A 59 años del robo del siglo inglés: la insólita fama de Ronald Biggs, el fugitivo que se burló de Scotland Yard

Ronald Biggs, el gran ladrón de trenes del Reino Unido, llegó en 1970 a Brasil. Había pasado por Francia y Australia. En 2001 regresó a su país para ser juzgado porque quería dejarle dinero a su familia

 

El carpintero Ronald Biggs había dejado atrás su carrera de ladrón de poca monta (robaba autos y casas) para transitar una vida decente. Es por eso que nunca se imaginó, aquel día de 1963, que el simple acto de pedirle un préstamo a un amigo iba a significar su regreso y consagración en el submundo del delito.

Por infobae.com

“Bruce, necesito que me prestes 500 libras esterlinas”, le preguntó Biggs a su amigo Bruce Reynolds. Su meta era comprar la casa que alquilaba en Alpine Road, Redhill, en el Condado de Surrey, Inglaterra.

Bruce le dijo que no tenía dinero. Su amigo Ronnie, como le decían, no sabía que se había quedado sin nada porque lo había invertido para cometer un robo.

Su respuesta pareció no sorprender a Biggs:

-No tengo un centavo, pero tengo una propuesta. ¿Quieres ganar 150 mil libras?

-Claro que sí. Qué hay que hacer.

-Formar parte de mi banda. Vamos a asaltar un tren.

Biggs le dio la mano y sonrió con entusiasmo. Nunca había cometido ningún delito, pero era un temerario. Más allá de su trabajo honrado, por dentro quería hacer algo ilegal.

Eran sus días de suerte, porque a la semana de aceptar ser parte del asalto, apostó a dos caballos, Damond y Roccoco, en el hipódromo, y ganó 500 libras esterlinas, lo que necesitaba para comprar la vivienda.

Los amigos fueron dos de los miembros de la histórica banda, que inspiró canciones, películas y libros, por robar un tren postal que recorría el trayecto entre Glasgow y Londres.

Buena parte del dinero robado del tren fue recuperado por Scotland Yard. El escondite fue descubierto y los ladrones dejaron allí numerosas huellas (EFE)

 

El 8 de agosto de 1963, hace 59 años, ocurrió el asalto más osado del siglo XX.

Fueron quince los hombres con pasamontañas y cascos que detuvieron, con una falsa señal, el convoy del ferrocarril y desengancharon la locomotora: se quedaron con 46,4 millones de euros (cambio actual) que estaban en 120 sacas repletas. Por ese entonces trasladaban el dinero de los bancos en tren.

Sobre el rol del legendario Biggs, la verdadera cara del robo, hay dos versiones. Una lo señala como “la mente”, el que consiguió el dato del tren en un tiempo de prisión. Pero la historia oficial, la mayoría de los libros ingleses sobre el robo, lo sitúan como uno más de la banda que se volvió mítico cuando en 1965 se fugó de la cárcel de Wandsworth (usó una escalera para fugar de un paredón) y pasó a ser “el hombre más buscado del planeta”. Mientras lo querían vivo o muerto, él se hacía una cirugía en París y se recluía en lo que fue su segundo hogar: Río de Janeiro.

Pero el verdadero cerebro y líder del asalto fue su colega Bruce Reynolds, hijo de un sindicalista de la compañía Ford de Dagenham, emblemática en el Reino Unido por las reivindicaciones laborales de sus obreros, quien ideó toda la operación.

Cansado de ser humillado por duros trabajos y mal pagos, de la explotación del patrón, después del servicio militar se dedicó a avanzar en la escala del delito, desde las pillerías hasta el gran golpe que coparía los titulares del mundo y sería histórico aun más de cincuenta años después.

La cuestión es que Reynolds consiguió información confidencial sobre el traslado de dinero por del servicio de correos y reclutó a la banda que ejecutó el asalto.

Los fajos de 500 libras esterlinas que fueron robados por la banda. Algunos aseguraron que la cifra fue de 2.600.000 de la moneda británica (EFE)

 

“Ronnie (Biggs) fue uno más de la banda, tuvo una parte menor. Conocía al maquinista que conducía la locomotora con el dinero, pero justo ese día no estaba. Yo le dije que le pagaba por ese dato, pero el insistió como el zumbido de un abeja que quería estar. Y lo acepté, pero ni subió al tren, se decidió a mirar el robo sentado en el pasto”, dijo Reynold tiempo después. Es que cada miembro de la banda tuvo una versión distinta.

Después del golpe del siglo se escondieron en una alejada granja del sur de Inglaterra. Además de contar el dinero, se divirtieron jugando al Monopoly pero usando los billetes del robo. Pero cometieron error de principiantes. Sus huellas quedaron en ese juego y en los billetes.

Reynolds consiguió evitar la persecución policial. Se ocultó unos meses en el barrio de Kensington, en Londres, y luego pasó cinco años evadido entre México y Canadá. En 1968 regresó al Reino Unido y fue detenido.

