El peligroso viaje “en la mano de Dios” de una familia venezolana que cruzó a EEUU

El peligroso viaje “en la mano de Dios” de una familia venezolana que cruzó a EEUU

El solicitante de asilo venezolano Luis López habla con The Associated Press, mientras su esposa, Oriana Marcano, y su hija Amaloha López escuchan en El Paso, Texas, el viernes 12 de mayo de 2023. Cuando López se perdió en el Tapón de Darién en Panamá el año pasado con su hija embarazada esposa, sus dos hijos y su abuela, a menudo se arrodillaba en el barro para rogar a Dios que no los abandonara. (Foto AP/Andrés Leighton)

 

 

Cuando Luis López se perdió el año pasado en el Tapón del Darién con su esposa, entonces embarazada de siete meses, sus dos hijos pequeños y la abuela de ella, se arrodilló en el lodo para suplicar a Dios que no les abandonara.





Por Giovanna Dell’Orto | The Associated Press

“Si fui malo déjame morir aquí, pero yo llego con mi familia”, recordó el viernes el solicitante de asilo venezolano, de 34 años, sobre sus plegarias. Ahora en El Paso, la familia ha encontrado cobijo con la diócesis católica local.

Pero “la selva”, como llaman muchos migrantes a ese tramo especialmente peligroso de su viaje desde América del Sur a Estados Unidos, volvió a golpearles hace dos semanas.

La hermana de López le llamó entre lágrimas. También ella había tenido que huir y ahora estaba atrapada en la selva con su madre de 68 años, que había sufrido heridas graves en una caída tratando de huir de hombres armados.

Las dos mujeres, rescatadas por la policía panameña de fronteras, están ahora camino de Texas. No saben cómo cruzarán a Estados Unidos, ya que las nuevas restricciones sobre el asilo entraron en vigencia el pasado jueves con el levantamiento de las normas migratorias de la pandemia conocidas como Título 42.

Aunque el gobierno del presidente de EEUU, Joe Biden, ha presentado la nueva política como una forma de estabilizar la región fronteriza y disuadir a la inmigración ilegal, miles de personas siguen emigrando para huir de la pobreza, la violencia y la persecución política en sus países.

“La frontera y lo que ocurre en la frontera no es la causa del problema asociado con la inmigración, es un síntoma de un sistema roto en muchos aspectos”, dijo el obispo de El Paso Mark Seitz, que ayudó a la familia López desde que llegaron al refugio en una propiedad diocesana en septiembre pasado.

Aunque en la selva apenas les quedaba una última bolsa de avena mezclada con agua del río, López sabía que no podían regresar a Venezuela, donde había recibido amenazas de muerte tras dejar de trabajar para funcionarios del gobierno.

“Me decían ‘muerte a los traidores’”, recordó de las llamadas telefónicas y visitas de hombres armados que comenzaron la primavera pasada.

Cuando las amenazas se extendieron a su hermana, su exesposa y sus dos hijos, López vendió su empresa de camiones y salió hacia Colombia y después Centroamérica. Un contrabandista se quedó con todos sus ahorros a cambio de llevarlos en barco para evitar el Tapón del Darién, pero en lugar de eso los llevó directamente a la selva.

Allí encontraron cadáveres y bandidos armados, y trataron de consolar a cuatro mujeres a las que encontraron llorando cerca del camino porque acababan de violarlas, dijo López.

Cuando se perdieron, recibieron indicaciones de otros migrantes que se habían ocultado entre la densa vegetación pero respondieron a sus gritos de auxilio. López se enfrentó al contrabandista y entró en shock, desvanecido junto a un arroyo.

“Los hijos gritaban ‘¡mami, mi papá!’. Mi única solución fue arrodillarme, ‘Dios mío no me lo lleve’”, relató Oriana Marcano, de 29 años.

Una vez que lograron salir, continuaron enfrentado el riesgo de robos, extorsión y devoluciones en Centroamérica y México. “Lastimosamente, la selva no es todo”, dijo López.

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