El origen de los meses del año, los días de la semana y las estaciones

El origen de los meses del año, los días de la semana y las estaciones

El lunes se llama así por la Luna, que recibe su nombre de un vocablo que significaba iluminar. FOTO: Jáiver Nieto. EL TIEMPO

 

Hoy volvemos a estar juntos, y después de saludarlos cariñosamente, aprovecho para proponerles que empecemos esta charla periodística con una inquietud muy sencilla pero bien interesante: ¿por qué los meses del año se llaman así? ¿Y los días de la semana?

Por eltiempo.com





Me imagino que ustedes se habrán preguntado alguna vez quién sería la persona que les puso esos nombres y qué motivos tuvo para hacerlo. Yo también me he planteado esa inquietud y una adicional que me ha zumbado en la oreja y me ha dado vueltas en la cabeza a lo largo de toda la vida. Es esta: ¿por qué los últimos cuatro meses del año terminan todos en bre?

Y ya que andamos en esas, y que acabamos de meternos en camisa de once varas, díganme una cosa: ¿quién le puso verano al verano y sus nombres a las otras estaciones del año? ¿Eso de dónde salió?

Empecemos por el principio, para ponerle orden al asunto. La palabra día proviene del latín dies, que en sus orígenes significaba fecha. En esas andaban cuando los sabios de la antigua Roma decidieron que había llegado la hora de hacerle un bautizo a cada día de la semana.

Por aquel entonces, la gente empezó a decir, con asombro, que de noche se veían unos misteriosos cometas brillantes que daban vueltas en el cielo. Entonces, los astrónomos resolvieron rescatar una antigua tradición que ya no se usaba, y que venía de la cultura de la vieja Mesopotamia, y le pusieron a cada día de la semana el nombre de los planetas, los satélites y los astros celestiales.

El brillo de la luna

Lo primero que hicieron fue agrupar los días en un número concreto e invariable, siete, que en el latín antiguo se decía septimanaDe ahí proviene, precisamente, la palabra semana con sus siete días.

Bueno. Sigamos adelante y en orden. Los nombres de los días, desde el lunes hasta el sábado, provienen de seis objetos que la gente veía moverse en el cielo, en la época gloriosa del Imperio Romano, cuyas tradiciones culturales y religiosas los llevaron a establecer un vínculo entre los dioses de su veneración y el cielo que cubre la noche. Era una mezcla poética entre la cultura y la mitología. El domingo, por su parte, tiene un origen cristiano. Ya veremos cómo fue la cosa.

Pues bien: como ustedes saben, el primer día de la semana es el lunes. Se llama así en homenaje a la Luna. Y la Luna, a su vez, recibe ese nombre cargado de luz que procede de un vocablo que usaban los latinos: es una contracción o abreviatura de la palabra lucina, que significaba “iluminar”.

La guerra del comercio

Entre aquellos mismos pobladores del Imperio romano, Marte era el dios de la guerra. Entonces le pusieron martes al segundo día de la semana porque querían rendir un homenaje al dios Marte, el dios de la guerra que los protegía en los incontables combates que libraban cada día en los cuatro costados del mundo conocido de aquel entonces.

Imagínense ustedes que, hace dos mil años, la extensión de aquel imperio era ya de cinco millones de kilómetros y tenía 88 millones de habitantes. Cubría los territorios continentales de Europa, el norte de África y parte del oriente asiático.

Pero, además de andar de guerra en guerra, también se dedicaron al comercio en todos sus dominios. Por eso fue que, al tercer día de la semana, lo bautizaron mercurii, en homenaje a su dios Mercurio, que también tenía un planeta dedicado a él, y era la divinidad que protegía no solo a los comerciantes, sino también a los viajeros.

La luz del día y de la noche

Y así, de día en día, llegamos al cuarto de ellos, que es el jueves. Resulta que Jovis, conocido hoy como Júpiter, era el soberano celestial de la luz que ilumina el día, el protector de la claridad y del resplandor, y que, como los anteriores, también tiene un planeta con su nombre propio.

Por fin llegamos al viernes, que, según las costumbres actuales, es entre nosotros el día de la parrandita que anticipa el fin de semana, la noche de echar una bailada, la fecha del amor y el goce.

Pues, entonces, no es una casualidad, sino una astucia concebida por el destino, que el viernes, entre todos los días de la semana, sea el único dedicado a una mujer y no a un dios masculino, como todos los otros. Viernes, que antiguamente se decía veneris, es un homenaje a la diosa Venus, hermosa y seductora, que era la protectora de los huertos y las fruticas para el desayuno de los romanos. Fue mucho después, faltando apenas doscientos años para el nacimiento de Cristo, cuando la convirtieron en diosa del amor y la pasión. Y, además, ella también tiene un planeta dedicado a su nombre.

El devorador de hijos

Este nombre que viene, sábado, es un homenaje bien curioso porque se trata del día de Saturno, que es un personaje tenebroso. Cuenta la historia que Saturno era un dios romano que heredó la divinidad y el poder de su hermano, el poderoso dios Titán. La verdad es que no se trataba de un solo Titán, sino de doce, y que aparecían tanto en la mitología romana como en la griega.