En el juicio, todos los implicados son declarados culpables y condenados a treinta años de prisión, entre ellos se destacan Charles Wilson, Arthur Field y Buster Edwards, que lograron cumplir solo la mitad de sus condenas, al beneficiarse de premios por buena conducta y programas de libertad condicional.

El destino de todos ellos sería trágico: Wilson fue asesinado en Marbella, Field falleció en un accidente de tránsito y Buster Edwards se quitó la vida en 1994: se ahorcó tras varios intentos de suicidio. Su triste final inspiraría en 1988 la película Buster protagonizada por Phil Collins, que popularizó la canción Dos Corazones.

La altas condenas para hombres que no usaron pistolas ni violencia llevó a que otras bandas comenzaran a usar armas con el criterio de que recibiría la misma pena si no las llevaran.

Bruce Reynold fue el mentor y líder de los delincuentes que robaron el tren. Él consiguió la información confidencial sobre el traslado de dinero por del servicio de correos y reclutó a la banda que ejecutó el asalto

 

Pero Biggs logró ser más popular que todos. Pasó 36 años en Brasil hasta que decidió entregarse a Inglaterra a cambio de dinero, según de The Sun, porque quería dejárselo a su esposa y sus hijos.

Su salud estaba maltrecha. Había sufrido derrames cerebrales. Ya no hablaba y usaba un cartel para señalar letras. Además de ser homenajeado por la banda Sex Pistols, fue contratado por un canal en el que se enfrentaba a un boxeador en un barco. A la emisión se la llamó El último escape.

En Río de Janeiro (antes pasó por Francia y Australia) fue un dios pagano. Organizaba charlas, tenía un bar, vendía remeras con su cara, se sacaba fotos y firmaba autógrafos a sus admiradores. Organizaba fiestas. Se casó con una brasileña con la que tuvo un hijo y eso logró que no pudiera ser extraditado a Londres.

En 1981, el exilio de esta gloria delictiva fue interrumpido cuando unos mercenarios británicos, que fingía ser un equipo de filmación, lo secuestró y lo llevó a Barbados, que mantenía en vigencia un tratado de extradición con Gran Bretaña.

El legendario Ricardo Ragendorfer escribió: “Pero el clamor de los cariocas, no dispuestos a ser privados de su mito predilecto, junto a la batalla diplomática encarada por la cancillería de su país adoptivo, hizo fracasar la maniobra. Biggs fue devuelto a Río de Janeiro en medio de un recibimiento apoteótico. Las telefotos del momento, en las que ‘La Mente’ se reencontraba con Michael, recorrieron las primeras planas de la prensa mundial, emocionando a lectores de diferentes latitudes”.

Es que Biggs fue una pesadilla para el sistema penitenciario, judicial y político de Inglaterra. El dinero era de Su Majestad. Y se burló de ellos durante más de 36 años.

Ronnie Biggs estuvo recluido en el penal de Wandsworth. No aguantó demasiado y a los 15 meses se fugó: bastó usar una escalera para escapar (Girling/Daily Express/Hulton Archive/Getty Images)

 

El escritor maldito Enrique Symns, ex monologuista de Los Redonditos de Ricota, logró entrevistarlo tres veces durante sus años en Brasil. “Estoy convencido de que las nuevas generaciones (y sobre todo las nuevas generaciones de ladrones y asaltantes) ignoran su increíble hazaña delictiva. ‘Todos éramos expertos en alguna especialidad. El experto en fugas era el jefe cuando nos fugamos, y así cada uno’, me dijo Ronnie, quien me recibió en su bar y me sirvió varias cervezas. Nunca quiso hablar conmigo de su botín, aunque siempre afirmó que ‘los tiburones (abogados, testaferros) se lo llevaron casi todo’. En Rio de Janeiro vivía modestamente, tenía una hermosa casa con pileta de natación y varios dormitorios. Su esposa era muy bella y su pequeño hijo se hizo famoso cuando fue amenazado de muerte por los agentes ingleses. Cuando lo secuestraron, Biggs les dejó claro quien era: ‘Estoy memorizando sus rostros, después sabré sus nombres y finalmente iré a buscarlos’. Y los dejó mudos”.

Symns refiere que hubo dos coincidencias que le permitieron acceder a Biggs. La primera es que fue vecino suyo durante varios años en el morro Santa Teresa de Río de Janeiro. “El vivía cerca del Largo de Guimaraes y yo en la cima de la estación Dos Irmaos. Ambos eran paraderos de la única línea de tranvías en Latinoamérica. Pistoleros, turistas, artesanos, amas de casa, faranduleros, mendigos, comerciantes y malandras, disfrutando como niños, disfrutaban el vertiginoso viaje en ese bondiño ruidoso. La segunda coincidencia fue que ese verano fui detenido por la policía ferroviaria de Rio de Janeiro y enviado a una cárcel de presos cuyas condenas no estaban firmes, en Niteroi. Mi deuda con la ley era antigua, era un imputado no procesado en una causa de tráfico de cocaína. Pero la policía brazuca es afortunadamente más corrupta que la argentina, así que fui preso en caución hasta aportar los 3.000 dólares que me exigían por mi inmediata liberación. Estaba preso y no estaba preso. Una gran amiga comenzó a recaudar el dinero en Buenos Aires para pagar mi libertad. Fue así que desde la cárcel me comuniqué con Biggs y le pedí una entrevista. El hecho de que lo llamara de la cárcel influyó en su decisión de darme la entrevista. Porque él no daba gratis ni la hora. Mi apellido irlandés le dio desconfianza. Siempre estuvo paranoico y veía agentes de su país en cada turista”.

