy glorioso y esplendoroso que haya sido. La humanidad, las sociedades normales se encuentran ancladas en el siglo XXI del año 2021. Ya el hombre está generando estrategias para llegar a Marte. Ya la luna está siendo colonizada, mientras el liderazgo venezolano, político, militar, económico, financiero, sigue mostrando una actitud, unos principios y valores del siglo XX y hasta del XIX, afianzando las figuras de los caudillos dictadores, como Cipriano Castro o Pérez Jiménez. El ingenuismo de estos liderazgos asombra y lleva hasta la hilaridad. Lo triste de ello es que arrastran gran parte de la población que, por sobrevivencia, muchas veces se ven en la necesidad de seguirles para no morir de inanición.

La dinámica venezolana de estos tiempos, tan cruel y dolorosa en su rutinaria vida, está llevándonos progresivamente, a un estado de total y absoluto abandono, desamparo, desarraigo, con su desenlace de muertos y minusválidos. Quienes sobrevivan, necesariamente tendrán frente a ellos, la oportunidad para diseñar una sociedad, un país, una nación y una república, a su imagen y semejanza. No solo en la construcción de nuevas instituciones, también en el reordenamiento territorial y poblacional. Será esta la posibilidad para darle a esa nueva sociedad un mejor destino con unos principios y valores donde los modelos de la civilidad sean tomados, tanto de ciudadanos que se inmolaron para preservar la cultura venezolana, como de aquellos venezolanos que hicieron de nuestros antepasados hombres aptos para servir como administradores probos y que deben ser imitados por nuestros descendientes.

Preservar la identidad nacional, la trascendencia cultural en quienes han sido los verdaderos héroes de la nacionalidad: educadores, científicos, artistas, intelectuales quienes afirman el valor y el principio de ciudadanía en la cotidianidad de una vida normal, sin mayor trascendencia que vivir en libertad la alegría de un destino común, amoroso y solidario.

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