Guido Sosola: Entrevista con el político del agujero en el zapato

Guido Sosola @SosolaGuido

Hace poco, apreciamos en las redes digitales todo un espectáculo político que apunta a la falta de decoro y a la insolente mentira con la que hemos aprendido increíblemente a convivir. Quizá nos encaminemos hacia el definitivo suicidio cívico del que no encontramos más que rastros circunstanciales de apelar a los ensayos históricos y a las viejas crónicas de Manuel Rojas Poleo, Martín Garbán, o Pablo Azuaje.

Cosa de un par de semanas atras, hubo un acto de características muy particulares: el de la AD que se metió en las elecciones parlamentarias del 2020 y, faltando poco, se hizo de todas las sedes oficiales del partido;  la que soporta resignada la ineludible intervención de Martínez y una segura candidatura presidencial que tendrá que calarse Bernabé, es la misma que presentó a la perseguidísima  exgobernadora del Táchira que hizo gala de un verbo de excesos sectarios para caricaturizar el discurso histórico adeco. Y, además,  tan excesivo que la Gómez mandó al Gutiérrez a quitarse la corbata incurriendo en una hazaña del auto-sobredimensionamiento y la imprudencia.

Todo el mundo sabe lo que ocurre con los adecos, así que se trató de un sainete. Fingir una fiesta aniversaria de lado y lado, no es fácil. Sin embargo,  éstas u otras circunstancias deben motivar una profunda reflexión de propios y extraños, sobre todo, entre los más jóvenes que están en el deber de levantar las más sanas convicciones, enarbolar ideales por los cuales luchar en una vida que no es nada larga como pudieran creer, gracias a esa ilusión de inmoralidad tan propia de la edad.





E, incluso, intentar descubrir si todo siempre fue así para enterarse que los líderes políticos que tuvimos, desde los más diversos flancos ideológicos, aportaron un inmenso testimonio  de vida.  Significa, por ejemplo, hacer un ejercicio entre quienes sienten o dicen sentir vocación por la política: averigüen qué es una hemeroteca y vayan a consultar; nada mejor que tomar una entrevista hecha a determinado dirigente partidista o gremial, años o décadas atrás, y no lean las respuestas; intenten ustedes responder esas preguntas de forma y de fondo, tomándose su tiempo para indagar en torno al pasado contexto; procure entender al entrevistador, evaluando su calidad y competencia:  y, finalmente, después compare sus respuestas. Y de hacer este ejercicio entre varios, hagan esa evaluación una semana después, e invite a una persona mayor, preferiblemente conocedora de la historia y de la política, para conversar en torno al asunto, así sea mediante una sesión de Zoom de cuarenta minutos renovables.

Luis Pinerúa ¡Correcto!

Inevitable, me pregunté por el líder adeco de peor fama que tuvimos en el país y, entre varios,  recordé a Luis Piñerúa Ordaz, el candidato presidencial que también fue objeto de burlas hacia 1978, aunque poco le faltó para ganar el torneo.  Acotemos, al negarse a debatir con su principal contendor, e, incluso, faltando a la serie de entrevistas que organizó el Papel Literario de El Nacional en relación a las propuestas de política cultural,  se dijo mucho del inculto adeco que fielmente representaba, torpe, bruto, ignorante.

Constaté entre mis papeles la trayectoria de quien fuera presidente del IAN, gobernador de Monagas y parlamentario, desde los años sesenta del veinte, ratificando mi percepción sobre el hombre diligente, probo, inteligente y muy modesto que recibió la confianza, toda la confianza, ni más ni menos, que de Rómulo Betancourt. Algún talento político debió tener, me dije, al esforzarse como candidato presidencial con un slogan que recorrió el país de punta a punta: “Piñerúa, ¡correcto!”.

Conversé con un terquísimo adeco ahora cincuentón que lo conoció y trató, porque a Luis le angustiaba el futuro del partido bajo el régimen que asomaba ferozmente sus rasgos, y solicitaba la opinión personal de los otrora jóvenes de la organización al despuntar el presente siglo.  Mi contertulio recordó que el suyo, en una ocasión, llegó a un acto partidista con un pie mojado, pues, no podía disimular el agujero en el zapato de la Caracas lluviosa de aquellos días. 

