La leyenda de la mejor francotiradora de la historia: Ucraniana de 26 años que mató a 309 soldados nazis

Una postal de Lyudmila Pavlichenko, francotiradora soviética que fue nombrada teniente mayor y que le fue otorgada dada la orden de Lenin por su defensa de Odessa y Sebastopol (Sovfoto/UIG via Getty Images)

 

Recién cuando murió, a sus 58 años, empezó a tejerse el mar de dudas. La verdad es un elemento dócil, permeable, un fino recurso de estrategia bélica. En la Segunda Guerra Mundial -y en todas las guerras- la revelación de una verdad es un componente de promoción. Pudo haber sido eso. O no. La épica de Lyudmila Pavlichenko, una de las francotiradoras más letales del Ejército Rojo, tal vez no fue tal. Condecorada como una teniente soviética que asesinó a 309 soldados nazis, tras su fallecimiento, el 10 de octubre de 1974, las refutaciones de rigor, en línea con un corte revisionista, regaron de sospechas su epopeya.

Por Alfredo Serra / Infobae

En sus memorias, Lyudmila escribió que su baja número 300 la logró el doce de julio de 1942, día en que cumplió 30 años. “Fue el regalo que me hice en Sebastopol”, recordó. Sin embargo, la ciudad portuaria ubicada en la península de Crimea, había caído nueve días antes. Una baja con la lucha terminada refuerza las suspicacias. Lo mismo que la versión que se precia de firme que asegura que la francotiradora fue rescatada por los servicios sanitarios y sacada del frente en junio de 1942: un mes antes de su ejecución número 300.

“Es muy extraño que ella no recibiera ninguna medalla en Odessa, a pesar de que acabó con 187 enemigos. A los francotiradores les concedían una medalla por cada diez enemigos muertos o heridos, y la Orden de la Estrella Roja por cada veinte. Si causar 75 bajas bastaba para el título de Héroe de la Unión Soviética, ¿por qué a ella no le dieron nada?”, cuestiona la historiadora Lyuba Vinogradova. La pregunta es pertinente: Lyudmila sólo logró la Orden de Lenin y la de Heroína de la Unión Soviética. Ambas, luego de ser herida y rescatada en la caída de Sebastopol.

Se unió la 25ª División de Infantería del Ejército Rojo, fue una de las dos mil francotiradoras soviéticas que participaron de la guerra y una de las 500 sobrevivientes (Sovfoto/UIG via Getty Images)

 

¿Fueron realmente 309? ¿Cómo supieron los nazis tan pronto esa cifra, como para prometer cortar a su enemiga en 309 trozos? ¿Por qué se negó a demostrar su puntería en la gira por los Estados Unidos, a pesar de la insistencia de los periodistas, y desafío que sí aceptó su compañero, el francotirador Pchelíntsev? Las respuestas -la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad- bajaron con ella a su tumba en el cementerio Novódévichi, Moscú.

Había sido Lyudmila Mijailivna Pavlichenko, una heroína de la Unión Soviética que no figura subrayada en las crónicas de la Segunda Guerra Mundial. Su historia convertida en leyenda -o su leyenda convertida en historia- precisa que entre 1941 y 1942 mató a 309 combatientes de las fuerzas enemigas y que 36 de esos eran francotiradores como ella. Casi uno por día: 0,84 denuncia la calculadora. Suficiente mérito para que el Iósif Stalin (1878–1953), amo, señor y dictador de todas las rusias, le colgara de su firme cuello las medallas Lenin y Heroína de la Patria.

Había nacido el 12 de julio de 1916 en el pueblo ucraniano de Belaya Tserkov. Tenía 26 años cuando debilitó la ofensiva nazi desde su guarida. Pero poco se sabe de su vida hasta sus 15 años: salvo que cursó los nueve años primarios en la escuela local, que fue una alumna promedio y que destacaba por su carácter “terco e independiente”, según sus biógrafos.

