Gustavo Coronel: El diálogo con el chavismo es una rendición, Parte II

Gustavo Coronel

Las investigaciones del Instituto para la Ética Global, https://www.global-ethic.org/global-ethic-institute/ , recogidas en el libro de Rushworth M. Kidder: “How Good People make tough choices”, muestran que existen cuatro dilemas fundamentales que influyen en nuestra actitud ética. Esos dilemas son:

  • La Verdad vs. la Lealtad

  • Lo Individual vs. Lo Colectivo

  • Lo de Corto Plazo vs. Lo de Largo Plazo

  • La Justicia vs. La Misericordia

 El diálogo con el chavismo que la oposición venezolana insiste en mantener, fuertemente presionada por los países que la apoyan, puede ser analizado en base a esos cuatro dilemas.

Antes de hacerlo es preciso apuntar que los intereses de los países que apoyan a la oposición venezolana y la presionan al diálogo coinciden solo parcialmente con los intereses supremos de la nación venezolana. Para esos países, terminar con el conflicto con un arreglo imperfecto es más importante que limpiar de raíz el problema venezolano de fondo, ya que la caótica situación imperante en Venezuela lesiona los aspectos políticos y comerciales entre esos países y Venezuela. Para el mundo externo no es tan fundamental erradicar el régimen venezolano actual sino llegar a un nivel adecuado de estabilidad política y social que haga posible su pronta reentrada geopolítica y comercial al país, lo cual puede obtenerse si se establece alguna modalidad de equilibrio negociado de poderes. Por ello, el análisis de los dilemas éticos relacionados con la solución estructural del problema venezolano es algo fundamental para nosotros los venezolanos, pero no tanto para los países que apoyan a la oposición.

Veamos los cuatro dilemas y por qué ellos influyen sobre la capacidad del venezolano de salir de la pesadilla o, al contrario, de seguirla viviendo, aunque de manera atenuada.  Pienso en esto como el dilema entre barrer la basura para que se la lleve el aseo urbano o simplemente colocarla debajo de la alfombra.

La verdad vs. la lealtad

En esencia este dilema tiene que ver con el conflicto existente entre la verdad, la integridad y la honestidad vs. aquellos compromisos y relaciones tribales, de familia o de amistades que nos llevan a cultivar un falso concepto de solidaridad. En Venezuela nos hemos acostumbrado a ser “amigos”, a pensar que el gentilicio venezolano es un sello de automática aceptación en el mundo, que todos nos quieren (ya sabemos que no es así) y que el sentimiento de hermandad es más poderoso que las consideraciones morales. Los ministros del interior llamaban por teléfono a los enemigos del gobierno (pero amigos suyos), para avisarles que los iban a ir a buscar y que debían, por lo tanto, escabullirse.  La historia venezolana más reciente está llena de ejemplos que ilustran como el hecho de ser “todos venezolanos” ha inhibido la acción de la justicia. El más costoso fue el sobreseimiento del juicio a Hugo Chávez, el criminal líder del golpe militar sangriento de 1992. Quienes presionaron por el perdón a Chávez y a sus cómplices no fueron sus cómplices ideológicos, como hubiera sido lógico esperar. Hasta Fidel Castro condenó, en su momento, el atentado. Quienes presionaron para que Chávez y compinches quedaran en libertad y hasta recibieran empleos del gobierno fueron los demócratas que habían sido las víctimas del golpe, quienes posiblemente pensaron que su magnanimidad les confería una cierta aureola de grandeza. Después vendrían múltiples ejemplos de complicidad cobarde, como la juramentación de Chávez ante una constitución “moribunda”, la aceptación silenciosa de la eliminación del Congreso y del sistema judicial y la manera arrogante y arbitraria como se le permitió a Chávez de imponer su constitución. Esto fue posible por la actitud de quienes pensaban estar actuando en sintonía con sus hermanos venezolanos, cuando en realidad estaban faltando a sus deberes cívicos. La mayoría de quienes prefirieron callar la verdad en aras de una lealtad mal entendida fueron posteriormente arrasados de la escena pública por el dictador.

Hoy en día asistimos a un segundo o tercer acto en el cual buena parte del liderazgo oposicionista prefiere negociar con criminales responsables por la tragedia venezolana. Esto ha sucedido antes en nuestra historia y está sucediendo de nuevo. Ya vendrán los lamentos y las excusas, todas demasiado tarde.

