Diez lecciones para un mundo post pandémico: Lo bueno, lo malo y lo horrible

Para comprender la naturaleza de un mundo post pandémico, hay que primero tener en cuenta las consecuencias políticas, sociales, tecnológicas y económicas que pueden tardar años en desarrollarse

 

“A menudo se nos aconseja que pensemos en grande. Pero tal vez debamos empezar a pensar en pequeño”.

Por infobae.com

A finales de enero de 2020, Alissa Eckert y Dan Higgins de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) fueron los encargados de crear una ilustración del nuevo coronavirus. La intención era lograr una imagen que “capture la atención del público”. El globo plateado con brillantes picos carmesí, evocador e inquietante, pronto estuvo en todas partes. Esta ilustración hoy nos recuerda el principio de la pesadilla, pero también cuánto se logró en tan poco tiempo, y nos hace mirar hacia adelante e imaginar qué deparará el mundo post pandemia.

No había pasado aún un año desde el inicio de la crisis sanitaria cuando Fareed Zakaria, escritor bestseller, periodista indo-estadounidense y presentador en CNN especialista en política internacional con un doctorado de Harvard, publicó Ten Lessons for a Post-Pandemic World (Diez lecciones para un mundo post pandémico, en español) en octubre de 2020. A través de este libro, escrito en forma de enseñanzas que cubren temas que van desde los riesgos naturales y biológicos hasta el surgimiento de la “vida digital” y un orden mundial bipolar emergente, Zakaria invita a comenzar a pensar más allá de los efectos inmediatos de COVID-19.

Para comprender la naturaleza de un mundo post pandémico, hay que primero tener en cuenta las consecuencias políticas, sociales, tecnológicas y económicas que pueden tardar años en desarrollarse, dice Zakaria. Este es uno de esos momentos en que la historia se ha acelerado, y estos efectos ya se han notado en todo el mundo.

“Este es un libro no sobre la pandemia, sino sobre el mundo que está surgiendo como resultado de ella y, lo que es más importante, nuestras respuestas”, advierte. “Cualquier gran impacto puede tener diversos efectos, dependiendo del estado del mundo en ese momento y sobre cómo reaccionan los seres humanos, con miedo, negación o adaptación. En el caso del nuevo coronavirus, el impacto es moldeado por la realidad de que el mundo está profundamente interconectado; que la mayoría de los países no estaban preparados; y que, muchos de ellos, incluidas las naciones más ricas del mundo, cerraron sus sociedades y economías de una manera sin precedentes en la historia de la humanidad”.

El autor dice que estamos ante un momento bisagra, porque ahora sabemos cómo es una pandemia. Hemos visto los retos y costos de responder a ella. “La pandemia del COVID-19 podría persistir, pero incluso si se erradica, es casi seguro que nuevos brotes de otras enfermedades ocurran en el futuro”. Con este conocimiento y esta experiencia, “la vida después” será diferente para los países, las empresas y especialmente los individuos. “Incluso si la economía y la política vuelven a la normalidad, los seres humanos no lo harán”.

Lección uno: ajústense los cinturones

La pandemia ha revelado aspectos del mundo que son muy viejos. “Esta emergencia ha puesto de relieve una de las verdades más antiguas sobre la vida internacional, que en última instancia, los países están solos”, asegura el autor. Las naciones que habían cooperado durante mucho tiempo, como en Europa, por ejemplo, de un día para otro cerraron sus fronteras y se centraron en su propia supervivencia.

Por otra parte, esta crisis sanitaria puede considerarse una venganza de la naturaleza, ya que la forma en que vivimos ahora es prácticamente una invitación para que los virus animales infecten a los humanos. Los CDC estiman que tres cuartas partes de las nuevas enfermedades humanas se originan en animales.

Pero Zakaria dice que nuestra resiliencia es sorprendente y que no estamos condenados. “Los brotes son inevitables, pero las pandemias son opcionales”, dice Larry Brilliant, el médico estadounidense que ayudó a erradicar la viruela. “Lo que quiere decir es que es posible que no seamos capaces de cambiar los sucesos que producen enfermedades en primer lugar, pero a través de la preparación, acción temprana y respuestas inteligentes, podemos aplanar rápidamente su trayectoria”.

Lección dos: si de gobierno se trata, lo que importa no es la cantidad, sino la calidad

En octubre de 2019, solo unos meses antes de que el nuevo coronavirus hiciera estragos en el mundo, la Universidad Johns Hopkins lanzó su primer Índice de Seguridad Sanitaria Global, un análisis completo de los países que estaban mejor preparados para manejar una epidemia o una pandemia. Estados Unidos ocupó el primer lugar. “Pero para marzo de 2020, parecía una broma cruel, ya que el COVID-19 hizo estragos en el país y el gobierno federal montó una respuesta tardía, débil y errática. Para julio, con menos del 5% de la población mundial, el país tenía más del 25% de los casos acumulados confirmados del mundo”.

