Stéfano Casiraghi: la trágica historia del gran amor de Carolina de Mónaco

Stéfano y Carolina eran la pareja perfecta: él, un atractivo y culto millonario, y ella, una de las princesas europeas más hermosas y populares (Photo by PL Gould/Images/Getty Images)

 

En el verano de 1983, Carolina seguía siendo la princesa más bella, rebelde y triste de Europa. Alcanza con mirar algunas fotos de ese momento para comprobar por qué era la más bella. De su rebeldía tampoco quedaban dudas. De novia con Roberto Rosellinni, había elegido un joven que aunque era el hijo mayor de Ingrid Bergman y el director italiano Roberto Rossellini no pertenecía a ninguna monarquía.

Por infobae.com

Su tristeza también era evidente. Tres años antes se había divorciado de Philippe Junot, el hombre por el que se enfrentó a sus padres, el playboy conocido como “el rey de la noche” y que, según supo después, se había casado con ella no por amor sino para ganar una apuesta hecha con amigos en un cabaret de Mónaco. Ese último año, al dolor por el desamor se le sumó otro. Su madre, la mítica Grace Kelly había muerto en un accidente de auto. Sí no cabían dudas, Carolina era la princesa más bella, rebelde y triste de Europa.

Philippe Junot era 17 años mayor que Carolina pero Stéfano era tres años menor. (Photo by Jack Tinney/Getty Images)

 

En el verano de 1983, Stéfano Casiraghi era un apuesto italiano de 23 años. Había nacido el 8 de septiembre de 1960. Sus padres, Giancarlo Casiraghi Fernanda Biffi pertenecían a la nobleza… empresarial. Multimillonarios, se habían dedicado primero al carbón y luego a una empresa de aires acondicionados, pero la gran fortuna llegó cuando lograron ser los distribuidores de la petrolera Esso en Italia. Stéfano asistió a las mejores escuelas privadas y católicas de Milán. Fue alumno de la Universidad Bocconi donde estudió Economía aunque no alcanzó a recibirse. Si bien no tenía título sí tenía talento y comenzó una serie de emprendimientos inmobiliarios que acrecentaron aún más la fortuna familiar. En el plano del amor tampoco le iba mal. Aunque muy tímido, tenía una elegancia innata, una pinta no apabullante pero evidente y una conversación culta y divertida que lo convertían en un príncipe no de cuento pero sí muy real. Su corazón estaba ocupado -o al menos eso creía- por una joven llamada Pinuccia Macheda.

Fue en ese verano del 83 que Francesco Caltagirone organizó un crucero y decidió invitar a sus amigos. Entre ellos estaban Carolina y Stéfano. Según cuentan, en algún punto entre Córcega y Cerdeña, posiblemente en la casita secreta que Carolina de Mónaco poseía en la isla de los multimillonarios, la isla de Cavallo, ambos olvidaron a sus parejas. Carolina rompió con Robertino y Stéfano con Pinuccia, que solo años después reconoció: “Lo perdono porque está en su perfecto derecho de amar a la mujer que desee”.

La atracción entre Carolina y Stéfano fue tal que, cuando terminó el crucero ,se subieron a un avión y pasaron dos semanas en Nueva York. Después volaron a París para terminar en Milán. Stéfano se quedó asombrado con las dotes políglotas de Carolina que pasaba sin problemas del inglés al francés, del castellano al alemán para terminar riéndose con él en italiano. Ella estaba encantada con ese muchacho que aunque era tres años menor y -como le habían dicho en el crucero- sabía “cómo cuidar y amar a una mujer”.

Dos meses después de ese primer encuentro estaban tan enamorados que decidieron que era el momento de conocer a los padres. Al príncipe Rainiero no le fue difícil aceptar a ese joven que aunque tímido se mostraba muy astuto para los negocios pero también con valores muy grandes y un gran sentido de familia.

