El secreto mejor guardado: cómo ocultó la Iglesia el cuerpo de Eva Perón durante 14 años

El secreto mejor guardado: cómo ocultó la Iglesia el cuerpo de Eva Perón durante 14 años

Eva Perón fue recibida por Pio XII

 

 

 





El tiempo jugaba en contra para los protagonistas de la Revolución Libertadora. Hacia más de un año que habían derrocado a Perón -que se exilió inicialmente en Panamá- y prohibido su nombre por decreto como parte de una ofensiva para borrar todo vestigio peronista. Sin embargo, el destino de su principal emblema -una bomba política para la dictadura- seguía sin resolverse: ¿Qué hacer con el cadáver de Eva Perón?

Por Clarín

Los jerarcas militares temían que un comando peronista se alzara con el féretro y lo llevara por todo el país llamando a una contrarrevolución. ¿Un delirio? Puede ser, pero era el clima de época signado por la feroz antinomia peronistas-antiperonistas que sumaría la proscripción de Perón. En el mejor de los casos, ¿se convertiría su tumba en un lugar de peregrinación perpetua hasta la reposición del líder justicialista?

Para colmo, el jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), teniente coronel Moori Koenig, había hecho un zafarrancho con el cadáver desde que una noche de noviembre de 1955 lo había sacado del segundo piso de la CGT donde estaba desde los imponentes funerales a la espera de la construcción de un gran mausoleo y en cuyo lugar el anatomista español Pedro Ara había completado su embalsamamiento.

Es que el féretro llegó a estar depositado detrás de la pantalla de un cine yen el altillo de la casa del segundo sede del SIE, el mayor Arandía, quien una noche al oír ruidos extraños, en la oscuridad, comenzó a tirar con su pistola y mató a su mujer embarazada. Moori Koinig, en realidad, había perdido la cabeza y cuando el cajón estaba en el SIE lo tenía parado en su oficina y se los mostraba a sus visitantes de confianza.

La situación se agravó para los militares cuando empezaron a aparecer por la noche velas encendidas cerca del edificio del SIE, en Callao y Viamonte. ¿Era esa realmente una señal de que los peronistas sabían dónde estaba el féretro? ¿Estaban al acecho por recuperarlo? La cuestión no daba para más: o se escondía el féretro en los confines de la tierra o se lo tiraba al río o se lo destruida de alguna forma.

Llegó a analizarse qué hacer con el cadáver en una reunión de gabinete nacional. Y más precisamente, la alternativa de quemarlo. No fueron solo palabras. Con el propósito de saber cuál era su grado de combustión se le cortó un trozo de un dedo como atestigua su cadáver. Pero el presidente Aramburu se oponía porque iba contra su condición de católico dado que la Iglesia aún no permitía la cremación.

El tiempo se acababa. Enterado de la angustia de su admirado presidente de la nación, el jefe de Granaderos, el teniente coronel Alejandro Pedro Lanusse, se lo comentó a su gran amigo, el capellán del regimiento, el padre Francisco “Paco” Rotger. Lanusse compartía esa angustia y el odio al peronismo. Grande fue su sorpresa cuando Rotger, hacia el final de la charla, le dijo que iba a pensar en un plan para ocultarlo.

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