La primera canción de rock de la historia y las casualidades de un hit

Fue el primer éxito global del rock and roll, el rey sin corona, el músico que vivió a contramano de su época incluso luego de su muerte (National Jazz Archive/Heritage Images via Getty Images)

 

Rock Around The Clock es, para una línea de fanáticos e historiadores, la piedra angular del rock. La escribió el letrista Max Freedman y la compuso Jimmy Myers bajo su seudónimo Jimmy de Knight, hacia fines de 1952. A comienzos de la década del cincuenta, era difícil prever que esa canción la elevara al olimpo de la música un cantante al frente de una banda de country y western llamada Saddlemen. Pero la coyuntura era otra: el jazz, el country, el blues eran cosas del pasado. Había una nueva energía en el ambiente y había que canalizarla.

Por infobae.com

En los albores del fenómeno del rock, un astuto productor le propuso el cambio de nombre de la banda. Dejaron de ser los Saddlemen y pasaron a ser Bill Haley and his Comets, en una declaración testimonial del aprovechamiento de la coyuntura: el cometa Halley. En 1952, el año del lanzamiento del tema Rock Around The Clock, Haley grababa su primer éxito: Crazy man, crazy musicalizó un programa de televisión con James Dean y se convirtió en la primera canción de rock que ingresó al Top 20 de Billboard, la lista de los discos más vendidos en Estados Unidos.

Al año siguiente le propuso a su discográfica el “rock alrededor del reloj’’ escrita por Freedman y compuesta por Myers. No se la aceptaron, pero insistió. En 1954, elevó la sugerencia a otro sello, Decca, que le dijo que “sí pero con una condición”: que incluyera en el trabajo el tema Thirteen women and only one man in town. La canción que narraba la historia de catorce sobrevivientes de un holocausto nuclear era la cláusula que debía tolerar para que se cumplieran sus pretensiones.

El lunes 12 de abril de 1954 nació la primera canción de rock que llevó al género al mainstream de la música. “El éxito accidental más grande de la historia”, describió el periodista, escritor y pensador estadounidense Derek Thompson, autor del libro Creadores de hits, un ensayo en el que intenta descubrir la misteriosa razón de los éxitos musicales. Thompson hablaba de Rock Around The Clock y de la grabación de esa tarde de un lunes de abril de 1954.

La banda llegó a las tres de la tarde al estudio de grabación con dos horas de demora. La primera hora y media la dedicaron a ensayar la canción impuesta por la discográfica: grabaron seis Thirteen women and only one man in town porque los productores no quedaban satisfechos. A las cinco de la tarde tenían que dejar el estudio. Tenían solo media hora para grabar Rock Around The Clock. No había forma de que saliera bien esa prueba. La letra era corta, la voz de Haley no se escuchaba, el guitarrista Danny Cedrone tuvo que apelar a un solo extraído de otra canción (Rock The joint) para estirarla y robustecerla. Dividieron la voz del cantante del sonido de la banda, sincronizaron las dos grabaciones y lanzaron el sencillo en el lado B (el lado de “las sobras”) de Thirteen women and only one man in town, el 10 de mayo de 1954.

Tal lo previsto: la canción no fue un boom. Había sonado en la radio, se habían vendido algunas copias, logró renovar el contrato con el sello discográfico, pero nada grandilocuente que avizorara lo que pasaría un año después. Crazy man, crazy había vendido 750.000 ejemplares, diez veces más que Rock around the clock. Faltaba el golpe de gracia. Lo dio Peter Ford, un niño de nueve años. Él fue uno de sus compradores. Encontró, en el lado B de un disco que le parecía pésimo, una “buena canción con un gran ritmo de batería”. Pero tampoco era de sus preferidas. Pero la incluyó en un pedido que le hizo su padre, Gleen Ford, célebre actor de Hollywood. El director Richard Brooks necesitaba una canción que armonizara con su nueva película: Blackboard Jungle o, traducida en idioma cine, Semilla de Maldad.