Así, el doctor de Harvard dice que durante muchas décadas, el mundo necesitó aprender de Estados Unidos, pero ahora Estados Unidos necesita aprender del mundo. ¿Y lo que más necesita? Aprender sobre el gobierno, ni grande ni pequeño: bueno.

Lección tres: los mercados no son suficiente

“Esta pandemia ha llegado en un momento en la historia cuando hay mucha mayor insatisfacción con el sistema económico”.

Al comienzo, cuando los estadounidenses se dieron cuenta de que el virus venía difícil, pensaron que debía ser fácil asegurarse un test para el COVID-19. Después de todo, Estados Unidos gasta casi el doble per cápita en cuidado de la salud que la mayoría de los demás países avanzados. Pero lo cierto es que estaban desesperadamente cortos de pruebas, “y porque la atención médica estadounidense está organizada como una empresa con fines de lucro, muchas personas se enfrentaron a costos prohibitivos”.

“El sistema de atención de la salud en los Estados Unidos es vasto, complejo y caro, pero responde a los incentivos del mercado”. Por eso, el autor insta a replicar los modelos de los países del norte, como Dinamarca, que “han encontrado un camino que es dinámico, democrático y seguro. Entendieron que los mercados eran increíblemente poderosos, pero no suficientes; que necesitan apoyos, amortiguadores y suplementos. Deberíamos todos adaptar sus mejores prácticas a nuestras propias realidades nacionales. Realmente no hay alternativa”.

Lección cuatro: la gente debería escuchar a los expertos, y los expertos a la gente

“Hablo conmigo mismo, porque tengo un muy buen cerebro”, dijo Donald Trump en 2016. “Mi consultor principal soy yo mismo, y tengo un buen instinto”. Más tarde amplió: “Los expertos son terribles. Mira el lío en el que estamos con todos estos expertos que tenemos”. Un par de meses después, el político británico Michael Gove fue interrogado sobre su defensa del Brexit y se le pidió nombrar algunos economistas que apoyaran su punto de vista de que dejar la UE sería bueno para los negocios. Su respuesta: “La gente de este país ha tenido suficientes expertos”.

“Ahora que el mundo ha experimentado una pandemia global, debería haber quedado dolorosamente claro que la gente necesita escuchar a los expertos”, alerta el autor.

Sin embargo, eso no fue lo que ocurrió. Un ejemplo es el de Jair Bolsonaro, quien describió al COVID-19 como un “resfriado miserable” y criticó los consejos de los expertos médicos.

Para aquellos de nosotros que miramos con horror estas abyectas demostraciones del no saber, la solución parecía obvia: simplemente siga la ciencia. ¿Pero qué nos dice la ciencia?”. Anthony Fauci, por ejemplo, inicialmente restó importancia a los peligros del nuevo coronavirus; los CDC al principio recomendaron que la gente se quede en el interior y no use máscaras y luego, meses después, revirtieron su consejo. “La realidad es que la ciencia no da una respuesta simple, especialmente con un fenómeno nuevo como el coronavirus”.

“Tendemos a pensar en la ciencia como una respuesta única y definitiva, pero la ciencia es, ante todo, un método de investigación, un proceso de plantear preguntas y probar rigurosamente estas hipótesis. Con nuevos y mejores datos, llegamos a nuevas y mejores conclusiones. Los científicos todavía tienen muchas preguntas importantes sobre el COVID-19, y serán respondidas pero durante los próximos años, no meses”.

Por eso Zakaria recomienda que mientras navegamos por esta pandemia, la gente necesita escuchar a los expertos. Pero los expertos también necesitan escuchar a la gente.

Lección cinco: la vida es digital

En las últimas dos décadas, hemos visto el surgimiento de una economía que hace posible que las personas hagan la mayoría de las cosas sin tener que agruparse, luchar contra el tráfico, sufrir en trenes llenos y gastar horas de desplazamiento. En los últimos años, los cambios fueron más allá, y hoy, la vida se puede vivir digitalmente.

La tecnología fue la que más se aceleró durante la pandemia, y si hay algo que transformará la medicina a largo plazo es la Inteligencia Artificial.

Durante la crisis, el equipo de IBM MIT detrás del sistema de inteligencia artificial Watson dieron a la tecnología una serie de usos diferentes: identificación de COVID-19 en pacientes con alto riesgo de sepsis; diseñando proteínas para bloquear la vinculación del virus con las células humanas; probando la eficacia de los materiales de la mascarilla, prediciendo si los medicamentos ya aprobados ayudarán a combatir el virus; y planificando para la fabricación y suministro de vacunas a gran escala. “Aunque muchas de estas aplicaciones son experimentales, los resultados son impresionantes”, afirma.

“La pandemia ha demostrado que estas revoluciones tecnológicas están más avanzadas de lo que podríamos haber pensado”.

