Gustavo Coronel: Los caramelos de miel de las Mendiri me hicieron geólogo

Gustavo Coronel: Los caramelos de miel de las Mendiri me hicieron geólogo

Gustavo Coronel

¿Por qué se es geólogo, o médico, o sacerdote? Somos muchos quienes debemos nuestra profesión de toda la vida a algún episodio totalmente fortuito, en apariencia totalmente desconectado de sus resultados. En mi caso ello sucedió porque una fría y nublada mañana de 1950 me dirigí a la casa de las hermanas Mendiri, en la zona de Los Teques llamada El Llano, a comprar unos caramelitos de miel. Las hermanas Mendiri, creo que tres, ya eran de edad avanzada o, al menos, así lo veía yo desde mis 16 años. Vivían cerca de la estación del ferrocarril el cual partía desde Caño Amarillo, en Caracas, pasaba por Los Teques y seguía viaje por las montañas de Miranda y los valles de Aragua y Carabobo, hasta llegar a Valencia. Mi pueblo de Los Teques era de bellos cielos, frondosos árboles, calles empinadas, bellas muchachas, poetas y de bastante gente rara pero inofensiva que incluía a mujeres barbudas, rascabucheadores y aficionados al toreo. Yo andaba enamorado de Myriam.

Iba yo, repito, a comprar mis caramelos de miel preferidos. Las hermanas Mendiri tenían una colección de moldes heredados de quien sabe quién, quizás desde la época de la Colonia, los cuales utilizaban para elaborar unos deliciosos caramelitos de las más diversas formas zoológicas: caballos, monos, camellos, jirafas, elefantes. Mis preferidos eran los caramelos en forma de camello y, en especial, las jorobas me parecían de sabor extraordinario. De nada valía que todos los animales tuviesen exactamente el mismo ingrediente secreto de las Mendiri. Cada cliente creía firmemente que su animal preferido era el de especia, mejor sabor.

Había llegado, pues, a la casa de las Mendiri a buscar mis camellos, y encontré dos clientes por delante, cada uno esperando su animal preferido. Uno de los clientes era un muchacho alto y fornido, con un vozarrón desmesurado y una carcajada perenne, quien parecía disfrutar de la espera casi tanto como de la expectativa de sus caramelos. Entablé conversación con él, se llamaba Francisco Moreno, pero – me dijo – todos sus amigos le decían Pancho.

En el tiempo que tardaron mis camellos en estar listos Pancho me comunicó que estudiaba geología, la ciencia de la tierra. Me dijo que los geólogos podían averiguar lo que había sucedido en el planeta Tierra hace millones de años mediante el estudio de las rocas, su posición en la naturaleza y los elementos de las cuales estaban hechas. Y, eso sí, había que caminar, había que estar en íntimo contacto con la naturaleza para descifrar el mensaje de las rocas. Me dijo, con aire de misterio: “Los geólogos solo podemos ver lo pequeño, pero tenemos que imaginarnos lo grande” (esto, supe después, no era original de Pancho, sino una cita de un geólogo suizo llamado Hans Cloos). Me sonó memorable, eso de ir de lo pequeño a lo grande.

Pancho y yo salimos de la casa de las Mendiri y seguimos conversando. Me dijo que al día siguiente iría por la carretera de Los Teques hasta Las Tejerías, examinando las rocas de la zona y me invitó a acompañarlo. Agregó que para ser geólogo tendría que caminar mucho, algo que a mí me gustaba hacer.

Y así fue. Salimos de Los Teques en un autobús de la ARC, el cual nos llevó al lugar más alto de la carretera, donde comienza el descenso hacia Las Tejerías, unos 10 kilómetros en los cuales abundan los cortes hechos en las rocas durante su construcción. Pancho me dijo que estos eran “afloramientos”. Estos “afloramientos” eran de rocas que brillaban al sol. Pancho arrancó un trozo con su martillo de geólogo y me lo dio y me preguntó que veía. Yo le dije que veía una roca que brillaba.

Y Pancho me dijo: “Estudiando esta roca es posible imaginar que ha sucedido en esta región hace millones de años. Hay tres tipos principales de rocas: las ígneas, que se forman a partir del líquido incandescente que existe en el interior de la tierra, el magma; las sedimentarias que se forman cuando las partículas que arrastran los ríos se van depositando y consolidando en el mar y lagos y las metamórficas, que son el resultado de grandes cataclismos, altas presiones y temperaturas, que cambian los dos primeros tipos en este tercer tipo. Esta roca que vemos aquí es metamórfica, es llamada esquisto y proviene de las lutitas sedimentarias, pero, como ves, tiene venas blancas de cuarzo y venas verdes de “serpentinita”, las cuales indican que fueron sujetas posteriormente a actividad ígnea. Entonces, parecería que esta región estuvo sometida a la acción de los ríos depositando partículas en el mar que la cubría y fue luego objeto de un cataclismo, un levantamiento que promovió la acción de magmas subidos del subsuelo y sometió las rocas a levantamientos, formando montañas y transformando las rocas sedimentarias en los esquistos que vemos ahora”.

Después de ese discurso que apenas logré comprender en su sentido más amplio me agregó: “Un médico y naturalista escocés, James Hutton, dijo hace años que “el presente nos ofrece la clave del pasado”. Esa la máxima fundamental de la geología. Los estudios que se han llevado a cabo en esta zona de la cordillera de la costa apuntan a una edad cretácica para estas rocas, es decir, depositadas hace unos 70 millones de años.

“Y, ¿como se determina la edad?”, le pregunté. Y me respondió: “porque en las zonas donde estas rocas no están metamorfoseadas (por ejemplo, en los Andes) se puede ver que contienen fósiles de animales marinos llamados amonitas, las cuales se han determinado de esa edad en base a lo que en geología se llama la ley de la superposición, es decir, las rocas más viejas se encuentran por debajo de las rocas más jóvenes”.

Yo me quedé en silencio porque esta primera aproximación era demasiado compleja para mi entendimiento. Pero si me abrió una ventana a la zona límbica de mi cerebro, esa ventana de la emoción de la cual hablaba en mi viaje anterior, ver: http://lasarmasdecoronel.blogspot.com/2022/01/antonio-pasquali-mensajero-de-la-emocion.html

Durante las horas en las cuales caminamos juntos viendo rocas, cada una con minerales e historias ligeramente diferentes, pude intuir que la naturaleza, aún la inanimada, era como un inmenso libro abierto para el disfrute de quien pudiera aprender a leerlo. Lo que Pancho me mostró ese día fue apenas el ABC de ese nuevo y maravilloso lenguaje.

De esa caminata a Las Tejerías regresé a Los Teques decidido a ser geólogo, decidido a tratar de descifrar el pasado y, en base a ese estudio, avizorar el posible futuro de nuestro bello planeta, mediante el estudio de las rocas y de sus contenidos fósiles, los animales y las plantas que vivieron hace millones de años y cuyos restos convertidos en hoy en roca nos hablan hoy de su pasado y nos permiten imaginar su posible destino.

Ser geólogo es una labor detectivesca del ser humano, ese relativamente pequeño y recién llegado al planeta que se empina para tratar de escudriñar los grandes misterios del universo. Esa labor geológica, orientada en mi caso a la búsqueda del petróleo, tuvo la virtud de mantenerme cercano a la naturaleza y a la gente sencilla de Venezuela y de otros países. Ello me enseñó que todos los humanos tenemos los mismos temores y los mismos sueños y casi siempre respondemos con bondad a la bondad.

Como los caramelos de las Mendiri, los seres humanos tienen formas diferentes, pero comparten el mismo sabor.

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