La sociedad estadounidense estaba cambiando y las canciones, los libros y las películas empezaban a dar cuenta de ello. Semilla de Maldad fue una película clave para los adolescentes de posguerra: un veterano de la guerra de Corea que se convertía en docente de escuela pública e interactuaba con alumnos díscolos. La cinta, estrenada en marzo de 1955, incluyó la canción. Lo hizo al comienzo del film. La escena transcurre en la Nueva York de mediados de los ‘50 y muestra a un grupo de jóvenes irreverentes. Mascan chicle, beben del pico y piropean a las mujeres mientras bailan al ritmo desenfrenado del buen rock and roll. La música se impone al sonido del tren y persiste con fuerza, con el ímpetu de quien se propone romper todo. La película marcó la explosión definitiva del género al compás de Rock around the clock, un tema que llevaba un año de intrascendencia en la voz de Bill Haley, un joven de 29 años que terminó siendo rehén de su propia criatura.

La película, controvertida y prohibida en algunos estados, fue un éxito y catapultó a Bill Haley a lo más alto del firmamento rockero. Y si no hay acuerdo en los debates sobre cuál fue la primera canción de rock and roll, no caben dudas cuál fue el primer éxito. Rock around the clock alcanzó el número 1 en los rankings de Estados Unidos y se mantuvo en lo más alto durante ocho semanas. También fue top en Inglaterra y Alemania. Las ventas se multiplicaron por millones y llegaron las películas y las giras. Fue el primer artista de rock en presentarse en el show de Ed Sullivan, y en ver cómo las chicas se tiraban encima del auto con tal de tocarlo. Nacía el concepto de estrella de rock, pero nadie sabía bien de qué se trataba ni cómo manejarlo.

En menos de dos años todo cambiaría. La industria de la música estaba fijando sus propias reglas y quizás haya sido Bill quien pagara las consecuencias. La ola relojera trajo algunos éxitos más, pero venían pidiendo pista nuevos talentos, con otra seducción, otra energía y otro sex appeal, como Elvis Presley o Little Richard, quienes usurparon el trono que ostentaba Bill casi sin que pudiera disfrutarlo.

Las puertas en Estados Unidos eran cada vez más estrechas, y Bill empezó a abrir caminos por todo el planeta, donde su popularidad todavía estaba en alza. En 1958 aterrizó en Argentina y tuvo una buena dosis de haleymania. Una pequeña muestra de euforia adolescente lo recibió en Ezeiza y brilló en el Teatro Metropolitan donde dio 25 conciertos, hasta tres por día.

Bill vivió su ascenso, estrellato y ocaso junto a Barbara Cuppy Cupchak, una joven con quien tuvo cinco hijos hasta que se divorció a comienzos de los ’60.

Malas inversiones y una carrera musical en pausa lo movieron hacia México, libre de impuestos del fisco estadounidense y con una escena musical todavía virgen. Firmó contrato con una discográfica, perfiló su carrera hacia el twist y hasta se animó a cantar en español. Pero otra vez no pudo afianzarse. Su habitual despilfarro económico y su creciente adicción al alcohol conspiraron con su estadía en tierra azteca. Al menos, conoció a la que sería su última esposa, Martha Velasco, una bailarina del teatro lírico que lo acompañó hasta el final y con quien tuvo otros 3 hijos.

A armar las valijas y a empezar otra vez. Ya reinaban Los Beatles, que habían destronado al mismísimo Elvis. Los cuatro habían escuchado Rock around the clock en Liverpool y habían sido una gran influencia en sus comienzos, sobre todo en John Lennon, un gran admirador de los pioneros. Pero ahora era su momento. La beatlemanía era un fenómeno imparable. Y el rock and roll, tal como había nacido, era cosa del pasado. Lo bueno del asunto es que el formato revival le aportó trabajo, sobre todo en Europa.

