Ernesto Andrés Fuenmayor: El planeta de los simios

Es múltiple la herencia ideológica del siglo XIX. El socialismo, el liberalismo y el conservadurismo nacieron entonces como manifestaciones de inquietudes sociopolíticas apremiantes. En el siglo posterior estas corrientes se solidificaron en partidos y organizaciones que dominaron el panorama internacional. Definieron, en cada caso particular, el cauce por donde luego correría el río del nacionalismo: un fenómeno que desde un metanivel ideológico hacía presencia sin importar la doctrina política.

El concepto de “patria” estuvo en boca de nacionalsocialistas en Alemania, comunistas en Cuba, liberales en los Estados Unidos, separatistas en la India y conservadores en Francia. La tentación del colectivismo trascendió a los marcos teóricos y este se instauró en el imaginario colectivo de poblaciones enteras, atadas por el recién nacido concepto de la Nación.

Esta tendencia es un arma de doble filo. Por un lado, puede facilitar una solidaridad generalizada entre individuos que no se conocen, un fenómeno específicamente humano, forjado a partir de la noción de que se comparten un mismo origen, ciertos valores y costumbres. Sin embargo, esta fraternidad exige pasaportes y da pie al fanatismo y chovinismo que observamos el siglo pasado a nivel masivo. El ideal patriótico, llevado a su expresión más nociva, puede desembocar en darwinismo social. La tribu se agranda, pero el ímpetu tribal permanece ahí.

“La patria” se convirtió en un punto de encuentro colectivo inédito. El ser humano, como mamífero social, se vio tentado por una abstracción que le otorgaba una identidad innata y el derecho a enorgullecerse por las acciones de compatriotas muertos y vivos. Se romantiza el propio origen, se le da un sentido. La cohesión, por un lado, y la catástrofe, por el otro, hacen que el nacionalismo sea inmensamente controversial como fenómeno histórico.

Lo cierto es que dicha ideología, inspirada en la ficción colectiva patriótica, es un precedente directo de la globalización. La situación es paradójica. El nacionalismo, con sus guerras y desatinos, fue históricamente necesario para que se consolidaran las instituciones internacionales que buscan facilitar una comunidad global. Sin embargo, en la actualidad entorpece el progreso de dichas instituciones y es el mayor obstáculo para coordinar una solución global a la crisis del coronavirus. Trump, grotesco y fetichista, ha sido el más claro ejemplo de lo nociva que puede ser una postura nacionalista en tiempos modernos, cuando la recién nacida globalización está apenas empezando a abrirse camino.

La diferencia esencial de ambas posturas yace en la base conceptual que las motiva. El nacionalismo ofrece un sentimiento de pertenencia a partir de una ficción compartida: la idea de que un territorio particular, arbitrariamente definido, es intrínsecamente diferente al territorio vecino. El concepto de una comunidad global no parte de una construcción social, sino de una realidad biológica: el hecho de que somos el mismo simio; un bípedo implume tratando de dar orden al caos que lo rodea.

La pandemia llegó como un recordatorio agresivo y súbito de que ese caos es status quo, y que solo a partir de una coordinación efectiva, la acumulación de información y su correcto uso podemos hacerles frente a estos exabruptos. El nacionalismo, por definición, plantea una dinámica competitiva y jerárquica en la que cada país, cada “pueblo”, persigue sus propios intereses. Esto, naturalmente, dificulta la interacción internacional y exacerba la creación de enemigos externos, como hemos visto entre Trump y sus secuaces. A nivel nacional el proteccionismo y el aislamiento definen el panorama. A nivel individual se busca limitar la empatía a los miembros del propio clan, los compatriotas.

El objetivo cultural de crear una comunidad global es ensanchar esa compasión hasta darle una dimensión intercontinental: sentir un interés genuino por el destino de guatemaltecos, sudaneses o daneses. Suena idealista, pero la abstracción nacionalista hace algunos siglos también lo era. Para bien o para mal, se logró. La abstracción globalista es indudablemente más prometedora. Ya veremos a donde nos lleva el coronavirus, un punto de quiebre que está dejando graves brechas en evidencia.

@hechoslatinoamericanos