Gustavo Coronel: Negociar con el régimen chavista es un acto de rendición

Gustavo Coronel

Los 21 años de régimen chavista en Venezuela han llevado al país al nivel de Haití. Los venezolanos que han podido se han ido de país. Quienes permanecen en el país, aún los “chavistas” sin poder político y sin conexiones languidecen, sujetos a recibir limosnas del régimen. Quienes rechazan al régimen lo hacen, mayoritariamente, de la puerta de sus casas para adentro, pocos son quienes protestan públicamente.

Los líderes políticos, lo hemos dicho antes, pertenecen a tres grandes grupos: uno minoritario, apegado a los principios, corriendo los riesgos de mantenerse firmes; un segundo grupo cuyo tamaño está creciendo, el cual promueve una especie de coexistencia pacífica con el régimen, basado en la premisa de que no son suficientemente fuertes para rebelarse y un tercer grupo francamente colaboracionista, cuyos miembros desean obtener alguna cuota de poder político y económico.

Los miembros del primer grupo se han mantenido fieles a lo que Emmanuel Kant llamaba el Imperativo categórico, al apego a los principios basados en reglas universales. Para los miembros de este grupo lo ético debe hacerse, no porque vaya necesariamente a producir el mejor efecto a corto plazo, sino porque es lo que debe hacerse. Es una actitud deontológica, es decir, basada en lo que es nuestra obligación, nuestro deber.

Los miembros del segundo grupo se aferran, en el mejor de los casos, a un utillitarianismo o pragmatismo que apunta a resultados que pueden mejorar, en alguna forma, la condición existente para el mayor número de personas. En el caso venezolano, sería como lograr mayor acceso a medicinas, alimentos y condiciones generales de vida. Este apego al pragmatismo tiene su representante filosófico en John Stuart Mill, quien argumentaba que lo que debe hacerse es lo que produce las mejores consecuencias.

Los miembros del tercer grupo no parecen estar animados de ningún deseo de ver beneficiados a sus semejantes. Para ellos lo esencial es el beneficio personal y los demás que se las arreglen como puedan.

Yo he opinado en otras notas publicadas en este blog que es el segundo grupo el que representa hoy el mayor peligro para las posibilidades que Venezuela pueda recuperar algún día su lugar entre la comunidad de los países civilizados, un sitio que ha perdido para asombro y horror de todos los seres humanos decentes del planeta. Lo creo así porque existe en su seno una tendencia patológica hacia una transición que los lleva de ser pragmáticos bien intencionados a ser francamente colaboracionistas.

¿Por qué lo creo así? La actitud ciudadana – cualquiera que esta sea – sienta un precedente, muestra un ejemplo para quienes vendrán después. Bolívar es venerado porque abandonó su posición cómoda de criollo, su vida personal, sus riquezas, arriesgó su salud, todo, para dedicarse a la liberación de su pueblo. Su actitud de sacrificio es lo que lo ha convertido en un héroe. No todos podemos ser héroes al nivel de Bolívar pero si podemos actuar en base a principios que puedan sentar un ejemplo para nuestros semejantes, un ejemplo del cual nuestros descendientes o nuestros vecinos del barrio o de la urbanización puedan sentirse orgullosos. Es posible actuar a fin de generar ejemplos dignos de imitación. El progreso de una sociedad tiene como un ingrediente importante ese orgullo colectivo por quien lo hizo bien. Muchos jóvenes desean ser atletas por el ejemplo de un Galarraga, atleta y ciudadano excepcional, no por el ejemplo de Edwin Valero, el boxeador chavista quien mató a su esposa. En Francia el héroe es De Gaulle, no Laval, en Inglaterra el héroe es Churchill, no Chamberlain. En Bárbula el héroe es Girardot, la historia no registra los nombres de quienes se retiraron del lugar para vivir algunos años más.

¿Cuál es el ejemplo que dan los miembros de este segundo grupo, utilitarios o pragmáticos? Si bien es cierto que muchos están animados de las mejores intenciones de mejorar en algún grado el desastre venezolano, al sentarse con quienes han sido culpables del desastre están dándole al resto de la población un mensaje desolador. Le están diciendo, “con esta gente no podemos, vamos a ver que podemos obtener de ello para que nos dejen vivir un poco mejor”. Ellos saben que, al sentarse en una mesa con estos criminales, tendrán que hacerle concesiones, todas las cuales tenderán a ofrecerles ventajas de permanencia en el poder a los criminales, o garantías de que no serán enjuiciados, o algún tipo de clemencia para sus crímenes. Cualquiera que sean los beneficios a ser obtenidos por los criminales del régimen, ellos vendrán a expensas de la aplicación de justicia. Este resultado puede resumirse en desastroso mensaje al país: “El crimen si paga”. Exactamente lo opuesto a lo que nuestros padres y maestros nos hicieron creer y en lo cual todavía creemos. La magnitud de los crímenes de esta gente es tan enorme que desafía toda imaginación, nadie que tenga sangre en las venas podría sentarse a dialogar con ellos.

Negociar con el régimen chavista representa una rendición de principios y valores universales que dan un triste mensaje al país. El liderazgo, por definición, existe para guiar a los pueblos por los caminos del progreso, de la dignidad y de la libertad, no para transarse con los criminales que los han arruinado. Cuando los líderes dan este triste ejemplo los seguidores no aprenden nada que no sea la sumisión y el arreglo resignado con quienes los han victimizado.

¿Cuál es la salida honorable, la que puede restituir a los venezolanos su dignidad perdida? Es la rebelión, expresada en sus diversas maneras de desobediencia civil, protestas callejeras, alzamientos cívico-militares con ayuda externa, huelgas generales indefinidas, lo que sea necesario para expulsar de raíz esta mala yerba.

¿Que no se puede? Un gran amigo mío me dice que los militares “son leales hasta el día que dejan de serlo”. De igual manera, digo que no se podrá hasta el día que se pueda, hasta el día que ocurra y, ese día, la gente dirá: Gloria al bravo pueblo. Mientras tanto ello no suceda la gente seguirá diciendo: Pobre pueblo.