Don Víctor, la dramática historia del hombre que luchó en vida para morir dignamente

Don Víctor, la dramática historia del hombre que luchó en vida para morir dignamente

Víctor, de 60 años, había sufrido dos accidentes cerebrovasculares y una enfermedad respiratoria crónica. – Foto: jamir quiñones

 

El día antes de morir, Víctor Escobar se levantó como pudo de su cama y caminó más de diez pasos desde su cuarto a la sala. Arrastró los cables de oxígeno que siempre lo acompañaron y, como pudo, se tiró en el mueble principal, lanzó un suspiro de esos que vacían el alma, y murmuró una palabras, que repitió con más fuerza segundos después cuando recuperó el aliento: “Ni muerto me pierdo esta sopa de mariscos”, dijo.

Por semana.com





Su esposa, Diana Nieto, le acondicionó un espacio para que pudiera comer solo. Víctor agarró el plato con la poca movilidad que aún tenía en la mano derecha y dispuso la cuchara en la mano izquierda. El esfuerzo en cada bocado era evidente, pero nadie dijo nada. El hombre, de 60 años, que moriría 24 horas después, se había ganado el privilegio de darles rienda suelta a sus caprichos en el último día de su vida.

Víctor Escobar nació en Cali. Fue el cuarto de 13 hermanos, siempre desprendido de las cosas que amarran a la vida: desde muy pequeño se fue de la ciudad en búsqueda de la fortuna que sus padres no le podían brindar por la pobreza extrema en que vivían. Probó suerte como jardinero en haciendas de La Guajira y Venezuela, luego regresó al país y decidió que su futuro estaría en el camino.

Aprendió a conducir y rápidamente encontró trabajo como camionero. Dijo que recorrió el país de sur a norte y de este a oeste, hasta que a mediados de 2000 sufrió su primer accidente cerebrovascular (ACV), que le dejó paralizado gran parte de su cuerpo.

Ya para entonces tenía tres hijos: Esneider, Sirley y Arley Escobar. El último de ellos nació en 2002 y no alcanzó a ver a su papá en la plenitud de su condición física. “Cuando me estaba recuperando del primer ACV y sentía que las cosas mejoraban, me dio un segundo ACV”, explicó Víctor, mientras terminaba la sopa de mariscos que le llevó una vecina para celebrar su vida –y su muerte–.

“Qué cosa tan deliciosa”, dijo. Luego siguió con el repaso de su vida: “El segundo ACV me dejó con toda la parte izquierda del cuerpo paralizada. Ahí no contemplaba morirme, yo quería seguir adelante. Tenía la ilusión de que las cosas estarían mejor”.

Pero no fue así. Tiempo después, sufrió una enfermedad de obstrucción pulmonar crónica (epoc), que lo condenó a vivir conectado todo el tiempo a aparatos respiratorios, a dolores inaguantables, dificultad para hablar con fluidez y hasta para reír. Varias veces, cuadros severos de tos le desgarraban los pulmones y el resultado eran hemorragias de sangre que solo se podían controlar con paciencia y llanto.

“Hace dos años decidí que no quería seguir viviendo así, que quería descansar y dejar descansar a las personas que están pendientes de mí”, contó Víctor.

Diana apareció en su vida justo después del segundo ACV en el año 2008. El amor los sorprendió de la manera menos pensada. Desde ese momento, ella se convirtió en su ángel guardián: lo acompañaba a las citas médicas, manejaba la agenda y horarios de cada droga, se levantaba angustiada en aquellas madrugadas cuando creían que por fin la muerte había tocado a la puerta. “Es mi compañera de mil batallas”, sonrió Víctor. En este punto ya no ahorraba esfuerzos, reía a carcajadas, porque sabía que el tiempo ya no era su enemigo.

Durante dos años le negaron varias veces el proceso de eutanasia, pues no era considerado un paciente terminal. Las juntas médicas concluían que, a pesar de su sufrimiento prolongado, podía vivir así. Desde las redes sociales clamó por una muerte digna hasta que su caso llegó a manos del joven abogado Luis Carlos Giraldo, quien venía de representar a varios pacientes con cáncer.

“Lo primero que hicimos en esta nueva tutela fue demostrarle al juez que las condiciones de vida de Víctor eran realmente desfavorables”, le contó a SEMANA Giraldo. A mediados de septiembre, un juzgado de Cali ordenó el acompañamiento en el proceso de eutanasia de Víctor. El primer intento falló por impedimentos legales presentados por la EPS, pero en la recusación fue ratificada la decisión del juez: Víctor se moriría el viernes 7 de enero a las siete de la noche.

