Una escalera, secretos sexuales y un enigma: ¿el prestigioso vecino mató a su esposa o fue un accidente?

Kathleen y Michael Peterson antes de la tragedia: ¿asesinato o accidente?

 

El cineasta francés Jean-Xavier de Lestrade le pide a Michael Peterson que se siente en la escalera de su mansión en Durham, Carolina del Norte. El hombre lo hace como si fuera un actor profesional. Una asistente del documental le alcanza un libro, su pipa, y le pide que simule que lo está leyendo. El director grita acción y el protagonista parece lo que en realidad no es: un hombre que lee y fuma su pipa al pie de la escalera. Cuando escucha “¡corte!”, se pone de pie y pregunta cómo salió todo. Lo felicitan. El se ríe.

Por infobae.com

Esa situación podría ser la de cualquier rodaje. La diferencia es que el set es la casa de Michael y que en esa escalera apareció muerta su mujer Kathleen.

a tragedia ocurrió el 9 de diciembre de 2001. El matrimonio (él, 58 años, ella, 54) había pasado una noche en paz, según el realto de Michael, un escritor de novelas policiales retirado de la Marina que había combatido en Vietnam.

Después de cenar abrieron una botella de vino y vieron la película “La pareja del año”, protagonizada por John Cusack, Catherine Zeta-Jones, Hank Azaria, Julia Roberts y Billy Crystal. Luego se sentaron en un sillón y debatieron sobre la historia que acababan de ver. La charla siguió hasta el jardín, donde se acostaron en las reposeras, al borde de la piscina. Abrieron otra botella, pero después de unos minutos, Kathleen se tomó un valium, como todas las noches, y se despidió de su marido con un beso. Iba a dormir.

Michael, siempre de acuerdo con su relato, siguió ensimismado en sus pensamientos. Miraba el agua como si fuera la inmensidad del mar. Se sintió en paz. Cuando bebió la última copa, decidió ir a la cama.

Cuando entró en la casa vio a su mujer tirada al pie de las escaleras, ensangrentada. Llamó al 911 y dijo:

-Mi esposa ha tenido un accidente, aún respira

-¿Qué clase de accidente?

-Se ha caído por las escaleras.

Se mostró desesperado. Eran casi las tres de la mañana.

Al llegar, la policía forense descubrió que las manchas de sangre los hacía inclinarse más por un asesinato que por un accidente doméstico.

Desde ese momento, el caso mantuvo en vilo a los estadounidenses durante 16 años de batallas judiciales.

Como una novela de suspenso, el misterio rodeó al hecho. Y la pregunta era una sola. ¿Fue un accidente o un crimen?

Michael Peterson es un enigma en sí mismo. Su mirada, por momentos, es indescifrable. Llora, recuerda a su esposa, pero puede reírse como si nada hubiera pasado cuando su abogado David Rudolf le hace una pregunta.

Peterson llora y parece auténtico. Peterson ríe y parece auténtico. Como las caras teatrales del drama y la tragedia.

Por momentos alguien puede identificarse con su dolor y creer que es inocente. Y otra persona puede pensar que es un frío asesino que simula sus emociones.

El documental que puede verse por Netflix es apasionante: muestra, capítulo a capítulo, la lucha de un hombre y sus abogados contra una Justicia y Policía que considera que se trató de un asesinato.

Michael Peterson nació cerca de Nashville, Tennessee, en 1943. Después de la Universidad, trabajó para el Departamento de Defensa. Luchó en la guerra de Vietnam antes de ser licenciado con honores (después se sabrá que esto fue una farsa) en 1971. Más tarde se convirtió en autor de novelas sobre la guerra de Vietnam y escribió columnas para el periódico Durham Herald-Sun cuando se trasladó a Durham.

Al principio recibe el apoyo de toda su familia. Una familia ensamblada.

Michael tuvo una primera esposa llamada Patricia, a quien conoció en la Universidad y tuvo dos hijos: Clayton y Todd.

La pareja tenía una gran amistad con George y Elizabeth Ratliff, una pareja a la que habían conocido en Alemania. Tras la muerte de ambos, adoptaron a sus dos hijas: Caitlin y Margaret. En 1987, Michael y Patty se divorciaron. Al año siguiente, Michael conoció a Kathleen, una exitosa empresaria y filántropa estadounidense que tenía una hija llamada Martha. Se enamoraron y formaron una familia. Eran siete. Ellos y sus cinco hijos.