La recibieron en Estados Unidos el presidente Franklin Roosvelt y el actor Charles Chaplin: fue en representación del Alto Mando Soviético para obtener apoyo en el frente de Europa occidental (Sovfoto/UIG via Getty Images)

 

A sus 15 años, tuvo a Rostislav, su hijo, “que destrozó mi matrimonio con Alekséi”, contó mucho después. Alekséi Pavlichenko era un estudiante, muy joven también, y la llegada del bebé lo espantó. El escándalo fue tan grande, que ella y su familia se mudaron a Kiev para alejarse de la vergüenza. Allí se empleó como obrera de una fábrica metalúrgica, siguió estudiando (ciclo secundario), se destacó como pulidora mientras alguien de su familia criaba a su hijo, y llegó a la Universidad de Kiev. En 1937, a sus 21 años y lista para recibirse de historiadora, defendió con éxito su tesis doctoral sobre Bohdán Jmelnytsky, el gran héroe cosaco que lideró la rebelión, entre 1648 y 1654, contra el poder de la aristocracia polaco-lituana.

El destino parecía tardar en encontrarla. Su primer acercamiento a un fusil sucedió mientras trabajaba en la fábrica: se inscribió en un club de tiro, la asociación de corte militar Osoaviajim, y no tardó en asombrar con su puntería.

En 1941, Adolf Hitler, luego de un bombardeo gigante de su poderosa Luftwaffe, puso en marcha la Operación Barbarroja: un ataque masivo para invadir a la Unión Soviética y dominar todo el frente oriental, y la primera semilla, el principio del fin que llegaría con la bandera de la hoz y el martillo ondeando en la cúpula del Reischtag (Parlamento) alemán, en Berlín, el 9 de mayo de 1945.

Lyudmila Pavlichenko, junto a granjeros en Odesa, en 1944 (Sovfoto/UIG via Getty Images)

 

Pero a pesar de las bombas del 22 de junio del 41 y de las brutales batalla que se avecinaban, Stalin -en principio- no llamó a las filas a las mujeres. Poco le importó a Lyudmila. Se presentó en la oficina de reclutamiento y dijo “vengo a luchar contra los invasores alemanes”. El planteo causó asombro en los militares. Le ofrecieron un trabajo que creían más adecuado para mujeres. Se negó y mostró sus credenciales: “Fui a una escuela de tiro en Kiev. Tengo entrenamiento militar”, dijo y enseñó su insignia de Tiradora de Voroshilov ganada en torneos regionales. A pesar de ese galardón, le ofrecieron un curso de enfermera, que también rechazó.

El reclutador, entre perplejo y desconfiado, le tomó una prueba de puntería, y ella lo aprobó fácil. Su primer fusil de guerra fue un clásico soviético: el Mosin-Nagant con mira telescópica de cuatro aumentos. Pero no tardó en empuñar el Tokarev SVT-40, porque no había que amartillarlo luego de cada disparo, y sin amedrentarse por su peso: no era fácil soportarlo durante horas, y a veces días enteros.

El bautismo de fuego llegó en la Batalla de Odessa, al sur de Ucrania. Se batió contra los nazis durante dos meses, y alcanzó (oficialmente) el rango de Francotiradora de Élite. Según su testimonio, sus dos primeras víctimas cayeron en Belyayevka, ciudad a unos cincuenta kilómetros de Odessa, y mientras defendía una colina. Sus biógrafos, esta vez, coinciden: “En diez semanas, y a pesar de sufrir dos conmociones cerebrales y una herida de poca gravedad, ¡mató a 187 enemigos!”.

Sin embargo, Odessa cayó y el Ejército Marítimo Independiente, donde combatía Lyudmila, se instaló en Sebastopol, en la península de Crimea. Para ella, un calvario de ocho meses, manteniendo su posición durante semanas de frío bajo cero y hasta comiendo insectos. Pero valió la pena: aquella tiradora pionera en alistarse fue calificada entre las mejores del Ejército Rojo.

Uno de sus biógrafos escribió: “En uno de los enfrentamientos permaneció veinticuatro horas tumbada en la misma posición, acechando a un enemigo. Al amanecer del segundo día logró ponerlo en su mira y abatirlo, tomó del cadáver no solo el fusil: también su diario, donde contaba que había sido francotirador en Dunkerke y que había matado, entre soldados y oficiales, ¡a 500 hombres!”.