Después de Rainiero llegó el turno de conocer a la mamma, la madre de Stefano y referente de los empresarios italianos en Montecarlo. La primera vez que Fernanda vio a su futura nuera quedó fascinada por su sencillez y recordó que el príncipe Raniero III le había advertido “no creas todo lo que leés de nosotros, mi hija es una buena chica”. La complicidad entre ambas mujeres fue instantánea. Con el tiempo, Carolina también llamaría mamma a su suegra, costumbre que todavía mantiene.

El 29 de diciembre de 1983, seis meses después de conocerse y solo diez días después de anunciar su compromiso se casaban por civil. La boda por iglesia en el rito católico era imposible. Aunque la princesa Grace antes de su muerte había hablado personalmente con el papa Juan Pablo II no había logrado la anulación del matrimonio de su hija con Junot. Para la Iglesia, la muchacha seguía casada, por eso la boda de Carolina y Stéfano fue el primer matrimonio ilegítimo del católico principado monegasco.

La ceremonia fue discreta y de apuro: Carolina estaba embarazada, algo que en esa época era bastante escandaloso. La boda fue oficiada por Noël Museux, presidente del Consejo Nacional de Estado y duró apenas veinte minutos. Carolina lució un vestido diseñado por Marc Bohan para Christian Dior. Llevaba un anillo de oro con tres zafiros: rosa, amarillo y azul, al parecer único en el mundo, regalo de su novio.

La ceremonia no se realizó en el imponente Salón del Trono, donde Carolina se había casado en primeras nupcias, sino en el coqueto pero más discreto Salón de los Espejos. Solo hubo 30 invitados: la familia directa, algunos amigos, y en representación de Grace Kelly viajaron desde Filadelfia su hermana Lizanne LeVine, y su hija, Grace. No asistieron representantes de casas reales, políticos ni celebridades como Cary Grant, Ava Gardner y Gregory Peck, invitados a su boda con Junot. A la pareja no le importó. Carolina ya había tenido su boda “real y protocolar” y prefería no recordarla.

El 8 de junio de 1984, cinco meses y medio después de la boda nació Andrea. Fue el primero de los tres hijos que tuvieron en cuatro años. El 3 de agosto de 1986 llegó Charlotte, y el 5 de septiembre de 1987 Pierre. Felices y plenos, al matrimonio no le molestó que las normas eclesiásticas consideraran a sus hijos ilegítimos -algo que los excluía de la sucesión al trono- por no haberse casado por Iglesia.

Enamorados, felices con su familia parecía que tenían lo que queremos casi todos: un gran amor, una linda familia y ningún problema económico. Al matrimonio se lo veía mimarse ya sea en un torneo de tenis o en el gran premio de Montecarlo. En invierno disfrutaban de las pistas de esquí de St. Moritz y en verano de las aguas de St. Jean Cap Ferrat. Stéfano se incorporó a las actividades oficiales y protocolares y logró algo que parecía impensado: la aprobación y una buena relación con sus cuñados: Alberto y la entonces compleja, princesa Estefanía.

Dispuesta a no repetir el modelo de familia perfecta para las fotos pero distante para el abrazo, Carolina se divertía en las imágenes protocolares con un hijo a upa, los otros agarrados a su vestido y su marido sonriente y natural. Con Stéfano decidieron que las nannys podían ayudar pero jamás reemplazarlos, por eso era frecuente verlos jugando y paseando con sus hijos.

Stéfano se sumó a las actividades protocolares y también realizó proyectos inmobiliarios en Mónaco. (Photo by Alain Nogues/Sygma/Sygma via Getty Images)

 

Entre su rol familiar y sus tareas como empresario, Stéfano tenía tiempo para dedicarse a su pasión: la velocidad. El italiano participó en numerosas carreras de autos como la Porsche 944 Cup y hasta logró convencer a Carolina para que lo acompañara en el rally París-Dakar en 1985. La aventura no terminó del todo bien porque el camión con el que competían volcó y tuvieron que abandonar. Si a Stéfano los autos le gustaban, todavía más lo fascinaban las lanchas veloces. Era fanático del offshore, especialidad conocida como “la Fórmula 1 del agua”.