“Entonces, ¿te morís mañana, pues, Víctor? ¿Qué se siente?”, le preguntó el abogado Giraldo, en medio del calor después del almuerzo en su último día de vida. “El saber el día y la hora del fallecimiento de uno es una bendición, me siento tranquilo, en paz con Dios y mi familia. Todo se mueve a la voluntad de Dios y gracias a Él me aprobaron este procedimiento”, respondió Víctor.

Luego hizo una pausa y rectificó: “Gracias a Dios y a usted que fue un ángel de la guarda”. Aquella tarde del jueves 6 de enero de 2021 en el apartamento 101 de la unidad Portal del Parque, en el barrio Mojica, oriente de Cali, solo hubo risas y anécdotas.

Víctor no quiso dejar pasar por alto ningún detalle de su vida: hizo un relato extenso de lo que fue su existencia y finalizó con el pedido de su última voluntad. “Estoy con todos mis ánimos adelante al saber que vamos a terminar con un padecimiento y un sufrimiento de cuatro años”, dijo.

Su muerte es histórica para Colombia y América Latina por ser el primer ciudadano colombiano al acceder a la eutanasia sin ser paciente terminal. Su fama trascendió fronteras: “Me han entrevistado medios hasta de Estados Unidos. Han sido muchísimos. Soy importante”, se ufanó Víctor. ¿Si este no era el momento de hacer bromas, entonces cuándo?

Con la convicción de que aún sus palabras se escuchaban fuerte, alzó la voz para que su esposa lo escuchara hasta la cocina: “Mi última voluntad es que mi esposa y mis hijos estén al lado mío cuando sea el momento. Yo he querido que mi familia no se sienta tan triste. Espero que todo ese apoyo que ellos me han brindado lo transformen en una despedida de mucho calor, abrazo. Una despedida como si me fuera de viaje”.

Lazos de amor

“Es más fácil soportar la muerte sin pensar en ella, que soportar el pensamiento de la muerte”: Blaise Pascal.

A Diana Nieto le atormentaba pensar en la muerte. No en su día final, sino en el de Víctor, su compañero por más de 12 años. En el último día de la vida del amor de su vida, quiso mantenerse al margen de la situación: ocupaba el tiempo en trastes de la cocina o en querer agarrar los recuerdos de las fotografías de ambos, pegadas en la pared. A Diana le pesaba la existencia y era muy difícil disimularlo. “Estoy contenta porque lo logramos, pero claro que me hará muchísima falta”, dijo. Las palabras eran ahogadas por la fuerza de querer contener las lágrimas. Ella sabe que la decisión que Víctor tomó es lo mejor, aunque, a veces, aceptar lo mejor es también cargar con una agonía interna. Los lazos de amor son indescifrables.

Diana no es la única que sufría la partida en silencio. Luis Carlos, el abogado, también vivía su viacrucis. Hace poco más de un año, llegó a Víctor porque varias personas lo etiquetaron en redes sociales. Supo, cuando conoció el caso, que no se trataría de una simple relación de cliente-profesional.

“Cuando veo a Víctor, tengo un lapsus y me devuelvo cinco años atrás. Yo tuve la misma vivencia con mi abuelo, quien fue paciente de cáncer de pulmones en fase terminal. No accedió a la eutanasia porque en ese tiempo no tenía el conocimiento, pero sí accedió a un tema de cuidado paliativo donde sedan al paciente y lo mantienen así hasta que fallece, lo cual al final termina siendo una eutanasia, solo que prolonga la agonía”, señaló.

Este caso, aseguró, le dio un vuelco a su carrera. Ya no quiere trabajar más en el sector salud. “No han sido días fáciles. Estar parado acá tirándole chistes a él para que esté fortalecido, contener las ganas de llorar. Muchas veces, cuando salgo de acá, me voy vuelto nada. Estoy en tratamiento psicológico, porque no es fácil esta situación”.

Finalmente, el proceso de eutanasia de Víctor se cumplió según lo pronosticado: a las siete de la noche del 7 de enero dejó de respirar. Ese día no quiso ver a nadie, quería dedicarles sus últimas horas a sus ángeles de la guarda y a su familia. “Chao, me voy. Me voy en paz con Dios y muy tranquilo. Ahí les dejo ese problema con las elecciones de mayo”, sonrió en sus últimas palabras antes de levantar vuelo del sofá y arrastrar de nuevo los cables de oxígeno hasta su cuarto. El estruendo del cierre de la puerta anunció el final. Chao, Víctor.