Alberto Ray: La utopía del mundo gris

Desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022, no son pocos los analistas que se han referido a esta guerra como un paso decisivo hacia el cambio en el orden mundial. Quienes así piensan, se quedan cortos en entender que estamos ante fuerzas que buscan hacer del conflicto y todo lo que lo acompaña, el nuevo modo de funcionamiento del planeta.

No sólo se pelea por un territorio al Este de Europa, esta guerra es un intento bien planificado de envolver al planeta en la niebla global del conflicto, pues ese “estado de emergencia” es una manera en extremo efectiva de gobernar totalitariamente, pasándole por encima al orden establecido y que tiene adeptos no sólo en las filas de rusas. En los Estados Unidos y Europa son muchos los que también aúpan la guerra.

En nuestro ritualista mundo occidental – si es que todavía podemos definir lo que es Occidente – el desarrollo ha estado sujeto al orden impuesto por la seguridad de las instituciones. Hemos hecho las constituciones políticas de los Estados difíciles de cambiar porque permanecemos anclados en el paradigma de la estabilidad jurídica y hemos concebido el cambio como una fuerza a la que se debe resistir y no como un proceso de evolución de las sociedades.

Hasta ahora hemos creído que, a pesar de la resistencia, los cambios acelerados en el orbe y la humanidad son parte de una dinámica que nos está llevando a un nuevo orden mundial y que en algún momento llegaremos a una meseta de estabilidad. Sin embargo, por todos lados las señales que envían los acontecimientos parecieran moverse en sentido contrario, y cada vez es más evidente que la nueva condición del planeta es el conflicto y todo lo que trae consigo; complejidad, incertidumbre e impredecibilidad.

Hemos llegado a un tiempo nómada y de arreglos móviles para los cuales la guerra globalizada produce la atmósfera adecuada, pero no es cualquier guerra, es aquella diseñada cuidadosamente para que genere disrupción y no parálisis, para que sea prolongada, pero se perciba que avanza hacia un final, que genere una economía de la crisis y la escasez, pero al mismo tiempo facilite precios altos que no quiebre los mercados. Es la guerra que construya escenarios heterárquicos, en los cuales se hagan viables y hasta “legítimas” las relaciones de gobiernos con criminales.

Estamos ante un estado movido e incierto de la realidad que no sólo ha normalizado la guerra, sino que la ha hecho necesaria. No es un conflicto de fantasía o meramente narrativo, es tan cruel y brutal como cualquier guerra convencional, la diferencia es que este es un modo de guerra sostenible, insertado en la globalidad acelerada y absolutamente indispensable para producir la bruma que lo hace todo gris.

Es la niebla de la guerra el medio perfecto para trasmutar la legalidad de los estados y así borrar el contorno de los delitos y los delincuentes, con el propósito de fortalecer a los traficantes de la guerra y los carteles globales del crimen, que no sólo se nutren del conflicto, sino que ahora tienen el poder de alimentarlo para servirse de él.

Dwight Eisenhower, en su breve discurso de despedida de la presidencia en enero de 1961, y en medio de la guerra fría se atrevió a advertir el poder de los perros de la guerra: “Esta conjunción de un inmenso establecimiento militar y una gran industria armamentística es nueva para los Estados Unidos. La influencia total – económica, política, incluso espiritual – se siente en cada ciudad y en cada oficina del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperiosa de este desarrollo militar. Sin embargo, no debemos dejar de comprender sus graves implicaciones. Nuestro trabajo, recursos y medios de subsistencia están todos involucrados; también lo es la estructura misma de nuestra sociedad. En los consejos de gobierno, debemos cuidarnos de la adquisición de influencia injustificada, ya sea buscada o no, por parte del complejo militar-industrial. El potencial para el ascenso desastroso del poder fuera de lugar existe y persistirá.”

Así como durante 45 años la guerra fría pudo simular una paz a través del tenso equilibrio nuclear de las dos potencias, ahora estamos bajo el frágil manto de una paz criminal, regida por la gigantesca red interconectada de los negocios ilícitos a través de la cual fluyen los capitales para financiar armas, drogas, petróleo y hasta la promulgación de leyes.

Este es aun un mundo extraño para la mayoría porque este conflicto también tiene una dimensión de manipulación psicológica, que en la zona gris hace cambiar las percepciones, y donde nada es lo que parece y lo que parece ya no es, confundiéndolo todo en el caos.

Es en medio de ese caos que la Rusia de Putin opera a sus anchas. Fue la KGB quien perfeccionó la niebla de la guerra en la psiquis del individuo, utilizando las operaciones de guerra psicológica para descolocar a amigos y enemigos y así reblandecer sus capacidades de discernimiento, con el fin de que borraran de sus propias mentes la frontera entre lo correcto y lo incorrecto, lo legal y lo ilegal, el bien del mal.

George Orwell lo entendió con claridad premonitoria cuando describió en su utopía, 1984, cómo el Ministerio de la Verdad tenía como propósito sistematizar la mentira, y el Ministerio de la Paz debía mantener un estado generalizado de guerra prolongada para someter a todos en modo pastoril y servil.

El nuevo orden mundial, por tanto, no existe como tal, lo que tenemos por delante es una gigantesca operación para trastocar el orden y convertirlo en una especie de sistema de gerencia del caos con el cual se intenta dominar a través de la incertidumbre, el terror y la propaganda. Un mundo sin referencias ni ejes cartesianos que dé algún sentido al ser y su existencia.

Podríamos estar entonces ante el fin del orden mundial como paradigma y ser sustituido por el arte de gerenciar el caos como modelo para sobrevivir en el planeta. Una utopía del mundo gris, donde sólo aquellos con capacidades para sacar provecho a la incertidumbre y que estén preparados para administrar el sufrimiento podrán tener éxito.