Si la familia de Michael estaba unida, eso se romperá y será inevitable: al comienzo del juicio, Martha, la hija biológica de la víctima -que antes era la vocera de Michael y sus hijos- se pasa del lado acusatorio. No está sola. Sus dos tías maternas la apoyan. Y hasta sospechan que Michael la mató a golpes con un atizador de chimeneas. Un regalo que solía hacer a su familia una de las hermanas de la víctima.

La víctima pudo haber caído por las escaleras, por un tropiezo o a consecuencia del alcohol, que mezcló con Valium. Pero el informe de la autopsia fue desconcertante y estableció más sospechas, al concluir que la víctima de 48 años había sufrido varias laceraciones en la espalda y cabeza a causa de un objeto contundente y que había muerto por la pérdida de sangre.

A lo largo del juicio, surgieron una mentira y una verdad ocultas por el acusado.

Por un lado, se supo que nunca tuvo una herida de guerra de metralleta en Vietnam por la que fue galardonado. La había sufrido en un accidente de tránsito en Japón cuando ejercía como policía militar. Su honor era un invento que rozaba el papelón.

Pero la otra verdad lo complicó más: al revisar su computadora, los pesquisas encontraron dos mil fotos sexuales y chats en un sitio gay donde jóvenes soldados se prostituían. Michael estuvo a punto de encontrarse con uno de ellos, que llegó a declarar en el juicio. Y lo describió como a un hombre sensible que le había dicho que era casado.

Su bisexualidad fue tomada como sostén para llegar a este móvil: Michael mató a su esposa cuando ella descubrió su doble vida. “Ella sabía todo”, declaró el acusado, que reconoció que era bisexual pero que estaba enamorado de su esposa.

Otro posible móvil es que la póliza de seguro de vida de 1,5 millones de dólares de Kathleen jugaba a favor de Peterson.

Un secreto y una mentira

La cuestión es que su mentira sobre Vietnam, un tema sensible en los Estados Unidos, la interpretación de la autopsia y su doble vida sexual, fueron indicios que beneficiaron a la parte querellante. Que su ropa no tuviera manchas de sangre ni apareciera el arma homicida (luego apareció el atizador de la casa pero no tenía abolladuras ni manchas) no fueron suficiente como para inclinar la balanza hacia su presunta inocencia.

Michael no declaró por consejo de su abogado.

Eso no fue todo. Un dato lo complicó aun más: Elizabeth Ratliff, la madre de las hijas que Michael adoptó tras su muerte, había muerto tras caerse por las escaleras.

En ese entonces, la autopsia confirmó que fue una caída y que ella estaba enferma. Pero exhumaron el cadáver y los peritos del juicio concluyeron que murió después de recibir golpes.

Ese dato influyó, sin dudas, en los jurados populares. Los medios hablaron de “El asesino de las escaleras”.

“El Michael que yo conocí no querría matarla. Creo que no podría decirte el motivo del porqué la asesinó… No era lo que aparentaba. Eso no cambia mis recuerdos, no cambia el hecho de que yo creyera que eran felices juntos pero no terminas al pie de la escalera en esas circunstancias si tu vida era como todos creían que era”, dijo Martha antes del fin del juicio. El abogado de Michael leyó una carta en la que la hijastra de su defendido le agradecía porque al ponerse en pareja con su madre la había salvado de una gran depresión. La mujer lloró. Pero no cambió su postura. Para ella, su padrastro era el asesino.

La Fiscalía dictaminó que Kathleen fue golpeada en reiteradas ocasiones. Quedó inconsciente, se desangró y murió al pie de la escalera.

En contraposición, la defensa de Michael contrató a un experto forense que argumentó que la evidencia de salpicaduras de sangre en la escena era propia de una caída accidental por las escaleras.

La teoría de los médicos forenses contratados por Michael decía que Kathleen estaba ebria, trató de subir las escaleras, se resbaló, cayó, se golpeó la cabeza, quedó inconsciente, recuperó la consciencia, se resbaló otra vez con su propia sangre y cayó para morir desangrada.

El 10 de octubre de 2003, Michael Peterson fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.

