Mussolini, de ser un niño con problemas para hablar y abrazar la izquierda violenta al tirano que creó el fascismo

Mussolini, de ser un niño con problemas para hablar y abrazar la izquierda violenta al tirano que creó el fascismo

Benito Mussolini de joven abrazó la izquierda más virulenta, pero al estallar la Primera Guerra Mundial y servir en las trincheras, un golpe de timón lo impulsó a cruzar de vereda y nació el verdadero Mussolini. El monstruo, el tirano, el asesino (New York Times Co./Getty Images)

 

El 27 de enero de 1923, en el Daily Star de Toronto, y desde Lausana, Ernest Hemingway escribió: “El dirigente fascista italiano anunció que quería recibir a los periodistas. Todos acudimos y nos agolpamos en su despacho. Estaba sentado en su mesa escritorio leyendo un libro. Su rostro dibujaba el famoso mal gesto: manifestaba su condición de dictador. Por haber sido periodista sabía que sus declaraciones llegarían a muchos lectores. Continuaba absorto en la lectura. Mentalmente, ya estaba leyendo en dos mil periódicos servidos por dos mil periodistas, lo siguiente: ‘Al entrar en el despacho, el dictador de la camisa negra estaba tan concentrado en su lectura, que no apartó la vista del libro… etcétera, etcétera’. Me puse de puntillas detrás de él para ver qué libro estaba leyendo con tanto interés: era un diccionario francés–inglés… ¡puesto al revés! (…) Mussolini es el mayor fanfarrón de Europa. Aunque me detuviera y ordenara que me fusilaran, continuaría tildándole de fanfarrón (…) Luego, nótese su camisa negra y sus botines blancos: llevar esas prendas tan dispares es desacertado e histriónico”.

Por infobae.com





Benito Amilcare Andrea Mussolini, tirano creador del fascismo, nació el 29 de julio de 1883 en Dovia di Predappio, un pequeño pueblo –casi una aldea– de la provincia de Forlí, y el mayor de los tres hijos de un herrero socialista (Alessandro), y de la maestra de escuela y católica ultra Rosa Maltoni.

Corpulento pero bajo –apenas un metro sesenta y ocho que hacía crecer con exóticos gorros y botas de altos tacones–, y maestro del histrionismo, ante las multitudes lograba gestos exaltados y cargados de furia belicistA pero también visajes grotescos de mal actor de la Commedia del’ Arte. Un bufón.

Empezó a hablar muy tarde. Tanto, que Alessandro y Rosa temieron que fuera mudo. Pero compensaba ese mutismo con una precoz violencia. Apenas a sus 11 años fue expulsado del colegio salesiano de Faenza por cortarle a un compañero la cara con una navaja.

Y no sería su único punto negro. Además de otra expulsión por iguales razones: golpes y navajazos, huyó a Suiza para eludir el servicio militar obligatorio. País que lo echó dos veces: por agitador socialista y por falsificar su permiso de permanencia.

Después de declararse ateo abrazó la izquierda más virulenta, el ala revolucionaria del partido socialista, y se lanzó a una larga y militante carrera periodística: infinidad de artículos y ensayos flamígeros contra la injusticia social que atemorizaban a sus mismos compañeros por su radicalismo.

Pero al estallar la Primera Guerra Mundial y servir en las trincheras, un golpe de timón lo impulsó a cruzar de vereda. Su socialismo libertario, su obrerismo, su romance con Marx, murió entre los vapores del gas mostaza, y nació el verdadero Mussolini. El monstruo. El asesino.

Empezó calificándose como el héroe carismático de una comunidad nacional, guerrera, socialmente jerárquica, y obediente. La tristemente célebre “comunidad organizada”subterfugio de dictadura y pensamiento único.

Oportunista –tanto como Adolf Hitler a raíz del Tratado de Versalles– llamó a la lucha sin cuartel contra lo que antes había defendido “hasta dar la vida si fuera necesario”: la destrucción de los partidos de izquierda, de los obreros en huelga, de los veteranos que retornaban del frente…, y el 23 de marzo de 1919, en Milán, creó los siniestros Fasci Italiani di Combattimento: grupos armados y de violencia sin límite alguno, como lo fueron las criminales juventudes hitlerianas, y semilla del Partido Nacional Fascista germinado en noviembre de 1921.

Antes, en marzo, Il Duce (el Jefe) desfiló en Milán con sus flamantes columnas de camisas negras, el futuro uniforme del fascio: el atado de flechas unido por un lazo, símbolo de poder, amenaza y muerte.