Lección seis: Aristóteles tenía razón, somos animales sociales

“Las grandes ciudades a menudo han salido fortalecidas de una catástrofe”, señala. “Todas las profecías pasadas sobre la decadencia de las ciudades han resultado ser erróneas. Las ciudades aguantan. Es probable que la urbanización, especialmente en los países en desarrollo, se recupere y continúe más o menos a su ritmo pre pandémico. La mayoría de las personas que abandonan una ciudad simplemente se mudarán a otra, quizás una más pequeña. Otros comprarán casas en los suburbios, todavía centrados sus vidas alrededor de una ciudad, y muchos más decidirán quedarse”.

Uno de los mitos sobre esta pandemia, dice, ha sido que las ciudades son especialmente susceptibles. Cierto, la enfermedad siempre afectará primero a las ciudades porque son las partes más globalizadas de cualquier país. Pero en la mayoría de las naciones, pronto se propaga a través de suburbios y el campo.

Los humanos crean ciudades y las ciudades crean a los humanos: estos son dos lados de la misma moneda. Debajo de las razones externas, residen impulsos profundos hacia la interacción social. El COVID-19 no provocará un cortocircuito en este cableado. De hecho, el aislamiento de los encierros podría tener el efecto contrario y recordará a los humanos esa simple pero profunda percepción: por naturaleza, somos animales sociales”.

Lección siete: la inequidad será más marcada

Las enfermedades infecciosas a menudo parecen ciegas a la nacionalidad, raza, clase y credo. “Pero lo cierto es que las diferencias entre países ricos y pobres probablemente se verán acentuadas a medida que el mundo se divide en dos: lugares con buenos sistemas sanitarios y lugares sin ellos”.

Mientras la enfermedad a veces puede borrar las desigualdades, la mayoría de las veces las exacerba. Si nos enfrentamos a otra pandemia, como es muy probable, debemos reconocer que tendremos que mantener a todos a salvo y saludables, ya sean ricos o pobres. Esa debería ser una forma esencial de igualdad por la que luchamos”, manifiesta.

Lección ocho: la globalización no está muerta

Las pandemias no están contenidas por fronteras. Eso ha sido así durante siglos, desde las caravanas de la Ruta de la Seda y galeras mercantes del mundo medieval. “Mientras vivimos en una nueva era de globalización y cambio tecnológico, estamos viendo el regreso de una de las historias más antiguas de las relaciones internacionales: el surgimiento de una nueva gran potencia y el malestar que esto crea en el hegemón. La realpolitik radical podría estar de vuelta con el ascenso de China y la intensificación de la competencia entre las grandes potencias y los Estados Unidos, las dos economías más grandes del planeta. “Se puede decir con seguridad que, dados los niveles de interdependencia entre los dos países, un conflicto sostenido sería desgarrador, costoso y, en última instancia, enormemente contraproducente. Pero como descubrió Norman Angell, eso no significa que no sucederá. En resumen, la globalización no está muerta. Pero podríamos matarla”.

Lección nueve: el mundo está volviéndose bipolar

Fareed Zakaria da comienzo a su noveno capítulo diciendo que las tensiones entre Estados Unidos y China son inevitables.

Sin embargo, también aclara que “hoy, las interacciones globales tienen lugar dentro de lo que se conoce como el ‘Orden internacional liberal’. Este marco, establecido después de la Segunda Guerra Mundial, está marcado por la apertura en el comercio y la economía, instituciones internacionales como la ONU, reglas y normas que regulan la conducta internacional, y facilitan soluciones cooperativas a los problemas. Como ha señalado el erudito John Ikenberry, a pesar de muchos cambios y desafíos, este orden ha perdurado porque es de interés para todos”.

Esto también ha ayudado a producir el período de paz más largo entre las principales potencias de la historia. “Al observar la forma de la política internacional en el futuro, está claro: la bipolaridad es inevitable. Una guerra fría es una elección”.

Lección diez: a veces los mayores realistas son los idealistas

El COVID-19 es un fenómeno global que, paradójicamente, ha provocado que naciones en todas partes se vuelvan hacia adentro. El dolor y el sufrimiento, dificultades económicas y dislocaciones han llevado a los líderes mundiales a abandonar las ideas de cooperación internacional y, en cambio, agacharse, cerrar sus fronteras y hacer sus propios planes de resiliencia y recuperación”.

Sin embargo, el idealismo que subyace al liberalismo es simple y práctico: “Si las personas cooperan, obtendrán mejores resultados y más soluciones duraderas de lo que podrían lograr actuando solos. No es un vuelo de fantasía creer que la cooperación puede cambiar el mundo. Es sentido común”.

Por eso, en definitiva, el especialista en política internacional advierte que, en nuestros tiempos, esta pandemia ha creado la posibilidad de cambio y reforma. “Depende de nosotros aprovechar esa oportunidad o desaprovecharla. Nada está escrito”.