La caída del Sha de Irán, el rey que manejó el poder entre millones, piedras preciosas y lujos extravagantes

La caída del Sha de Irán, el rey que manejó el poder entre millones, piedras preciosas y lujos extravagantes

Para muchos iraníes, su rey siempre había sido un títere de las potencias mundiales. Alcanzaba con recordar su acceso al trono. Lo hizo a los 22 años en 1941 y porque los ingleses obligaron a abdicar a su padre por sus simpatías con Hitler (Alain Nogues/Sygma/Sygma via Getty Images)

 

Un avión espera partir con rumbo incierto. Antes de abordarlo avión, un soldado se acerca e intenta besar los zapatos de Mohammad Reza Pahlevi pero el monarca, quizá en un último gesto de autoridad, se lo impide. Mira por última vez esa tierra que no sabe pero intuye jamás volverá a mirar. El rey mimado por Occidente se sabe ahora un apátrida. Ese 16 de enero de 1979 terminaban 37 años de reinado pero también una monarquía que había cumplido 2500 años.

Por infobae.com





Apenas el avión despegó las calles de Teherán se llenaron de iraníes que festejaban la caída del sha. En la plaza de Sepagh, un grupo enlazó la estatua de Reza Khane, padre del monarca y fundador de la dinastía, que terminó rota en mil pedazos estrellada contra el suelo. No solo se rompía una estatua, también finalizaba el intento de occidentalización que se había querido imponer a una nación que elegía permanecer aferrada a sus tradiciones. Una nación que se sabía rica pero llena de pobres.

La caída del sha

Para muchos iraníes, su rey siempre había sido un títere de las potencias mundiales. Alcanzaba con recordar su acceso al trono. Lo hizo a los 22 años en 1941 y porque los ingleses obligaron a abdicar a su padre por sus simpatías con Hitler. “Nosotros lo pusimos, nosotros lo quitamos”, explicó certero pero poco diplomático el entonces primer ministro británico Winston Churchill.

Reza Pahlevi se coronó en una fastuosa ceremonia a la que asistieron líderes de todo el mundo. Se sentó en el llamado ‘Trono del pavo real’ donde relucían 27.000 piedras preciosas engarzadas en oro y lució una corona engarzada con 3380 piedras preciosas. Asumió con una promesa “darle pan a mi pueblo”.

Tres décadas después mientras gran parte de los iraníes vivían en la pobreza, su monarca se había convertido en uno de los hombres más ricos del mundo. Se sabía y no eran rumores que era dueño de varias propiedades en el Reino Unido y las islas Seychelles, de una casa de 52 habitaciones en Biarritz y de un edificio de 35 pisos en Manhattan. Su desmesura o su fortuna era tal que para un aniversario, a su esposa Farah Diba, le regaló un globo terráqueo realizado con 37 kilos de oro puro y con 51366 piedras preciosas incrustadas. Mientras tanto los obreros que trabajaban en los pozos petroleros cobraban 50 céntimos de dólar por jornada.

Intentando modernizar su país, el sha permitió el sufragio femenino; prohibió el uso del velo obligatorio; construyó centros comerciales; creó grandes infraestructuras en Teherán y equipó al ejército con las más modernas armas occidentales. Aunque muchas medidas eran progresistas, el modo de implementarlas era terrorífico. La Savak era el servicio parapolicial, organizado por la CIA de Estados Unidos. Sus 15 mil agentes se infiltraban en todas las esferas de la sociedad civil iraní, centros de trabajo, organizaciones políticas, sociales y religiosas o universidades, incluso espiaban a los que estudiaban fuero del país. Confiscaciones de bienes, retirada de pasaportes, pérdida de puestos de trabajo, tortura e incluso la muerte era lo que recibían los que aparecían señalados como opositores al sha.

A mediados de los 70, Irán comenzó a sufrir una inflación acelerada. La solución aplicada por el monarca fue congelar el crédito, lo cual frenó emprendimientos que podían ayudar a la población y creció el descontento. Mientras, desde su exilio en París el ayatolá Jomeini lograba el apoyo de un número cada vez mayor de iraníes que veían la occidentalización propuesta por su monarca como un insulto al islam. Sus discursos y sermones, grabados en cientos de casetes que circulaban clandestinamente por el país, eran escuchados por los campesinos, los estudiantes, los obreros, los desheredados de esa nación rica pero llena de pobres. Las ideas del ayatolá se habían convertido en el principal rival político del omnipotente sha y ni la Savak podía acallarlas.

Crisis en Irán

En el otoño del 78, la situación se volvía cada vez más insostenible. Jomeini a través de sus clérigos comenzó a digitar la vida política y a preparar la insurrección. Irán se volvió ingobernable, solo la guardia imperial permanecía fiel al sha.

El 16 de enero de 1979, el sha siguió el único camino que podía seguir: marchó al exilio, aunque aseguró que se “iba de vacaciones”. Mientras Jomeini volvía a su país, el sha y su familia partían para nunca más volver. La familia real comenzó su propio peregrinar. No sabían que también iniciaban la llamada “maldición de los Pahlevi”.

El hombre mimado por Occidente pasó a ser un apátrida. El primero en ofrecerles asilo fue Rainiero de Mónaco. “Fue una sorpresa, porque no éramos grandes amigos, pero finalmente el Gobierno de Francia no se lo permitió”, recordaría Farah. Aterrizaron en Marruecos como huéspedes del rey Hasan II. De allí partieron a las Bahamas. En junio de 1979 llegaron a México gracias a la presión del gobierno y empresarios estadounidenses. El diario The Washington Post publicó en su momento que Henry Kissinger apremió durante meses al gobierno del entonces presidente mexicano José López Portillo para que le diera la visa de residencia temporal al emperador derrocado y su familia.