Scotland Yard, que jamás abandona un hueso, lo persiguió como una sombra tatuada. “Una vez por mes visitaba la comisaría, jugaba ajedrez con el delegado y se sacaba fotos con los uniformados. Cada año, cuando se cumplía un aniversario del robo al tren correo, organizaba una fiesta barrial con feijoada y cerveza gratuita para todos los vecinos. Esas bacanales constituían las murallas de protección que el famoso ladrón construía a su alrededor. Es la única fiesta de una población occidental festejando el éxito de un asalto. Hasta festejó los 20 años de su fuga”.

Ronald Biggs, uno de los criminales más famosos del mundo. En Brasil se convirtió en una celebridad, donde publicó un libro y fue dueño de un restaurante

 

La primera vez que Symns y Biggs se encontraron en un bar de mala muerte de Paula Matos, del barrio donde termina su recorrido el “bondiño”, fue con su perro. Allí le espetó la célebre frase: “Si alguien mata a mi perro, yo mato a su hijo, si alguien mata a mi hij, yo mato a su familia, si alguien mata a mi familia, yo extermino el barrio. No es ojo por ojo, siempre la venganza es mayor”.

Estuvieron tomando cerveza y charlando durante una hora. Ese era uno de sus problemas, extrañaba la cerveza inglesa. Extrañaba Londres. Extrañaba su idioma y los paisajes de Inglaterra. Era un inglés de pies a cabeza.

“En esos días que salí de la cárcel se presentaba Yhony Rotten con su extraordinaria banda Public Image Ltd. El ex Sex Pistols era amigo de Biggs. En uno de sus discos más legendarios los pistols buscaron a Borman, el asesino nazi, para que grabara una canción. No lo encontraron y entonces contrataron a Ronald Biggs que grabó un tema llamado Nadie es inocente. La letra es de su autoría. Otra cosa que decía Biggs era: ‘No hay nada peor que un tipo decente, nadie es inocente’”.

Biggs lo invitó al recital de Public Image Ltd en el Canecao, una sala teatral muy moderna en el barrio de Flamengo.

Dos semanas después lo fue a ver a Biggs mientras filmaba unas escenas de las tantas publicidades que hacía sobre cajas fuertes o sistemas de seguridad en la que él aparecía afirmando: “Esta alarma ni yo podría vencerla”. Lo encontró en la playa de Leme rodeado de peluqueras y maquilladoras. “Yo le caía bien, pero no hablaba inglés y eso no puntuaba bien en su ranking de consideración. Nos unía un frágil portugués que ninguno disfrutaba hablando. Me contó algunas alternativas de su vida antes del asalto al tren. Desde muy joven fue un profesional y se relacionó con los pistoleros más selectos de Inglaterra. En esa época y en ese país los ladrones no mataban a nadie. Mucho menos a un policía. Biggs perteneció a la última generación de bandoleros tal como los denomina el escritor Walter Benjamín. Era experto en bancos. La idea de asaltar un tren no fue de él, pero Biggs la hizo suya en cuanto le hicieron la oferta. Fue un plan formidable que incluía medidas de seguridad antes, durante y después del atraco”.

Biggs arregló una serie de exclusivas con el diario sensacionalista The Sun a cambio de dinero y se entregó en Londres cuando tenía 71 años. Trece años después, murió

 

Lo volvió a encontrar unos años después. Lo fue a visitar a su casa el 1° de enero de 1990.

Estaba cada vez más quejoso con respecto a su vida en esa ciudad tan loca. Le mostró el fondo de su pileta de natación. Había mas de una docena de balas caídas en los festejos de la noche anterior. La vejez le había caído como rayo. “Estaba muy negativo y doblemente paranoico. Creía que todo el que se le acercaba quería robarle parte de su dinero. Odiaba a los periodistas a pesar de que daba entrevistas a todos los medios de Europa y los Estados Unidos. Nos despedimos bebiendo una cachaza en el viejo boliche. Ya no soportaba la cerveza brasilera”.

En 2001, Ronnie negoció su retorno aunque su ingreso a la cárcel fuera inevitable. Tenía 71 años y padecía graves problemas de salud. A su llegada, la policía británica lo detuvo, pero fue liberado el 7 de agosto del 2009, dos días antes de su cumpleaños. Le dolió la muerte de su amigo Reynolds. Biggs estaba en un geriátrico. No hablaba. Se comunicaba con un letrero.

El 18 de diciembre de 2013 murió a los 84 años. Había pasado sus últimos días en un piso londinense pagado por la asistencia social.

Casi no recordaba quién era. De eso se ocuparía su legado. Biggs será recordado por todos los tiempos. Como si no hubiese muerto.