Acción y reacción. La furia desatada contra la izquierda –su primer amor juvenil– le ganó el apoyo, el aplauso y la unción de las clases altas, los terratenientes y los industriales…, mientras el squadrismo –las escuadras y piquetes que atacaban a mansalva en las calles– eran para Mussolini “la garantía de orden que necesita Italia”.

Por entonces estaba casado con Rachele Guidi, que le dio cinco hijos: Bruno, Edda, Vittorio, Anna Maria y Romano.

Pero también cobró fama de gran seductor: rodeado de mujeres que admiraban sus actitudes de emperador, le bastaba un gesto con la cabeza para elegir la compañera de esa noche. Pero quien lo acompañó hasta el sangriento final fue Clara Petacci –reflejo de la Eva Braun de Hitler– : Mussolini le llevaba 29 años.

Fiel hasta la locura, escribió más de mil páginas relatando cuanto hacía y decía su compañero en la vida pública y privada, sin omitir “su brutalidad en la cama ni sus manías y vicios sexuales”. Claretta, como la llamaban, fue la más exacta e impensada cronista del Duce. Tenía 20 años cuando lo conoció. El sexo entre ambos empezó diez años después. Y la precisión de sus páginas reveló la cara y contracara del tirano. Se lee: “Era un obseso por el sexo, pero demasiado rápido para llegar al final”.

Entre el 27 y el 29 de octubre de 1922, Mussolini dio su golpe maestro: la marcha sobre Roma. Miles de camisas negras, fasci di combattimento y fanáticos armados con cuanto encontraron (hasta piedras) caminaron hasta el centro de la capital: una demostración de poder –también de desastroso futuro– contra el rey Vittorio Emanuele III, opuesto al principio a esa ola brutal, pero cediendo al fin ante ese golpe de mano que firmó el certificado de defunción del sistema parlamentario.

No hubo forma de evitarlo: los facciosos ocuparon las centrales telefónicas y los edificios del gobierno. Luigi Facta, máxima autoridad después del rey, le pidió a éste que declarara el estado de sitio… pero Vittorio Emanuele, vencido, le pidió a Mussolini que formara gobierno.

Cínico, hipócrita, en noviembre, el Duce desplegó su primer discurso como presidente del Consejo de Ministros: una pieza de amenazador final. “He rechazado la posibilidad de vencer totalmente, y podía hacerlo. Pero me impuse límites. Me dije que la mejor sabiduría es la que no se abandona después de la victoria. Con trescientos mil jóvenes armados totalmente, decididos a todo y casi místicamente listos para ejecutar cualquier orden que yo les diera, podía haber castigado a todos los que han difamado al fascismo. Podía hacer de esta aula sorda y gris un campamento de soldados. Podía destruir con hierros el Parlamento y formar un gobierno de fascistas. Podía. Pero no lo he querido… al menos en este primer momento”.

La hecatombe que siguió pudo terminar antes de empezar. Durante la marcha sobre Roma, en Milán, un soldado tropezó, y por error apretó el gatillo de su fusil. La bala rozó una oreja del Duce. Por centímetros no penetró en su cerebro. En adelante sufrió seis atentados más, todos fallidos. Luego del último, se ufanó con la soberbia de los tiranos:

Las balas pasan, pero Mussolini permanece.

En adelante, la violencia y los crímenes no conocieron barrera alguna. El 10 de junio de 1924, squadristas secuestraron y asesinaron al diputado socialista Giacomo Matteoti. Respuesta del Duce:

–Asumo cualquier responsabilidad histórica, política y moral que derive del asesinato de Matteoti.

Y siguió, paso a paso, el manual del perfecto dictador. Echó a todos los funcionarios públicos que se negaron a jurar fidelidad al Estado fascista. Declaró ilegal toda la prensa opositora. Abolió el derecho de huelga. Se adueñó de todas las empresas y corporaciones privadas. Fundó la Opera Nazionale Balilla para “reorganizar a la juventud desde el punto de vista moral y físico, desde los ocho a los dieciocho años”. Anuló todos los partidos políticos. Creó leyes de confinamiento policial y pena de muerte.

Cierto método de tortura fascista fue tomado en broma. A los disidentes, en las comisarías, se los obligaba a tomar aceite de ricino. Que no mataba: sólo provocaba aluvionales diarreas… Pero esa anécdota fue apenas una módica pantalla. La brutal realidad navegaba por otros ríos. Aliada la Italia fascista a la Alemania nazi y al imperio de Japón –el Eje del Mal–, la aviación de Mussolini despedazó a indefensos etíopes y abisinios, triplicó su cantidad de soldados y armamentos (medio millón de hombres, 500 tanques, 18 mil tanquetas, 350 aviones… y armas químicas y bacteriológicas), sus bombas no respetaron las señales de la Cruz Roja pintadas en los techos de los hospitales…, y aun faltaba lo peor.