He conseguido una entrevista que le hiciera una de las mejores revistas políticas que hemos tenido en Venezuela, por 1975, en la que habló con dominio y seguridad de distintos tópicos, después de ejercer por diez meses el ministerio de Relaciones Interiores, cartera a la que renunció para reincorporarse a las labores del partido en vísperas de su convención nacional. Por entonces, alertaba sobre tres áreas muy críticas, delicadas y trascendentes, como el alto costo de la vida, el destino de los ingresos petroleros adicionales, y la controversia con Colombia para la delimitación de las áreas marinas y submarinas. No obstante,  Jorge Olavarría, el entrevistador, quiso forzarlo yendo al grano respecto a un tema de alto y peligroso calibre por esos días: “¿Aspira Usted a ser nominado candidato presidencial por Acción Democrática a la Presidencia de la República en las elecciones de 1978? ¿Sí o no?”.

Moralina aparte

Imaginamos al entrevistado tomando una bocanada de aire para una respuesta paciente al editor que conoce bien, ambos con muchos años de lidia política encima. Valga la larga cita: “MI respuesta es que no hay candidato por generación espontánea, ni mucho menos por voluntad propia.  El candidato presidencial debe ser producto del consenso, y no de consenso partidista sino de consenso nacional. Por lo tanto, yo espero que Convención de Acción Democrática de 1978, que es el organismo que a a decidir sobre la materia, interprete el sentir popular y en función de eso tome su decisión. De modo que sería, no sólo atrevido sino absolutamente extemporáneo predecir quién va a ser candidato presidencial. Eso Acción Democrática lo hará, repito, consultando las circunstancias del momento, y sobre todo las aspiraciones que sobre el particular tenga. Y las condiciones que el momento exija para el candidato presidencial. De modo que planteada así las cosas, creo que ni yo ni nadie podría en estos momentos decir si va a ser o no candidato presidencial de Acción Democrática” (Resumen, Caracas, nr. 65 del 03/02/1975: https://apuntaje.blogspot.com/2023/09/las-otras-circunstancias-politicas.html).

Seguramente, por entonces, estuvo muy generalizada la crítica a la utrapartidización de la vida pública dada la experiencia del prematuro lanzamiento y desarrollo de la campaña encaminada hacia 1973, pero Olavarría también alegó la conveniencia de saber prontamente de los candidatos presidenciales para 1978, a objeto de liberar tensiones en los partidos y en la sociedad; eso es, no dio ocasión a la moralina que cundió más tarde al país.  Y, aunque ya había adelantado su opinión al respecto, Piñerúa Ordaz no mordió el anzuelo y tajantemente no compartió esa opinión recordando el trauma de una lucha prematura por la candidatura, como había ocurrido con AD; paraliza las actividades del país, incluyendo la económica; además, él mismo propuso en la Comisión que estudió la reforma de la Ley Orgánica del Sufragio que las nominaciones presidenciales de los partidos, fuesen aprobadas en el mismo año electoral. 

El tuerto de esta hora

Nota obligada, nadie concibe hoy que una persona que haya ocupado altas funciones de Estado, no tenga carro propio y ande en zapatos viejos: el promedio de los que tuvieron la suerte de jubilarse como parlamentarios, hoy, viven en condiciones materialmente precarias, y, más de las veces, en viviendas deterioradas luego que pudieron pagarla por más de veinte años, cuando el préstamo hipotecario constituyó un fenómeno universal en Venezuela. De los políticos del siglo XX se hizo un escandaloso como exitoso estereotipo que juraron combatir aquellos que los reemplazaron en la presente centuria, por cierto, de una voracidad y vanidad  superiores, saqueadores impunes de los recursos públicos. ¿Quién dice hoy de la renuncia voluntaria a una posición ejecutiva para intentar un objetivo político de incierta realización, por lo demás, extraordinariamente estresante?

La sola construcción gramatical de la declaración contrasta con la del promedio de los líderes políticos del momento, siempre deficientes, aunque se dirá de los tiempos posmodernos dándole igual un balbuceo, un gesto, un silencio, una carcajada. Para todo los demás, existen las redes digitales, los virales de laboratorio, las respuestas por encargo, el torpe afán publicitario que los psicólogos cognitivos decodifican. 

Teniendo tantos partícipes y testigos, una convincente libertad de expresión y difusión, reglas internas claras en los partidos,  cuán difícil era falsificar las realidades propias y las del país, en esa clara distinción lacaniana con lo real.  El más trágico contraste con lo actual es la del dominio de la comedia, perdida las claves del cómo hacer política sin la vestimenta, calzado y accesorios de diseño y confección exclusiva: no faltaba más, en el país lumpemproletarizado, el pequeño-burgués es el tuerto de esta hora. 

Por supuesto, el asunto es inútil para los geógrafos de la banalidad, porque existe una idea demasiado arraigada: hacer política constituye una tarea ornamental, meramente estética, formidablemente aparente. Uno de los mayores obstáculos que deben remontar y superar los auténticos de esta hora tan dura que se resisten a ser una cosa entre las cosas, como dijo alguna vez Ignace Lepp.