“Yo no hice nada. Soy inocente. No creí hasta que el secretario del jurado leyó la sentencia que me iban a condenar”, dijo Michael tras la sentencia.

Pero después de ocho años se le concedió un nuevo juicio luego de que el juez fallara que un testigo, el experto en las salpicaduras se sangre, había dado un testimonio falso. Esto llevó a la libertad de Michael en 2001, bajo arresto domiciliario.

“La cárcel es peor que la guerra. La guerra es 80% espera y 20% acción. La cárcel es 100% acción”, reveló. Allí, entre rejas, recibió amenazas y palizas.

Poco más de seis años después sus nuevos abogados (Rudolf se apartó por que estaba desgastado y sentía que no podía aportar nada nuevo) apelaron al “Alford Plea” (Doctrina Alford) una declaración de culpabilidad en la que un acusado mantiene su inocencia pero admite que la evidencia de la acusación probablemente resultaría en un veredicto de culpabilidad si se llevara a juicio.

Al final, Michael fue sentenciado a 86 meses de cárcel pero como ya había cumplido 98 fue liberado.

La insólita teoría del búho

Años después de que Peterson fueron condenado por asesinato, su vecino Larry Pollard propuso una teoría alternativa: que Kathleen no había caído accidentalmente al vacío ni había sido asesinada por Peterson.

El hombre sugirió, a través de una serie de vídeos en YouTube, que las lesiones en el cuero cabelludo indicaban que podría haber sido atacada por un búho barrado, que son bastante comunes en la zona de los Peterson, en Carolina del Norte. Su teoría era que un búho de este tipo había entrado en la casa de los Peterson y, al ver a Kathleen, se sobresaltó y se asustó y la atacó, por lo que se cayó por las escaleras desde arriba o mientras intentaba subirlas.

La teoría no fue tan rara. De hecho, en un nuevo examen de las pruebas demostró que a Kathleen le fue encontrada una pequeña pluma en el pelo y que la madera de la rama de un árbol estaba enredada en el pelo que había sido arrancado de la cabeza por las raíces. Tres expertos en búhos testificaron mediante declaraciones juradas la posibilidad de la teoría del búho.

Pero el abogado del acusado, David Rudolf, dijo que le convencía la teoría pero que el juicio había pasado. “Ya es tarde”, admitió.

En 2019, Michael volvió a la escritura: publicó el libro “Detrás de la escalera”, en el que reveló que había tenido una relación de 10 años con Sophie Brunet, una editora del documental de Netflix. Se señaló que ella pudo haber manipulado la edición del documental por su relación amorosa, pero ella defendió su profesionalismo y negó cualquier tipo de favoritismo a la hora de contar la historia.

El caso también llegó a la serie de The Staircase, en HBO Max, protagonizada por Toni Collette y Colin Firth. Aquí la controversia fue mayor. El mismo Michael escribió un email a la revista Variety -y una de sus hijas se unió en la crítica- para señalar con enojo que Jean de Lestrade, el documentalista francés, había traicionado a él y a su familia al vender la historia a Antonio Campos, director de La Escalera.

“Sentimos que Jean nos engañó, vendió NUESTRA historia a Campos por dinero, ¿qué otra palabra que no sea proxeneta describe lo que hizo? Entregó su archivo a Campos, quien luego creó un relato ficticio de eventos, la mayoría de los cuales me destrozaron a mí (lo que realmente no me importa) y a mis hijos, que realmente me importan. Hay fabricaciones atroces y distorsiones de la verdad en la serie de HBO, mucho más allá de lo que puede considerarse una licencia ‘artística’”, escribió Peterson en su email.

Luego, Petersen dio una extensa nota a Vanity Fair para contar el infierno que vivieron él y su hijo cuando el caso volvió a salir a la luz en la serie de HBO Max. Pero, más allá de la opinión del protagonista, La Escalera -con brillantes actuaciones y un clima de suspenso único-, es uno de los grandes éxitos de la plataforma de streaming este año.

Michael no volvió a escribir columnas semanales para la prensa, en las que contaba una serie de historias críticas contra el Departamento de Policía de Durham o la Oficina del Alcalde, y donde siempre tenía un tono sarcástico.

Hasta hoy, el caso sigue con cabos sueltos. Y sin resolverse.

En la actualidad, Michael vive en un departamento con planta baja. El detalle más importante del lugar es que no tiene escaleras.