“No importa lo malo que pueda estar saliendo un show, Rock around the clock nos hace salir adelante. Es mi pequeña pieza de oro”, declaró por entonces. A pesar de contar con un buen número de hits, esa canción iba a quedar siempre asociada a su nombre, a su jopo en la frente y a su traje a cuadros. Al origen del rock and roll, y también a la primera muestra de su ocaso.

Mientras tanto, el comportamiento de Bill se volvió cada vez más errático. Se obsesionó con la pesca y convenció a su mujer para que se mudaran a Veracruz, cerca de la playa. Abusó de su Lincoln Continental blanco, y se hizo habitué de las multas y las cárceles, por exceso de velocidad o ebriedad. Texas parecía la solución para volver a empezar, un regreso a las fuentes, un reencuentro con el adolescente que soñaba llevarse el mundo por delante. Pero había corrido demasiada agua bajo el puente.

Si no puedes contra tu enemigo, únete, dice un viejo adagio y eso hizo Bill en su batalla contra el olvido. En Texas pasaba días y horas en los bares. Un café negro, un whisky, no importaba demasiado el orden. Una gorra ocultando su jopo y unos lentes cubriendo su cara. Hasta que empezaba su número. Elegía un parroquiano al azar. Lo miraba. Buscaba la devolución. Se preguntaban con las miradas. ¿Sabes quién soy? ¿Realmente eres tú? Si había duda, mostraba la licencia de conducir. Y asunto resuelto.

Cuando bebía demasiado, y eso ocurría muchas veces, llamaba por teléfono a viejos amigos. Aquellos de los tiempos de gloria. Buscaba, quizás, hablar con su pasado. Escuchar el rugido de las multitudes. Volver el tiempo atrás.

Sus afectos ya habían descubierto los primeros signos de demencia e hicieron todo a su alcance para alejarlo del alcohol y los demonios. Era uno cuando estaba sobrio y otro muy distinto cuando bebía. Sus hijos pequeños lo notaban. Consiguieron ganar pequeñas batallas, pero la guerra estaba perdida de antemano. Su último gran concierto fue ante la Reina de Inglaterra, y la muestra definitiva de que todo estaba mal fue una gira por Sudáfrica. Una noche pasó el concierto entero divagando, ante el estupor del público.

Entre la locura y la depresión, Bill Haley murió a los 55 años el 9 de febrero de 1981 en su casa de Harlingen, Texas. Se llamaba William John Clifton Haley Jr. y había nacido el 6 de julio de 1925 en Michigan. A los 4 años, en una operación se le rompió un nervio óptico y quedó ciego del ojo izquierdo. Antes de mudarse a Pensilvania por los estragos causados por la Gran Depresión, ya había incorporado el gusto por la música. Su padre, Haley William Albert Haley, tocaba la mandolina y el banjo y su madre, Maude Green, el piano y órgano. Ambos lo incentivaron a tocar la guitarra y el country fue su primera escuela. A los 15 salía de gira y grababa discos, pero a los 20 ya estaba un poco frustrado y buscó nuevos horizontes. Los encontró. Había compuesto más de 100 canciones y grabado otras 500. Tocó para multitudes por todo el mundo, ganó millones y los despilfarró.

Fue el primer éxito global del rock and roll, el rey sin corona, el músico que vivió a contramano de su época incluso luego de su muerte.

En 1986 se inauguró el Salón de la Fama del Rock and Roll y entraron todos los pioneros. Elvis, Richard, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, James Brown, Fats Domino. No hubo lugar para Bill sino hasta un año más tarde. Sin embargo, ninguno de ellos tiene su nombre escrito en el cielo. Algo que puede presumir Bill desde febrero de 2006, cuando la Unión Astronómica Internacional anunció el nombramiento del asteroide 79896 Bill Haley para recordar el 25 aniversario de su muerte.