Lo individual vs. lo colectivo

Enfrentados con el deterioro permanente y progresivo de su bienestar social, económico y político una buena parte del liderazgo puede verse obligado a pensar en mejorar la calidad de su vida. Para ello pensará necesario transarse con quienes ostentan el poder, a pesar de que reconozcan que la conducta que han exhibido sea totalmente censurable. Racionalizarán su actitud diciendo que lo hacen a fin de mejorar las actuales condiciones de vida de la mayoría de la población, pero, en su fuero interno, deben saber que ceder en los principios solo resultará en una consolidación del poder del régimen y que lo que se obtendrá serán dádivas, migajas, que estarán lejos de resolver el problema estructural, el cual solo se podría resolver con la extirpación de raíz del sistema perverso que se ha adueñado del país. Estarán pensando en sí mismos, no en la población que dicen representar.

El corto plazo vs. el largo plazo

El diálogo parecería apuntar a resolver una situación de corto plazo, a satisfacer necesidades genuinas e inmediatas del pueblo venezolano. Más comida, más medicinas, mejor tratamiento para los presos o, si todo marcha muy bien para la oposición, la liberación de buena parte de los presos políticos, así como la flexibilización de los controles asfixiantes para viajar y para sus transacciones financieras a los que están sometidos los venezolanos. Todo ello configura un objetivo valioso. Pero me temo que cada concesión que pueda obtenerse de la pandilla de criminales tendrá que venir a expensas de una concesión indebida a la pandilla, ya sea garantía de impunidad penal, permanencia en el poder, reconocimiento político que le permita optar al poder de nuevo, protección para los criminales y sus familias. Cada conquista justa tendrá que comprarse con un “amelcochamiento” de la noción de justicia. El beneficio de corto plazo estará orientado a lograr mejorías básicas para la población, pero ello vendrá al precio de la erosión moral derivada de concesiones indebidas hechas a los criminales, lo cual tenderá a convertir la sociedad venezolana en una sociedad mediocre y sumisa en el largo plazo.

¿Por qué? Porque, ¿con qué autoridad moral podremos exigir castigo mañana a quienes hagan lo mismo que hacen hoy los pandilleros con quienes nos hemos transado?

La justicia vs. la misericordia

Quienes abogan por una transacción con los criminales nos dicen que el pueblo venezolano no es dado a la venganza. Para ellos la aplicación de justicia puede parecer como cruel. Dicen: ¿Por qué castigaremos a unos y no a otros? ¿Por qué no le damos un lugar bajo el sol? ¿Es que no vale más la compasión y la misericordia que el deseo de persecución que nos mantiene en lucha con nuestros hermanos? Ese mensaje sorprendente existe a todos los niveles de la sociedad venezolana de hoy, tal como existen quienes niegan que la tierra es redonda o que las máscaras son un atentado contra nuestra libertad y no un sistema de prevención del contagio del virus. Existe a pesar de que los crímenes de la pandilla chavista han sido de colosales magnitudes materiales en la economía, la infraestructura física y los sistemas de producción agrícola e industrial y morales y espirituales tales como la captura indebida de los nombres de nuestros  héroes militares y civiles  como Bolívar, Sucre, Robinson (Simón Rodríguez) o Aquiles Nazoa para validar sus asaltos a la ética venezolana, o como el uso de alimentos como dádivas para quienes se arrodillen ante ellos o como la entrega de nuestra soberanía en manos de los tutores cubanos.

Frente a esa magnitud de crímenes no creo decente hablar de reconciliación y pienso que es obsceno definir el clamor de justicia como un deseo de venganza.

La postura que apoyamos en torno al diálogo y las posibles transacciones de la oposición venezolana con el régimen chavista encuentra su fundamento, salvando las distancias y con la debida humildad, en la posición de Martín Lutero al colocar sus tesis religiosas en la puerta de la iglesia de Wittenberg en 1517: “Aquí me planto, no puedo hacer otra cosa”. Es una posición deontológica, basada en lo que se piensa es un deber, no importa cuál sea la consecuencia.

Esta es una posición a la cual todo líder y toda la gente “pequeña” puede aspirar. El martirio de Franklin Brito nos enseñó el significado del coraje moral. Los jóvenes y mujeres presos y los presos políticos del chavismo fallecidos o asesinados en prisión por el régimen tuvieron coraje moral. Quienes han caminado con sus pequeños hijos, sin abrigo o dinero, desde Caracas hasta Bogotá, La Paz o Buenos Aires en busca de la libertad lo han mostrado. María Corina Machado exhibe ese férreo apego a sus principios. Quienes han preferido dar la batalla desde adentro la tienen, así como la tienen quienes han salido de Venezuela para no verla de nuevo hasta que esté libre de la plaga chavista, a pesar de que ello signifique no verla nunca más.