Guido Sosola: El 27-F del tiempo que corre

Guido Sosola: El 27-F del tiempo que corre

Guido Sosola @SosolaGuido

Las cosas no estaban bien al comenzar 1989, pero tampoco era el infierno tan hábilmente pintado por entonces. Es necesario y hasta urgente, en términos socio-económicos, hacer una comparación entre aquélla época y la actual: las cifras, ahora traspapeladas en las redes, pendientes las ocultas, revelarán el amargo y abismal retroceso que hemos experimentado.

A las nuevas generaciones no les puede dar flojera investigar al respecto, engatusadas por el régimen que hizo del 27 de febrero su talismán. Una versión interesada y facilona, distorsionada y pertinaz, dice haberlo legitimado eternamente.

Se veía venir aquella tragedia, como le refería Pedro León Zapata a Coromotico en la edición de El Nacional del primero de marzo del citado año. Fue la secuencia lógica de una narrativa que inundó todos los rincones de la sociedad, intentando Pérez un viraje que las otrora clases partidistas no asumieron, embochinchadas por sus privilegios, mientras que una muy minoritaria medraba a la espera de un juego de armas, y los ministros políticamente incompetentes, por doctos que fuesen en materia económica, tampoco supieron calibrar con suficiencia.





Todavía no existen las pruebas irrefutables, pero tenemos la convicción de unos acontecimientos planificados, o que, en todo caso, prendiendo las protestas por el alza de Bs. 0, 25 de la gasolina que no se había materializado, fueron catalizadores de aquellos propósitos previos que le restan toda la espontaneidad que se ha deseado para la fecha. Nadie desconoce que los eventos estuvieron circunscritos a la región capital, o que pudieron explotar en una posterior ocasión para acabar con la inmensa burbuja que la campaña presidencial adeca creó tan irresponsablemente, en 1988, pero no se diga de la más absoluta inocencia que los febreristas y novembristas de 1992, simplemente, desmintieron.

Si fuese el caso, podemos asegurar que nuestro caracazo de todos estos años, real y evidente, tuvo una particular y masiva respuesta represiva: sacar a más de siete millones de venezolanos de su país, víctimas de penurias y – en no pocos casos – de una escalofriante xenofobia. Quizá porque la llamamos diáspora, amable eufemismo que transmite un poco la distraída intención de buscar nuevos derroteros con algo de cómoda evasión, no sentimos o decimos no sentir todo el morbo y la crueldad del exilio forzado al que los narradores y poetas aún no le llegan.