Sin embargo, ese episodio no fue el más heroico. Según una revista soviética, “ella se topó con un observador alemán oculto detrás de unos arbustos. El nazi esgrimió todos los trucos: poner un casco en un palo y levantarlo (blanco falso para que ella delatara su posición), y hacer corretear un gato y un perro para distraerla y ponerla en su mira. Pero ella no cayó en las trampas, y el nazi pagó con su vida la última: mostrarle sobre los arbustos un muñeco vestido con uniforme. Lyudmila vió el destello de los binoculares del alemán, y no erró el disparo”.

En este punto, la leyenda, impulsada por Stalin, empezó su camino. Se corrió la voz de que los soldados nazis, aterrados por la francotiradora, le ofrecían a los gritos que cambiara de bando, prometiéndole una lujosa vida futura. Ascendida a teniente, el general Iván Petrov (1896–1958), máximo general del ejército soviético desde 1944, le ordenó en persona seleccionar y entrenar a una unidad de francotiradores. No era para menos: Lyudmila juraba y perjuraba que hasta junio de 1942 “maté a 309 enemigos: entre ellos, cien oficiales, 36 francotiradores, y el resto, soldados comunes”.

Pero el timón de su suerte viró hacia la adversidad en ese mismo junio: un tiro de mortero la hirió en la cara y debió ser rescatada por un submarino. Empezó a correr una versión: los nazis amenazaron matarla y descuartizar su cuerpo en 309 trozos, como venganza por sus 309 compañeros caídos bajo sus balas. Pero no sucedió. Y el alto mando soviético decidió que su francotiradora convertida en heroína era una figura demasiado potente (un ícono) como para volver a arriesgar su vida en combate.

Un año después, en julio del 42, recibió la medalla dorada de Heroína de la Unión Soviética. Un mes más tarde viajó a los Estados Unidos con el tirador de élite Vladimir Pchelíntsev. Muchos se preguntaron por qué ellos y no dos pilotos o comandantes de tanques. Pregunta válida, pero no para Stalin. Según él, los francotiradores eran algo así como estrellas del espectáculo, y los alemanes les temían hasta el pavor.

En los Estados Unidos, soportó preguntas -para ella insólitas- de los periodistas locales: “¿Qué color de ropa interior prefiere? ¿Las francotiradoras se pintan los labios?”. Se defendió bien. Tenía 26 años, y había vivido experiencias demasiado fuertes como para que ciertas preguntas la amedrentaran.

El 28 de agosto fue recibida en la Casa Blanca, como una princesa, por el presidente Franklin Delano Roosevelt y la Primera Dama. El 29 de agosto, los medios estadounidenses publicaron: “La teniente de 26 años Lyudmila Pavlichenko, cautivadora princesa guerrera que posee la marca individual más alta entre los mejores francotiradores del Ejército Rojo, hizo ayer dos cosas que nunca habría podido imaginar: llegar a Washington y convertirse en la primera persona soviética en visitar la capital y pasar la noche en la Casa Blanca en calidad de invitada del presidente Roosevelt y la primera dama estadounidense”.

En una Asamblea Internacional de Estudiantes de Washington fue agasajada como una heroína. Dio conferencias en el Congreso de Organizaciones Industriales y realizó apariciones en Nueva York. En una de ellas, según apuntó por entonces la revista Smithsonian, dijo: “Cada alemán que permanezca vivo matará a mujeres, niños y ancianos. Los alemanes muertos son inofensivos. Por lo tanto, al matar a uno estoy salvando vidas”. A los pocos días conoció a la mayor leyenda de la historia del cine Made in USA: Charles Chaplin, que le dijo: “Parece imposible que esas manitos hayan matado tantos nazis”.

Retirada y con el rango de comandante, se eclipsó. No ejerció como profesora de Historia ni como instructora de tiro. Trabajó en el cuartel general de la Armada y en el Comité de Veteranos de Guerra, según un par de biógrafos, “sin pena ni gloria”. Que no se dedicara a entrenar francotiradores siendo una consagrada experta en la materia alimentan las sospechas en torno al mito de Lyudmila Mijailivna Pavlichenko.