Amos Smith: El lujo de no tener hambre

Como dice Joaquín Sabina en su canción Más de cien mentiras, algunos en Venezuela tenemos el lujo de no tener hambre. Seran algunos diría el 76 por ciento de nuestra población en pobreza extrema y un 94 por ciento en pobreza a secas según las investigaciones de la Universidad Católica Andrés Bello en el Encuentro Nacional de Condiciones de Vida, ENCOVI 2021.

Nuestra población ha bajado a unos 28,4 millones gracias a ese éxodo contemporáneo hacia tierras prometidas de vidas normales y que está desmemoria del siglo XXI se empeña en decir con sus típicas justificaciones inverosímiles que en los venezolanos se ha puesto de moda salir a conocer el mundo cuando lo que hacen es huir por todos los puntos cardinales de nuestras fronteras. Por cierto que en este tortuoso camino hemos perdido unos añitos en el promedio de vida nacional como si fuéramos zombies y no lo supiéramos.

Como podemos progresar si en Venezuela solo trabaja el 35 por ciento de nuestra población activa y en medio de la pandemia la jornada bajó a la mitad y no es que se quiera trabajar, es que no hay oportunidades para trabajar, porque a veces es más rentable quedarse en casa. Es más lo que se gasta en transporte y comida que el sueldito miserable.

Uno puede pasar por una cola de ancianos frente a algún banco del Estado fallido y al ver alguno con un juguito y una empanada, tener la certeza que esta derrochando la pensión antes de cobrarla.

Uno sabe que en cualquier Facultad de Ingeniería Petrolera del país existe el dicho que el negocio petrolero es tan bueno que da ganancias cuando tiene buen manejo y hasta malos manejos, pero aquí ya no hay ni para la gasolina, como dice el profe Luis Pedro España, una crisis de movilidad provocada por la inmovilidad involucionaria, porque Venezuela ha estado confinada desde mucho antes de la pandemia.

Después de un año y medio sin clases presenciales por la pandemia los niños regresan a las aulas destartaladas sin ningún plan de nivelación. Un tiempo irrecuperable para nuestros niños en edades claves para la absorción del conocimiento. Estos tiempos de la covid-19, nuestros niños sin maestros, con el peor internet de este continente y sin la posibilidad de acceder a una computadora, solo han podido contar en una inmensa mayoría, con lo que sus madres humildes han podido enseñarles.

A lo que si asistimos en forma presencial es a la reproducción social de la pobreza. Y si hay alguien que aún no lo cree, les recuerdo la nueva promesa del atraso nacional de una ciudad comunal en un cerro prometido. O sea coming soon. Rancherizar nada más y nada menos que al Cerro El avila, alias Guaraira repano ( para amenizar este artículo, repit after me, con la música de Ilan Chester Avilaaaa, rancho El avila, avilaaaa rancho El avilaaaa).

Me acuerdo que alguna vez Gonzalo Barrios le dijo a Carlos Andrés Pérez que sabía tanto que lo que le hacía falta era un poquito de ignorancia.

Ignorancia que también le hace falta a ciertos visitantes nocturnos de la Universidad Central de Venezuela que ahora se sacó el numerito de un protectorado que llega con un voluminoso cargamento de sombras.

Pero como dice El profe España, en la mayoría de los países decentes, sus autoridades y sectores públicos consultan sus proyectos y sus emprendimientos con sus universidades. Aquí a las universidades las asfixian porque el conocimiento ciertamente los ofende.

Pero a mí este país se me parece a una película de Frank Capra. Un terrible drama y una incesante desgracia durante 89 minutos, pero en el último minuto, ayyy y el último minutoooo, como diría Lázaro papaíto Candal. Llega el final feliz. La casa que vence las sombras no será una excepción. Esta oscurana pasará. Se cansa uno, como diría ese antiguo columnista de El Universal Omar Lares, pero rendirse nunquita, como lo escribe y lo siente este humilde servidor, sin que me quede nada por dentro, como vociferaba ese gran comentarista deportivo que era el gran Carlitos González.

Porque aquí no tener hambre es un verdadero lujo. Hasta eso hemos llegado.