La historia del descuartizador del Hotel Comercio en Perú, un crimen lleno de estafas, “amistad” y peleas

La historia del descuartizador del Hotel Comercio en Perú, un crimen lleno de estafas, “amistad” y peleas

El descuartizador del Hotel Comercio fue el español Genaro Ortiz. Fotos: Pinceladas limeñas/El Comercio

 

 

 





El español Genaro Ortiz había tomado un martillo sin que su compañero de estafas, su compatriota Marcelino Domínguez, y con quien compartía la habitación 89 en el Hotel Comercio se diera cuenta, un 24 de junio de 1930. Marcelino había llegado ebrio después de ver un partido de fútbol en el Estadio Nacional. Habían discutido más temprano porque Genaro estaba cansado de prestarle dinero y que nunca se lo devolviera.

Por Infobae

Genaro le tiró un martillazo en la cabeza a un Marcelino que se tambaleó de un lado para otro. Ya con la ira encima, el ibérico siguió atacando a su compañero una y otra vez hasta matarlo. Cuando terminó, lo vio tirado en el piso, ensangrentado, y con la cabeza reventada. Allí decidió que no quería ir a prisión.

Limpió la habitación del hotel con toallas y ropa de la víctima, y luego hizo honor al que sería más adelante su nombre: usando sus pocos conocimiento de medicina, descuartizó a su excompañero, y ocultó todas sus partes en dos maletas; en una colocó el torso y los brazos y en la otra las extremidades inferiores y la cabeza.

Al día siguiente, Genaro se dirigió a la calle Conchán para conversar con Esther Buendía y, con la carisma que lo caracterizaba, logró que ella le alquile un cuarto. Regresó al Hotel Comercio, cargó las pesadas maletas y las dejó en la casa de los Buendía. Cerró el cuarto con candado, se despidió de la casera y dijo que ya regresaría, aunque nunca lo hizo porque se fugó a Guayaquil con un pasaporte chileno falso que llevaba el nombre de Juan Bautista Araya Guerrero.

Días después, el señor Buendía notó un olor putrefacto desde la habitación de inquilinos. Preocupado, llamó a la policía. Los inspectores rompieron el cerrojo y entraron a un oscuro y vacío cuarto con solo dos maletas que se estaban pudriendo. Abrieron los equipajes y se encontraron con el repugnante escenario. Era la primera vez en Lima que se veía un crimen de tal magnitud.

“¡Qué cosa tan horrible! ¡Qué espectáculo tan macabro! ¡Qué mal olor tan insoportable!”, dijeron los primeros testigos de este asesinato.

 

La casa de departamentos -en la actualidad- donde se encontraron las maletas con el cuerpo descuartizado de Marcelino Domínguez. Foto: Google Maps

 

Los periódicos hacían eco del homicidio en su jornada matinal. “Por fin tenemos en nuestro medio, uno de esos crímenes horripilantes que son moneda corriente en Londres, Nueva York, Berlín o Chicago”, escribió Clemente Palma, director de la Revista Variedades e hijo del recordado autor de las Tradiciones Peruanas, Ricardo Palma. Era la entrada al Perú de la crónica roja policial.

Los investigadores siguieron las pistas que los llevó hasta la habitación 89 del Hotel Comercio ubicado en la esquina de las calles Pescadería y Rastro de San Francisco (actualmente la cuadra 1 del jirón Carabaya, al lado del Palacio de Gobierno), pero allí solo encontraron pequeños rastros.

El cónsul chileno en Perú informó que el pasaporte con el nombre de Juan Bautista Araya Guerrero era falso; y el jefe de las investigaciones concluyó que era Ortiz el descuartizador del hotel, y que había fugado del Perú. La policía dio alerta internacional. El tiempo de libertad del descuartizador del Hotel Comercio se acababa.

 

El español Genaro Ortiz, más conocido como el descuartizador del Hotel Comercio. Foto: El siglo XX en el Perú a través de El Comercio

 

LA AMISTAD Y LA MUERTE

Genaro Ortiz Marcelino Domínguez llegaron para hacer negocios, o al menos, así ocultaban sus mentiras. En realidad, se dedican a robar y estafar en diferentes ciudades latinoamericanas como Buenos Aires y La Paz; y encontraron en Lima, otro lugar para cometer sus fechorías.

Genaro veía el dinero como símbolo de poder, pero a Marcelino le gustaba gastar y resaltaba que podía tener más cuando quisiera. No eran compatibles, pero eran cómplices de hurtos; con eso bastaba para forjar una amistad.

En Argentina, trabajaron como meseros; y en Bolivia fueron ayudantes de un casino, sin embargo, estos empleos eran usados para ocultar su verdadero objetivo: robar importantes motines para luego escapar sin dejar rastro alguno.

En Lima, Marcelino comenzó a gastar de forma irresponsable y a pedir prestado a Genaro, que se fastidió con estos préstamos que nunca eran pagados.

El día del asesinato habían discutido fuertemente. Marcelino, en un afán de tranquilizar a su compañero, se retiró al Estadio Nacional para ver un partido de fútbol. Qué iba a imaginar que esas serían sus últimas horas vivo, que luego su cuerpo sería descuartizado y desperdigado en dos maletas y abandonado en una casa de una habitación de alquiler del Centro de Lima.

 

El Hotel Comercio, donde ocurrió el crimen, desapareció y hoy, en el primer piso, funciona el Bar Cordano. Foto: Perú21

 

CAPTURA, DEPORTACIÓN Y LIBERTAD

Ortiz había escapado a Ecuador, pero al verse descubierto, comenzó una nueva fuga a Panamá. No le duró mucho. El 10 de julio de 1930 fue capturado en ese país y deportado a Perú para que cumpla una condena de 25 años en la Penitenciaria de Lima. En su maleta se encontró un botín de joyas que era utilizado para pagar sobornos y escapes.

Al preguntarle sobre el motivo del homicidio de Marcelino Domínguez, el asesino contestó lo siguiente: “Me encomiendo a las manos de Dios, lo hecho, hecho está”. “

El crimen del Hotel Comercio había estremecido a los limeños. No obstante, como si se tratara de un personaje que quisieran conocer, miles de personas llegaron hasta el muelle del Callao para ver el vapor que trasladaba Genaro Ortiz. Muchas mujeres se sintieron atraídas por el descuartizador y pugnaron por acercarse a él. El auto que lo movilizó tuvo que ser varias detenido por la muchedumbre que quería aproximarse al criminal.

En los años 50, el presidente Manuel Prado Ugarteche le cedió el indulto como parte de una movida política para mostrar benevolencia. Genaro Ortiz cambió su nombre, nunca regresó a España y se quedó a vivir en el Perú escondido en el anonimato.

Por su parte, el Hotel Comercio dejó de utilizar la habitación 89 por los rumores de las supuestas historias de fantasmas y, posteriormente, cerraría sus puertas para siempre. Aunque la segunda planta -donde ocurrió el crimen- nunca más se utilizó; en el primer piso se ubica el famoso bar Cordano, un lugar al que asisten políticos y artistas del Perú.