El marido de Carolina comenzó a competir en 1984 y ese mismo año estableció el récord mundial de velocidad: 278,5 kilómetros por hora. En 1989 se coronó campeón del mundo en Atlantic City. Stéfano competía en Clase I donde según el piloto argentino, Oscar Rodríguez: “En la Clase I de hasta 16 litros, el dinero es ilimitado y ya empezó a imponer sus leyes, como el caso de Stefano Casiraghi, que a pesar del respaldo de los bancos del principado no alcanza a terminar una carrera porque siempre rompe el motor”. Pese a las críticas como competidor, el italiano era un hombre querido. Con Daniel Scioli eran muy amigos y en tiempos de carreras solían cenar juntos pastas que cocinaba el argentino en su tráiler, donde se juntaban varios pilotos.

El 3 de octubre de 1990, Carolina realizaba compras en París con su amiga Inés de la Fressange. Temprano había hablado con su esposo, que ese día competiría en Montecarlo con su lancha Pinot di Pinot. Ella esperaba que cumpliera su promesa de retirarse a los 30 años. Él le había asegurado que lo haría pero que antes intentaría revalidar su título de campeón en esa, su última competencia.

Ese día, aunque estaba nublado, el mar parecía tranquilo en Saint-Jean-Cap-Ferrat, la península privilegiada entre Cannes, Montecarlo y Niza donde se desarrollaría la carrera. La Pinot de Pinot de 12,8 metros, cinco toneladas, dos motores de 800 caballos estaba preparada para ganar. “Genial, va todo perfecto”, le dijo un confiado Stéfano a su copiloto y amigo Pierre Innocenti.

Comenzó la carrera con la Pinot liderando sin problemas y a 175 km por hora; entonces la tragedia. Una ola inesperada provocó que la lancha volara por los aires girando sobre sí misma, hasta chocar violentamente con el agua y quedar invertida. Innocenti salió despedido, pero Stéfano quedó atado a su asiento. Las crónicas de esa época cuentan que los equipos de rescate llegaron con rapidez. Socorrieron a Innocenti que solo sufrió heridas leves. Stéfano no sobrevivió. Aunque al principio existieron dudas sobre si se ahogó, la causa oficial de la muerte fue la violencia del impacto.

Mientras Carolina viajaba de París a Niza, y de allí en coche a Mónaco, el cuerpo de Stéfano fue trasladado primero al hospital Princesa Grace, donde no hicieron más que certificar su muerte y de allí, a última hora de la tarde, al tanatorio ubicado enfrente. Los Grimaldi estaban en shock. Ocho años antes un accidente de auto terminaba con la vida de Grace Kelly y ahora, otro accidente provocaba la muerte del hombre que había logrado sanar el corazón de Carolina.

Carolina quedaba viuda a los 33 años, tras siete de matrimonio. La muerte la enmudeció de dolor tanto que fue el príncipe Rainiero quien tuvo la triste misión de explicarle a sus nietos que ya no tenían papá. Tres días después, se realizó el funeral. La pena de Carolina era tan gigante que se descompuso en medio de la ceremonia. Si no se desmoronó del todo fue porque su padre, todo el tiempo, la sostuvo de su brazo.

A la semana, visitó a la familia de su marido y el 19 de noviembre, rota de dolor, participó en una misa. Después se exilió/escapó/escondió en Saint Remy, un poblado en la Provenza francesa. Se mudó a una granja, se dedicó a sus hijos, cambió su yate por un bote, el caviar por un sándwich, el ruido por el silencio; la princesa rebelde, la más linda de todas se convirtió en la “viuda de Europa”, la mujer de los ojos tristes y el alma rota.