Hong Kong, atrincherada en su batalla contra ómicron

EFE/EPA/JEROME FAVRE

 

 

 

 

Hong Kong ha vuelto al casillero de salida en su batalla por mantener la ciudad libre de coronavirus con más de 5.000 contagiados esta semana y fuertes restricciones que emulan a las de China continental, algo que amenaza su economía y su estatus de centro financiero internacional.

Las autoridades de la urbe aseveraron esta semana que la política sanitaria hongkonesa es de “tolerancia cero” contra la covid, es decir, la misma que aplica Pekín y que implica medidas drásticas como confinamientos selectivos, campañas de test masivos y el cierre de fronteras para evitar nuevos casos importados del exterior.

En Hong Kong, el reciente avance de la variante ómicron ha provocado que se tomen nuevas restricciones en esa dirección que incluso llegan a los espacios privados, donde sólo se pueden juntar ahora un máximo de dos familias.

Las mascarillas son obligatorias en el exterior, al igual que hacerse el test en lugares designados si así lo exigen las autoridades sanitarias, y quienes no cumplan con las medidas deben pagar multas de hasta 10.000 dólares hongkoneses (1.283 dólares, 1.123 euros) en lugar de los 5.000 dólares hongkoneses que se abonaban hasta ahora (641,58 dólares, 561,6 euros).

También se impondrá desde finales de este mes un pasaporte de vacunación -hasta ahora se ha vacunado el 73 % de la población con dos dosis- que impedirá a los no inoculados acceder a centros comerciales, supermercados, grandes almacenes y salones de belleza, entre otros.

NUEVOS FALLECIMIENTOS

Que otros países estén apostando por convivir con el virus y adopten medidas más laxas no alterará la hoja de ruta de los funcionarios hongkoneses, que ven cómo la última oleada de ómicron está colapsando la capacidad de los hospitales y de los centros en los que los contactos cercanos deben hacer cuarentena.

Esta semana se registraron cinco fallecimientos en Hong Kong, los primeros en más de seis meses, mientras se realizan test a cientos de residentes en un intento de detectar las fuentes de infección y impedir una propagación aún mayor de la variante, más contagiosa que sus predecesoras.

Asimismo, los restaurantes deben cerrar ahora a las seis de la tarde, mientras que gimnasios, escuelas o guarderías tampoco abren, y la mayoría de los habitantes de la ciudad trabajan ya desde casa.

“Para ganar una guerra a largo plazo necesitas estrategia y planificación. La política de ‘cero infecciones’ no va acompañada de medidas realistas que puedan atender nuestras necesidades a largo plazo. Creo que se está ignorando el hecho de que en el resto del mundo el virus se empieza a ver como endémico”, lamenta a Efe Susan White, médico de cabecera de una clínica local.

AMENAZA DE CONFINAMIENTO

Otro problema que afronta ahora la excolonia británica es el de las hospitalizaciones, dado que se ingresa a cada positivo independientemente de los síntomas que tenga, y tan solo hay 5.000 camas disponibles en toda la ciudad.

“Tenemos a un miembro de la familia que ha dado positivo, pero no hemos avisado porque no queremos que nos encierren y nos separen de nuestros hijos. Hay gente que pasa hasta 40 días hospitalizada, y solo tienen síntomas leves. Tenemos terror”, comenta Pete Rose, un empresario australiano.

Pero quienes se quejan de las medidas podrían tener que afrontar un escenario aún peor, dado que el asesor de salud pública del Gobierno sugirió recientemente que lo mejor sería confinar a toda la ciudad para atajar el actual brote.

“Si no hacemos nada, habrá decenas de miles de positivos en un mes y las muertes diarias superarán la veintena”, advirtió por su parte el decano de la facultad de medicina de la Universidad de Hong Kong, Gabriel Leung, a la prensa local.

Las medidas están provocando una creciente frustración entre residentes locales, expatriados y empresarios para con el Gobierno, al que acusan de llevar a cabo políticas “inútiles” con el objetivo de apaciguar los ánimos del Partido Comunista Chino (PCCh), implacable en su estrategia de “cero covid”.

“Esta situación es insostenible. Mi marido, como tantos otros pilotos, perdió su trabajo. Nos quedamos con algunos ahorros para que nuestros hijos pudieran terminar el curso, pero ahora han puesto la educación en línea. Tenemos que pagar un alquiler de 5.000 euros por un piso de 80 metros cuadrados, y otros 2.000 de escolarización. Nos sentimos encarcelados y la presión psicológica es inaguantable”, se queja Mónica Torres, peruana que vive en Hong Kong desde hace cinco años.

Mientras, en Pekín siguen de cerca la situación, y sus autoridades anunciaron hoy que funcionarios y expertos sanitarios chinos se reunirán con sus homólogos hongkoneses este fin de semana para evaluar los daños y decidir si envían personal o equipos médicos a la ciudad.

EFE