Siembra de arte resalta el casco histórico de San Cristóbal (FOTOS)

Frente al Mavet, sobre la calle 4, lo mítico y lo ecológico confluyen en uno de los múltiples murales con los que Enrique Gandica ha revalorizado el casco histórico de San Cristóbal. (Foto/Freddy Omar Durán)

 

 

 

Una compulsión y una pasión por inundar de arte las calles, por encontrar por esta vía la liberación a las tantas horas de encierro obligadas por la pandemia, han llevado a Douglas Enrique Contreras Gandica a pintar en un poco más de un año 17 murales, muchos de los cuales adornan en estos momentos las paredes del casco histórico de San Cristóbal. Así lo reseñó La Nación.

Un interés personal terminó cruzándose con los trabajos de remodelación y embellecimiento que viene desarrollando el Protectorado del Táchira a través de Corpoandes en una zona que pese a guardar profundos significados históricos había permanecido en el olvido, al menos en lo que se refiere al cuidado del espacio público, y las piezas de valor patrimonial que allí permanecen. Esto le valió que un proyecto individual cobrara dimensiones, y se esté extendiendo a otras poblaciones, en una acción de colaboración mutua entre colegas, quienes tal vez, como Gandica, abrigan secretamente el deseo de convertir a San Cristóbal en una ciudad museo. Ese deseo, al menos desde el muralismo, ha tenido varias tentativas, las más destacadas a mediados de los ochenta y principios del presente siglo.

 

La emblemática Cuesta de Filiscos, además de ser sometida a un proceso de saneamiento ambiental, se impregnó de un arte que hace homenaje a nuestro pasado indígena. (Foto/ Freddy Omar Durán)

 

Pero lo que Gandica ha propuesto sobrepasa la manida iconografía épica o la postal turística, pues se enfoca en un lenguaje más urbano, aunque siempre con la intención de que el público la vea, la disfrute, la valore, y trate de develar un mensaje, pues antes que encerrarse en su estética, su preocupación en esta iniciativa se encamina a reencontrarnos con una serie de valores que pasan por lo eminentemente plástico, lo espiritual, lo ecológico y, por supuesto, lo identitario, lo raizal.

Porque un mural no es simplemente un agregado bello más dentro del contexto citadino, algo simplemente arrojado para ocupar una pared o una edificación; debe quebrar la rutina cotidiana, ser intermezzo de una especial magia, ventana a una realidad que le pertenece al mismo orbe social, pero adquiriendo estruendos sinfónicos. Otro modo de comunicar es el mural tan válido como el rumor que corre por las plazas, como el ruido de los medios de comunicación, y la interacción viciada y viciosa de las redes sociales.

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