El triste final de Don Gil, el niño rico que fue torero pese “a la dura oposición familiar”

El triste final de Don Gil, el niño rico que fue torero pese “a la dura oposición familiar”

(foto AFP)

 

Se llamaba Antonio Gil Barbero (Madrid, 1823), conocido como Don Gil al haber nacido en el seno de una acaudalada familia del siglo XIX. Hijo de unos ricos comerciantes, se aficionó a los toros desde niño y en cuanto pudo toreó en fiestas camperas y se las vio con las vacas en los campos del duque de Veragua. «Como por aquellas calendas, salvo el antecedente del aristócrata cordobés don Rafael Pérez de Guzmán, constituía una excepción que un joven culto y adinerado fuese matador de toros, encontró una dura oposición familiar», se cuenta en el tomo 3 del ‘Cossío’.

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Aún así, su afición y empeño fueron mayores y, contra viento y marea, hizo varios paseíllos, llegando incluso a tomar la alternativa en Sevilla el 25 de mayo de 1854, amparado por Manuel Domínguez -del que se consideraba discípulo- y de manos de Juan Lucas Blanco. De una estocada en la suerte de recibir (su especialidad) mató a su oponente. Antes, en marzo del 52, actuó en un festejo benéfico en Madrid y se llevó una fuerte ovación. Su presentación como matador en esta plaza fue el 24 de junio de 1856, alternando de nuevo con Domínguez, «que no le hizo cesión de los trastos por haber toreado ambos juntos más de cuarenta corridas y considerar inútil la confirmación», señala el ‘Diccionario de Toreros‘ de Espasa. Y explica que luego llegó a ser apoderado del Gallo y Cara-Ancha, además de publicar cuatro números del semanario taurino ‘Don Parando’.

El toreo y la Constitución

Como en los ruedos apenas cosechó glorias, cuando murió su padre se encargó del negocio familiar. Pero el destino volvía a ponerse negro: acabó quebrando y quiso volver a enfundarse el vestido de luces. En el ‘Anecdotario’ de la gran enciclopedia taurómaca se relata así:

«No encontró facilidades para su reaparición en los ruedos y tomó la resolución de ir a contar sus cuitas a don Alfonso XII, al que le dijo en una audiencia que el rey le concedió:

-Señor, yo creo que la Constitución del reino no se opone a que yo toree.

El monarca le respondió:

-A mí me parece que la Constitución del país nada tiene que ver en este asunto.

Y añadió humorísticamente Su Majestad al ver su poca estatura y muchos años:

-Amigo mío, quien debe permitirle torear es su constitución….

Pero la audiencia regia no resultó en vano, pues le fue facilitado un empleo interino en un Ministerio [Gobernación]».

Gil Barbero, que tras mucho rogarlo pudo volver a la plaza de Madrid en 1881, tuvo una vida de luces y sombras, del niño de rica cuna que luchó por su sueño de ser torero. Y lo alcanzó, «si no perfectamente logrado para sobresalir», sí «valiente para lidiar con desenvoltura y dejar hondas estocadas». Cuenta el citado diccionario que, «relegado a humilde y decorosa estrechez, torturado su ánimo por las nostalgias de lo pasado y de lo que hubiera podido ser, Don Gil vivió largos años hablando ya muy poco de toros». Cumplió 79 años el 27 de enero de 1902 y, pocos días después, «sin duda alguna perturbado por sus dolores y sus tristezas, puso fin a su vida disparándose dos tiros de revólver, a la una de la tarde del martes 4 de febrero, en su domicilio de la Corte, calle de Luciente, número 10». Un triste final para ya el viejo niño que soñaba con faenas de laureles.

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