Alfredo Maldonado: Las apariencias engañan

O no, dependiendo de qué para quien cuando. Son muy estimadas, por los políticos. Y por gente como usted y como yo. Por ejemplo, hace un montón de años tuve un Mercedes Benz. Con mi calva prematura, gruesos lentes de miope de toda la vida, traje oscuro y corbata, quienes miraban a través del vidrio plano del 280 S, hubiesen pensado que era rico o, como mínimo, abogado o médico de gran éxito y elevados honorarios.

Pero no, el Mercedes lo tenía por un arreglo con la compañía publicitaria en la cual trabajaba en vez de mejor salario. No era rico, era dueño de un carro de lujo a pedacitos. Años después tuve un Conquistador, ¿los recuerdan?, aquellos dos puertas que eran Lincoln en Estados Unidos y tan lujosos que provocaba bajar el vidrio (tenía dos) de la puerta y escupir al carro que estuviese al lado en la cola en la autopista. Sólo los muy ricos podían comprar y usar un Conquistador, yo sólo tuve la suerte de que la compañía donde trabajaba había comprado uno, pero cuando me fui tuve que dejarlo, los ricos eran ellos, yo sólo disfrutaba una apariencia.

Usted ve por ahí hombres muy elegantemente vestidos pero son imbéciles, vestirse bien es sólo una apariencia. O Presidentes que para hacer creer a la gente que han hecho o están haciendo bien lo que es una labor desastrosa, aseguran que todo va muy bien, viajan a costa del Estado y se reúnen con otros mandatarios con la habilidad de declarar grandilocuencias a los medios, vacíos con flores que los medios difunden.

O como el Presidente cubano que viaja hasta Rusia en un avión iraní que es de Conviasa porque el arruinado régimen habanero no tiene fondos ni crédito suficientes para pagar ese costo a Cubana de Aviación, lo paga Venezuela a la cual no le sobra el dinero pero algo tiene que hacer con el avión presuntamente recibido de una empresa iraní sancionada.

Los políticos son maestros en diseñar objetivos que a todos interesan pero que ellos jamás cumplirán, y diseñar todo un entramado de apariencias. Claro, algunas eficientes porque a poderes determinados les interesa que la gente crea que ellos creen, como las elecciones democráticas que el Presidente venezolano actual se propone realizar, en las cuales él será declarado ganador y reelecto no importa quién reciba más votos, y que la Casa Blanca y gobiernos de Europa dirán que fueron elecciones libres y justas y que el Presidente ha sido de verdad electo con entusiasmo por uno de los pueblos más hambrientos, abandonados y frustrados del mundo, a quien ese Presidente que quiere reelegirse con complicidad internacional miente todos los días, porque a esos gobiernos les interesa que las cosas se tranquilicen y puedan recibir petróleo y gas con certeza y precios acordados, y sin que se les alborote el coroto.

Lo malo es que las apariencias necesitan algo de realidad, sea un buen carro o una vestimenta elegante, o que se hable con los sueños de la gente por delante, como hacía Chávez y como hacen los políticos actuales en la oposición, que aseguran nuevamente que derribarán y castigarán al régimen castromadurista y restaurarán la democracia y la prosperidad en Venezuela, como si fueran magos como Mandrake o santos benditos y milagrosos del Señor, si bien hay que reconocer que aún quedan pendejos que les creen como si ciertos dirigentes políticos fueran el genio de Aladino. Pero no son tales, sólo son manipuladores de las apariencias.

Por ejemplo, Leopoldo López aseguró que daba un golpe de estado para derribar a la dictadura castromadurista, y lo único que logró derribar fue la figura esperanzadora de Juan Guaidó y las carreras de unos pocos oficiales de bajo nivel que soñaron, le creyeron y terminaron presos.

O Julio Borges, quien aseguró ser una especie de Canciller de Juan Guaidó mientras le asaltaban Monómeros en las narices, aunque con mejores apariencias que aquella realidad cuando un coronel uniformado se le insolentó en la Asamblea Nacional y no le dio un carajazo porque Borges se retiró a tiempo, ésa no fue una apariencia, fue una realidad. O como aquél ex Canciller de Venezuela, ex Ministro de Petróleo, presunto experto en materia de energía y embajador personal de Guaidó en Bogotá, quien sólo se enteró del despiporre de los jefes opositores en Monómeros porque un día fue a una reunión de la compañía y se encontró con Manuel Rosales sentado en la sala de juntas y exigiendo beneficios que no podía exigir pero le daban.

Son ahora los estadounidenses y algunos europeos los que le están tejiendo apariencias a Nicolás Maduro, no por fe en el Gobierno actual sino por la realidad que les impone la locura de Vladimir Putin en Rusia, quien creyó en las propias apariencias de una Rusia que se está quedando destrozada, herida, arruinada y muerta en los campos de Ucrania.

El petróleo y el poco gas que produzca la PDVSA desvencijada del castromadurismo poco significan para la provisión y reservas energéticas de Estados Unidos y Europa, con los países árabes discutiendo de tu a tu precios y entregas con los grandes usuarios y con Qatar produciendo ya casi el 20 % del gas que consume Europa. Otorgar licencias a algunas compañías multinacionales para regresar al petróleo venezolano, es sólo otra apariencia que envuelve a Nicolás Maduro y sus acompañantes.

Estaremos pendientes de las apariencias, tanto las que se discuten en México como las de esa apariencia que han dado en llamar Plataforma Unitaria. De repente y tal, hasta vamos a votar nada más que para tener algo de qué quejarnos con nuestros amigos o por llevarle la contraria a Daniel Lara Farías y su compinche bebedor –degustador, en realidad- de whisky escocés Nehomar Hernández.