Lo insólito es que, cuando le entregó su trono, Titán le puso a Saturno una condición espantosa: que no podía tener hijos y, si llegaba a tenerlos, debía devorárselos de inmediato, él mismo, para evitar que lo derrocaran de su trono. Cómo les parece semejante atrocidad.

Pues eso fue, exactamente, lo que pasó: Saturno tuvo varios hijos y se vio obligado a comérselos. Hasta que su mujer, ingeniosa y amorosa como todas las madres, buscó la forma de esconder a los tres últimos y les salvó la vida.

De Saturno, precisamente, proviene el nombre del sábado, debido a que también tiene planeta propio.

Ajá, ¿y el domingo?

El único día de la semana que no proviene del paganismo, sino del cristianismo es el domingo. Es muy interesante saber a qué se debe esa curiosa excepción.

Resulta que el emperador romano Constantino era un adorador del dios Mitra, que era como se llamaba antiguamente el séptimo día. Mitra era el dios del Sol. Por eso, todavía hoy en algunos idiomas se le conoce al domingo como día del Sol. Basta con ver que en inglés, por ejemplo, se dice así, sunday.

Sin embargo, el propio emperador narraba que un día tuvo un sueño en el que vio en el cielo, dentro del sol, una cruz con una inscripción que decía: “Vence con esto”. Desde ese día Constantino se volvió cristiano fervoroso y decretó que el último día de la semana, el séptimo, ya no se llamaría más Mitra sino dominicus, que significa “el día del Señor”.

Ahora sí llegamos ya a los meses del año, en varios de los cuales se repite la misma historia que acabamos de leer sobre los días. Enero, por ejemplo, se llama así en homenaje al dios Jano o Januario, que era el patrono que protegía las puertas de cada hogar y los comienzos, por eso lo encontramos de primero en el calendario. Febrero, por su parte, era un homenaje a las februarias, las fiestas que cada año se dedicaban a los fieles difuntos.

¿De dónde salió el ‘bre’?

Algunos dioses tenían doble dedicatoria, como Marte, ya que, además del día martes, le adjudicaron también el mes de marzo.

En cambio, el nombre de abril es más poético, ya que aprelius era la estación del año en la cual se abren las flores y el campo se llena de frutos y de colores. Mayo, a su turno, estaba dedicado a la ninfa Maya, que aparecía en las leyendas de la mitología romana, griega y hasta de la India. Era la diosa de la primavera.

Junio fue dedicado a la diosa Juno, que era venerada por las mujeres casadas y, sobre todo, por las embarazadas. Julio, a su turno, y como es lógico suponerlo, fue un homenaje que le hicieron al emperador Julio César, el célebre político, gobernante y militar.

Y agosto, con el mismo sentido, es un tributo al emperador César Augusto, sobrino de Julio César, y en cuyo gobierno florecieron el arte y la cultura.

Ya sé que ahora se nos hace necesaria, entonces, una explicación: la del sufijo -bre, con el que terminan los últimos cuatro meses del año. Si septiembre es el noveno mes del año, ¿por qué tiene ese nombre que significa ‘séptimo’? ¿Y por qué pasa lo mismo con octubre, que significa octavo pero es el décimo, y con noviembre y diciembre, que actualmente son los meses once y doce?

De diez a doce meses

Lo que se ha podido establecer es que, en los primeros años del Imperio romano, el calendario era solo de diez meses. Por eso diciembre era el décimo y último.

Pero, en el afán de rendir homenaje a sus dos máximos líderes, crearon dos meses nuevos y les pusieron, como ya dijimos, los nombres de aquellos señores. Así fue como en el gobierno del emperador Numa Pompilio se agregaron julio y agosto, que antes no estaban.
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Y fue así como septiembre, que,como su nombre lo indica, venía siendo el número siete, quedó convertido desde entonces en el noveno. Octubre pasó del puesto ocho al diez; noviembre ya no era el nueve, sino el once, y a diciembre lo mandaron del diez al doce.

Sin embargo, después de unas ardientes y largas discusiones, los sabios de la corte resolvieron dejarles los mismos nombres aunque su posición en el calendario ya no fuera la misma.

Pero, para ponerle orden a semejante embrollo, fue el propio Julio César quien decretó que a partir de entonces enero fuera el primer mes del año.

Epílogo

¿Vieron que sí valía la pena detenerse en esa historia de los días, los meses y los años, llena de curiosidades, de sorpresas y de asombro?

Cuando empecé a escribir esta crónica, y tal como pueden verlo en su titular y en su comienzo, yo tenía la intención de cerrar con el origen de las estaciones del año. ¿De dónde vienen esos nombres tan bellos de verano, invierno, otoño y primavera? ¿Qué pasó con una quinta estación, llamada estío, que existió en la antigüedad pero desapareció en la época moderna? ¿Qué era ese estío y qué se hizo?
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Pero entre días y meses, que estaban muertos de hambre, se me comieron hoy todo el espacio que tenía disponible. De manera que en una próxima ocasión buscaremos la forma propicia para hablar de las estaciones.

Por ahora, solo me resta desearles, de todo corazón, que la primavera florezca en sus hogares y entre sus familias.