Ramon Peña: Una cruenta mentira

Ayer se cumplieron 20 años de la invasión de EE.UU. a Irak y su ocupación militar durante nueve años. Un capítulo que dejó un saldo de muerte de más de 300 mil iraquíes, 5 mil soldados norteamericanos, un costo de 815 millardos de dólares, la desestabilización política del medio oriente y la insurgencia del terrorismo jihadista (ISIS).

El casus belli invocado por el presidente George W. Bush (GWB) para esta conflagración fue “neutralizar el arsenal de armas de destrucción masiva con el cual el presidente Saddam Hussein amenazaba, incluso a EE.UU.”, además de liberar a Irak de Hussein y llevar democracia al oriente medio.

Días antes, el 14/2/2003, Hans Blix, director de la Agencia Internacional de Energía Atómica había informado al Consejo de Seguridad de ONU que luego de monitoreo, verificación e inspección, “no habían encontrado tales armas de destrucción masiva, solo un pequeño número de municiones químicas vacías



La causa real de esta conflagración, de funestas consecuencias en todos los planos, continúa intrigando a historiadores, analistas políticos y académicos, no hallándose entre todas las hipótesis, alguna que satisfaga requisitos de racionalidad, política o militar. Económicamente, no era convincente un supuesto interés en el petróleo iraquí.

En cuanto al ataque terrorista del 11/9, como posible motivo, ya se había determinado que no existía vínculo alguno con Irak, aunque este ataque fue desmoralizante y EE.UU. necesitaba rehacer status de gran potencia…

Una decisión que no sabemos si casual o reflexionada: 10 meses antes de la invasión, en mayo de 2002, GWB renunció a incorporar a EE.UU. al tratado de la Corte Internacional de Justicia creada para juzgar a personas por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Es decir, EE.UU. no reconoció la jurisdicción del tribunal.

Cualquiera que fuese la causa real, prevalece una brutal mentira por la cual nunca se rindió cuenta ante el pueblo iraquí, ni ante la sociedad norteamericana, ni ante el mundo.