Gehard Cartay Ramírez: Cierta izquierda y sus solidaridades automáticas

Los días 01 y 03 de febrero de 1989 apareció publicado en “El Nacional” y “2001” un remitido firmado por casi un millar de intelectuales y artistas venezolanos dando una muy entusiasta bienvenida al dictador cubano Fidel Castro, invitado especial a la segunda juramentación de Carlos Andrés Pérez como presidente de la República.

Aquellas eran unas escasas líneas totalmente contrarias a la verdad de los hechos, no sólo por lo que concernía a Castro como persona y como gobernante, sino también en cuanto a la desgraciada realidad que vive Cuba desde 1959, cada vez más pobre y esclavizada por una camarilla criminal, corrupta y opresora.

Leer aquel texto ahora, 34 años después, nos revela la solidaridad automática que animó entonces a sus firmantes, la mayoría de los cuales seguramente no comparten hoy aquellos ditirambos en favor de Fidel Castro y su tiranía dinosáurica. Muchos, incluso, en la actualidad son férreos opositores al régimen chavomadurista, inspirado y manejado por el castrocomunismo cubano, como bien sabemos. Muchos de ellos seguramente han cambiado de opinión frente a la dictadura cubana, como tantas otras figuras de la izquierda mundial.

Los que sí no aparecieron entonces firmando compendio de mentiras son algunos de los que ahora encabezan el actual régimen venezolano, pero no por razones de edad pues ninguno era un niño por aquellos años. No lo firmaron Maduro o Cabello, ni ningún otro de los que conforman la cúpula del régimen.

He aquí el texto completo de aquel disparate:

“Nosotros, intelectuales y artistas venezolanos, al saludar su visita a nuestro país, queremos expresarle públicamente nuestro respeto hacia lo que usted, como conductor fundamental de la Revolución Cubana, ha logrado a favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina.

En esta hora dramática del Continente, sólo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos.

Hace 30 años vino usted a Venezuela, inmediatamente después de una victoria ejemplar sobre la tiranía, la corrupción y el vasallaje. Entonces fue recibido por nuestro pueblo como sólo se agasaja a un héroe que encarna y simboliza el ideal colectivo.

Hoy, desde el seno de ese mismo pueblo, afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria”.

Si traigo a colación este muestrario de falsedades hiperbólicas es porque, definitivamente, resulta muy cierto aquello de que “nadie experimenta en cabeza ajena”. En ese entonces, a esos abajo firmantes no les conmovía el sufrimiento y la opresión del pueblo cubano. Hoy, cuando Venezuela padece una experiencia parecida a la tragedia cubana de entonces y de ahora –e inducida por ella, además–, a muchos de ellos sí les importa nuestro caso, como es natural. Sin embargo, a ciertos izquierdistas de otras latitudes no les afecta, como no les importó tampoco la tragedia de Cuba a los saludadores venezolanos de Castro en 1989.

Por supuesto que nadie puede negarles su derecho a cambiar de opinión luego de aquel episodio, lo cual, por lo demás, resultaría normal y lógico. La repetida frase de que “sólo los idiotas no cambian de opinión” bien puede aplicarse en esta circunstancia.

Ese no es el punto, en todo caso. Lo que me interesa destacar ahora es que aquel remitido ponía de manifiesto entonces lo que ahora padecemos los demócratas venezolanos: la solidaridad automática de cierta izquierda mundial con las dictaduras que asumen tal etiqueta, por lo cual nunca son asesinas, ni empobrecen al pueblo, ni violan los derechos humanos, ni son corruptas y siempre son mejores que las democracias “burguesas”, todo ello en virtud de que su carácter izquierdista las dota de una supuesta “superioridad moral” por el sólo hecho de serlo. Todo lo cual concluye siempre en que sus críticos son derechistas, fascistas, imperialistas, reaccionarios, oligarcas, etc., etcétera.

Lo mismo sucede con todo aquel gobierno que sea anti Estados Unidos. Por el sólo hecho de serlo, esa izquierda inmediatamente se muestra solidaria, sin analizar a fondo la cuestión, sino atendiendo a un simple prejuicio. Imagino que hubieran actuado igual frente a Hitler, cuando el presidente Roosevelt le declaró la guerra, si no hubiera sido porque en aquel momento se había roto el pacto del dictador nazi con Stalin, el dictador comunista soviético. Pero luego lo hicieron cuando, en su momento, se solidarizaron con Hussein, Gadafi o los ayatolas iraníes. Hoy lo hacen defendiendo a un genocida y criminal como Vladimir Putin.

Algo parecido sucede con esa izquierda “feminista” que sólo critica a las naciones occidentales cuando se registra alguna actitud contra el género femenino, pero callan cuando se denuncian los crímenes de algunos estados musulmanes contra las mujeres. Otro tanto pasa con el izquierdismo ambientalista: en su momento denunciaron a Bolsonaro por crímenes contra el Amazonas brasileño, pero guardan silencio cómplice ante el descomunal ecocidio de Maduro en el llamado Arco Minero de Venezuela, zona protegida desde hace varios años, y hoy saqueada y destruida por los socios criminales del actual régimen.

Son solidaridades automáticas y, por tanto, irracionales, dictadas por un maniqueísmo extremo e ideologizado, según el cual todo lo que sea “izquierdista” es bueno y todo lo que sea “derechista” o de “centro” es malo. Por estos días se repite esa situación, a propósito de la reunión en Buenos Aires de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), donde Lula, Fernández, Petro y Arce han protegido y defendido a los regímenes opresores de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Y la razón de tal crimen es una sola: la solidaridad automática entre los gobiernos izquierdistas del continente.