En 1938 promulgó una serie de decretos con el nombre de leyes raciales: lisa y llanamente, persecución de los judíos italianos como criminal obsecuencia a su jefe, Adolfo Hitler. Y fue más allá: entre 1943 y 1945 fue cómplice de la deportación de judíos que todavía vivían en Italia, a los campos de exterminio. Y en la Risiera di San Sabba, cerca de Trieste, fue establecido un campo de concentración con el consiguiente y monstruoso libreto: asesinato y paso de los cadáveres a un horno crematorio. Canallescos esfuerzos de Mussolini para lograr, si no la devoción, el respeto de Hitler, que jamás lo consideró un aliado útil, y se burló de la presunta falta de coraje del soldado italiano. En suma, un socio de los que se usan y se tiran.

Se acerca el último acto. Alemania está derrotada. El rey Vittorio Emanuele cita a Mussolini, lo destituye, lo reemplaza con el general Pietro Badoglio y le garantiza inmunidad. Il Duce se siente a salvo. Una escolta de carabineros lo hace subir a una ambulancia de la Cruz Roja. El tirano pregunta por qué, y adónde va. La respuesta es vaga:

–Por su propia seguridad.

Lo llevan a la isla La Maddalena –litoral toscano–, y luego al hotel Campo Imperatore, en los Apeninos del Gran Sasso. Italia firma un armisticio de los aliados. El país se hunde en una guerra civil. El rey, su familia y Badoglio huyen a Apulia, se instalan bajo el paraguas de las fuerzas vencedoras y le declaran la guerra a Alemania. Pero fuerzas de la Wehrmatch entran a saco en Italia, toman las principales ciudades y desarman a las tropas casi sin encontrar resistencia.

Pero a la tragedia le falta su peor cara final: el grotesco. Un comando alemán de paracaidistas libera a Mussolini y lo lleva a Alemania. Hitler lo recibe y le propone –manotón de ahogado– formar una república fascista en las zonas aun no ocupadas por los alemanes. Il Duce imagina un nuevo amanecer: anuncia por radio el renacimiento del Partido Fascista Republicano. En verdad, un gobierno títere del Tercer Reich fijado en Saló, sobre el lago de Garda: la misérrima, pero de ostentoso nombre, República de Saló. La nada misma.

El 8 de mayo de 1945 se derrumba el delirio del Reich que duraría mil años. Mussolini, disfrazado de soldado, huye. Sube a un tren alemán con Clara Petacci y su hermano Marcello. Simulan ser un cónsul español y su mujer. Pero a las seis de la mañana del 27 de abril, cerca de Dongo, zona de la Lombardía, un grupo de partisanos comunistas de la Brigada Garibaldi detiene el tren y desaloja a todos los pasajeros.

Hay un canje: alemanes por italianos. Sin embargo, a las siete de la tarde, cuando el Duce parece a salvo, el partisano Giussepe Negri lo reconoce. La noticia llega a Milán, y el Comité de Liberación Nacional decide fusilarlo “como a un perro rabioso”. Otro grupo de partisanos comunistas dirigidos por Walter Audisio lleva a los amantes, en un Fiat 1100, hasta la aldea de Giulino de Mezzegra, ante las puertas de Villa Belmonte, y a las cuatro y diez de la tarde –hora local– del 28 de abril de 1945, los abaten con una ráfaga de metralla.

Los cadáveres son llevados a Milán en un camión. El 29, en la Plaza Loreto, una muchedumbre los ultraja (piedras, palos, escupidas). Policías, partisanos y bomberos los cuelgan cabeza abajo en una gasolinera: el mismo lugar donde meses atrás fueron colgados los cadáveres de quince partisanos.

Enterrado en una tumbas anónima, su cuerpo fue robado por un grupo de neofascistas. Pero desde 1957 yace en la capilla de Predappio: su pueblo natal.

Colgado de los pies como un animal desangrándose, y golpeado hasta el punto de lo irreconocible, el cuerpo de quien fue Mariscal del Imperio y lució veintitrés condecoraciones en sus uniformes, dicta todavía –y acaso lo hará por siglos– una lección para todos los tiranos que hicieron del poder su coto de caza, de la tortura y el asesinato su método, y de su trono en la tierra el sitial de un dios.