Se instaló en Cuernavaca donde intentó pasar desapercibido a pesar de estar siempre rodeado de un equipo de seguridad de más de 70 personas. De esa época trascendió la anécdota de una cena en honor del sha que fue organizada en Casa Morelos –la residencia oficial del estado- que se preparó durante semanas con la asesoría de chefs estadounidenses y con alimentos y vinos comprados en el extranjero y trasladados a México en avión privado. El menú incluía cuatro tiempos: ofrecía carne, pescado, champagne y los maridajes de vino adecuados para cada platillo.

El sha llegó enfermo y lo único que pidió comer fue un yogurt con berries. El problema fue encontrar un recipiente de plata para servirle la cena. Por la hora era ya casi imposible ir a comprarlo en algún lugar, por lo que se improvisó un tazón de plata que alguien tenía para poner cigarros. Lo lavaron, desinfectaron y ahí le sirvieron el yogurt.

En busca de refugio

La estadía duró poco. Enfermo de cáncer, dolencia que le fue diagnosticada en 1974 pero que mantuvo tan en secreto que ni la CIA lo sabía, le suplicó al entonces presidente estadounidense Jimmy Carter que le permitiera operarse en EEUU. Consiguió eso pero no la estadía, cuando quiso volver a México, no se lo permitieron. Allá donde iba, causaba rechazo: en Panamá, puso al general Torrijos en serios aprietos. Es que el flamante régimen islámico de Irán consideraba un acto de hostilidad en contra de su país abrirle las puertas. Ningún país quería enemistarse con los nuevas autoridades y sobre todo, perder a su principal abastecedor de petróleo.

El 24 de marzo de 1980 arribó a Egipto, hogar del que llamó su “único amigo”, el presidente Anuar el Sadat. Gravemente enfermo, fue transportado en helicóptero al hospital de Meadi donde le extirparon el bazo. Comenzó una larga convalecencia en el palacio de Kubbeh, en la capital egipcia, cuidado por su esposa y sus cuatro hijos. Pero su estado se agravó.

Murió el 27 de julio de 1980. No hubo flores, homenajes ni pompas ni funeral de estado. No lo despidieron presidentes, monarcas ni primeros ministros apenas unos pocos embajadores. Fue enterrado en la misma mezquita junto a los restos de otro rey depuesto: Faruk de Egipto. “El vampiro del siglo ha muerto”, titulaba el Teheran Times anunciando su muerte y otra vez miles de personas salieron a las calles a agradecer a Alá la partida del último emperador.

No fue la única vez que la muerte visitaría a los Pahlevi. En 2001, la princesa Leila moría en Londres tras haber ingerido una mezcla de medicamentos y cocaína. Su madre intentó explicar lo inexplicable. Aseguró que su hija “exiliada a la edad de 9 años, no se recuperó nunca de la muerte de su padre”. Diez años más tarde “la maldición” alcanzaría también al príncipe Ali Reza Pahlevi, que se quitó la vida en Boston.

El destino de su fortuna

Qué pasó con una de las fortunas más grandes del mundo nunca se supo. Algunos analistas la estimaban entre 2.000 y 20.000 millones de dólares. La discrepancia no es por ser malos en matemática sino porque los ingresos tenían que ver con las exportaciones petroleras en Irán y el aprovechamiento personal que hacía de esa riqueza el sha. Según The Washington Post aunque nunca se pudo comprobar, el principal instrumento de su fortuna tanto en su país como en el extranjero se debe a la Fundación Pahlavi, aparentemente una organización benéfica pero en la práctica una casa de inversión rentable con participación en bancos, hoteles, casinos, emprendimientos industriales y mineros, empresas agrícolas, constructoras y empresas comerciales. Por ejemplo, era dueña del 10 por ciento de una empresa conjunta en Irán con General Motors para ensamblar autos y del Bank Omran, el quinto banco comercial más grande del país.

En una entrevista en Vanity Fair, Farah Diba aseguró sobre su fortuna que se “escribieron muchas mentiras sobre eso” y que cuando partió al exilio “no quise llevarme nada. Solo unas botas que en su momento consideré importantes para seguir andando. Mis libros favoritos, un cartel del cantante Sattar que me pidió mi hija Farahnaz y mis joyas personales. Cuando tienes que abandonar tu tierra, tu país, tus amigos, las cosas materiales pierden su valor. También me llevé fotos de mis hijos, pero me encantaría recuperar las de mis viajes por Irán. Hace poco me escribieron de palacio (actualmente es un museo y se puede visitar) para decirme: “Majestad, no se preocupe, todas sus cosas están aquí”. También aseguró que vendió joyas y pidió ayuda a sus amigos para poder sobrevivir. Hizo estas declaraciones en su piso de París con vistas al Sena y al Grand Palais y llena de obras de arte como una pintura de Miró.

En sus últimos días el sha también negó su fortuna. En una entrevista en un hospital de Nueva York meses antes de su muerte aseguró que no superaba los 100 millones de dólares y que con los gastos de exilio podría haberse reducido a unos 50 millones de dólares. Poco o mucho para un hombre que gozó de dinero y poder pero que sin embargo no cumplió su promesa de llevar el pan a su gente.