De Minsk a Caracas: vidas humanas, extrañas armas, por Agustin Urreiztieta

¿Un misil cargado de mujeres embarazadas? ¿una bomba de niños lloriqueando de hambre? ¿un barrage de morteros cargados con familias muriendo a la intemperie, deambulando por las carreteras de Colombia y Bielorrusia?  Extrañas armas las de Lukashenko y Maduro.

Miles de niños, mujeres y hombres para desestabilizar al enemigo ¿Como se puede catalogar semejante ignominia y desdén por la dignidad humana? 

A lo largo de la historia, las migraciones han sido susceptibles de ser utilizadas como arma de guerra política y militar. Usualmente, esta manipulación estratégica de las migraciones apunta a objetivos coercitivos, cuando las migraciones se utilizan como instrumento de política exterior para fomentar cambios y obtener concesiones por parte de otros estados, o tiene el objetivo de desposeer, expulsando a grupos específicos para apropiarse de territorios o consolidar el poder, o por razones económicas, buscando ganancias.

Esta es una fiel descripción de lo que está sucediendo en la frontera entre Polonia y Bielorrusia y del horror que vivimos los venezolanos en la frontera entre Venezuela y Colombia y otros países de la región. Miles de migrantes, principalmente del Medio Oriente en el caso bielorruso y millones de compatriotas en el caso venezolano, son conducidos por las fuerzas del régimen dictatorial en Minsk o empujados al exilio intencionalmente por el drama orquestado desde Caracas por el chavomadurismo. 

Para el dictador Lukashenko, se trata de chantajear a los europeos para obtener el levantamiento de las sanciones impuestas a su régimen, o incluso castigarlos por acoger a sus propios disidentes. Al mismo tiempo, Vladimir Putin saca provecho y se coloca como apaciguador y árbitro. Como fino observador, percibe las contradicciones y las debilidades de la Unión Europea. Todo un entramado geopolítico.

El espanto bielorruso es lamentable, sin embargo, el caso de Venezuela y su dictador ocupan toda nuestra atención. La migración masiva de venezolanos hacia Colombia y otros países, reviste visos de política interior y exterior. Dentro del país, se trata de un modo eficiente para consolidar su poder, deshacerse de opositores, desposeerlos y finalmente callarlos al menor costo. No tiene que asumir las incomodidades de encerrarlos, o inhabilitarlos, o desaparecerlos. Por lo mínimo, descuenta millones de votos opositores en sus farsas electorales y disfruta de su ausencia en las protestas callejeras. 

Como beneficio adicional, la manipulación migratoria venezolana es un arma de política exterior que tiene en la mira al gobierno colombiano. Por venganza, por ejercer presión, por chantaje, por saboteo o, incluso como elemento táctico a ser incluido en negociaciones buscando ganar tiempo o el levantamiento de sanciones. En el manual dictatorial de Maduro todo cabe, todo vale. 

En la lógica chavista la venganza se impone. Desde el inicio de nuestra tragedia nacional en 1998, el gobierno de Andrés Pastrana, pasando por Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, hasta llegar hoy al presidente Ivan Duque, Colombia ha defendido sus principios republicanos y ha plantado cara al chavomadurismo. Con determinación, con convicción, con compasión por el pueblo venezolano y al mismo tiempo consciente de sus responsabilidades nacionales e internacionales.     

Es así como, ni bien comienza el descalabro venezolano, el chavomadurismo se las ingenia para desestabilizar a Colombia, subvertir el orden y sembrar el caos. De ingeniosas maneras y, entre ellas, al asociarse con las FARC, creando santuarios guerrilleros en territorio venezolano y protegiendo a sus líderes. Asimismo, promueve el contubernio narcotraficante entre el estado venezolano y bandas colombianas (sin contar con las de otros países), sabotea el proceso de paz impulsado por el presidente Santos, cierra la frontera y destruye el comercio entre los dos países. Igual no pueden ser olvidados el apoyo y financiamiento brindado a candidatos disruptivos de su democracia y a los movimientos anárquicos que avivaron las llamas de las protestas sociales por la reforma fiscal. El arsenal de fracturas impulsado desde los gobiernos chavomaduristas es amplio y diverso.  

No obstante, al arsenal de horrores le faltaba otra arma. La manipulación de seres humanos. Evidentemente, un millón de compatriotas en Colombia a todo lo largo y ancho del país, ejerce una gravísima presión sobre los servicios sociales, atentando en contra de la paz social al soplar sobre el brasero de la intolerancia, la discriminación y la inequidad. Se apuesta a la división, a la discriminación, al odio basado en el origen. El funesto paraíso de Maduro y sus secuaces.

Claramente, el régimen de Maduro descubrió esas extrañas armas, las bombas bebés, los misiles mujeres, la metralla de hombres cansados y las profundas y destructivas consecuencias para Colombia y el continente. 

Así, manipula el sufrimiento humano en forma de millones de venezolanos en las carreteras colombianas y por carambola en otros países y gobiernos que considera enemigos. Entre Maicao, Riohacha o Cúcuta hasta Cali, hay aproximadamente 1261 km. Hasta Chile, unos lejanos 5000 km. Distancia de tensiones, de persecución, del drama de un pueblo en busca de futuro. 

¿Qué tienen en común Lukashenko y Maduro? Además de la utilización de esta espantosa arma, su talante dictatorial y su absoluto desconocimiento de la dignidad humana y el dolor. 

Sin embargo, ellos no son los creadores de este horror, más bien son los verdugos de turno. Recordemos al cruel Fidel Castro en 1980, quien lanzó desde el puerto de Mariel, sus “torpedos” cargados con 135.000 cubanos desesperados por huir de la isla, incluyendo entre ellos, a presidiarios, convictos, delincuentes de todo orden, vaciando parte de sus cárceles y manicomios. Asimismo, Saddam Hussein con los kurdos o los escudos humanos para evitar bombardeos, o Muamar Gadafi al convertirse en el árbitro de los corredores migratorios del África subsahariana y el Magreb apuntando saltar el Mediterráneo. Dudoso elenco histórico donde, a partir de ahora, Maduro y Lukashenko son ejemplos lamentables. 

Hoy, mientras leemos estas líneas, familias enteras cruzan la frontera hacia Colombia y emprenden el camino en busca de mejor vida.

Vidas humanas, una muy extraña y cruel arma.