León Sarcos: Henry Miller y sus amigos

Cuanto más desabrido se hace el mundo real, cuanto más extraño los años dorados de mi inocencia… El sexo es una de las nueve razones para la reencarnación, las otras ocho no son importantes… La amarga experiencia me ha demostrado que lo que sostiene al mundo es la relación sexual… La Tierra es un gran ser sensible, no es la patria de nadie… Hay que abandonarlo todo y escribir, aun cuando nadie confié en ti                                             

Todas las anteriores son algunas de las centenares de frases recogidas de este gran narrador, que marcó una pauta en su tiempo por irreverente, rebelde, insatisfecho, vehemente y desafiante de todo tipo de autoridad, especialmente con la representación de los modelos y la fe católica.

Siempre te ríes cuando no debes; y ellos te consideran cruel y despiadado, cuando en realidad, eres simplemente resistente y duradero. Pero, si te ríes cuando los otros se ríen y lloras cuando los otros lloran, en ese caso tienes que prepararte para morir como ellos mueren y vivir como ellos viven.

Henry Miller, el dulce encanto de lo obsceno

Nació en Nueva York en 1891. Su narrativa, escrita en un lenguaje desenfadado, crudo, sensual y sin rodeos, solía llamar a las cosas y a las acciones de los seres humanos por su nombre. Hacía patente su espíritu contestatario en una época todavía conservadora de la sociedad estadounidense, que Miller quiso estigmatizar por su hipocresía moral. Por eso tuvo gran influencia en la generación beat, precursores de la rebelión de los sesenta.

Miller fue una novedad en su época. El sexo estaba encorsetado, era tabú, no había alcanzado los grados de libertad que logró en los sesenta y a partir de allí. Fue atrevido, temerario y muy útil para soltar en cadena toda una jerga que el americano común era incapaz de expresar con la valentía y la naturalidad que lo hizo él.

Él mismo se calificó de un lobo solitario y un pene que piensa, tenía demasiado coraje y resistencia para soportar lo peor y eso hay que premiarlo. En la entrada de Trópico de cáncer (1934) se lanza a denostar de todas las cosas que le molestan y anuncia el combate fiero contra el conservadurismo puritano y pacato de la sociedad, que haría que su novela fuera calificada de obscena y por lo tanto prohibida hasta 1961:

Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza. A lo que les parezca. Cantaré para ustedes, desentonando un poco tal vez, pero cantaré. 

El libro de mis amigos

Confieso que leí casi toda su obra, pero me saturó su monotematismo y, de todas sus narraciones, solo quedaron registradas para mi satisfacción personal, por la calidad humana que exhibe en ambas, El coloso de Maroussi (1941), sin duda su mejor novela y El Libro de mis amigos (1978), en el que narra las relaciones fraternales que mantuvo desde los cinco hasta los 21 años.

Hay pasajes de El Libro de mis amigos que reflejan una extraordinaria condición humana, una enorme fuerza de voluntad y una vocación por la escritura y sus amigos digna de los mejores elogios, pero también, sin intenciones moralistas, la importancia que tiene el hecho de recibir una buena y amorosa educación en casa por parte de los jefes de la familia. Cada escritor, su temática y su calidad se anuncia desde la casa.

Todos los personajes descritos por Miller en el relato El Libro de mis amigos, de alguna forma son fáciles de identificar por parte de los lectores, porque de alguna manera nos han acompañado a casi todos en el barrio y en las urbanizaciones donde vivimos la infancia y la juventud antes de entrar a la universidad.

Stanley, mi primer gran amigo

Stasiu fue su primer amigo de verdad. Así le llamaban sus padres, pero nadie se atrevía a llamarlo de esa manera, porque ello equivalía a decirle polaco y él no deseaba que nadie lo tuviera como tal.

A Stanley, el cariño que le demostraba quien fungía de madre, una tía grande y bondadosa parecida a un hipopótamo, lo transmitía en hospitalidad y atenciones también a Henry. Asunto que lo hacía feliz, pues según él, en su casa solo disciplina, reproches y bofetones recibía por parte de su madre. Ella, por su lado, jamás dispensó la más mínima atención a Stanley. Él sería mi amigo entrañable, mi camarada, mi compañero del alma–asegura Miller–.

Stanley, a la edad de siete años, ya apuntaba como el hombre que más tarde escribiría novelas románticas, como él las llamaba. Pero no eran fábulas; el marco de sus relatos era poético, imaginativo y romántico, en esas ocasiones dejaba de ser un golfillo para convertirse en un soñador ansioso por evadirse del ambiente opresivo que le envolvía. 

Le encantaba hablar de países distantes como China, España, Argentina o África. El mar ejercía en él una especial fascinación. Decía que cuando fuera mayor visitaría esas tierras extrañas –diez años después escribiría a Henry haciéndole comentarios de su escritor favorito, Joseph Conrad, también polaco–. 

Según Miller, durante esos años solían sentarse en el escalón del portal de la casa de Stanley, donde este a veces interrumpía para mostrar la crueldad de su tío, que le dejaba sendas cicatrices en su espalda, castigado con el asentador de navajas que usaba en la barbería, y con la cual le perseguía por la calle gritando improperios.

Jugábamos, dice Miller, en el piso de abajo, donde mi abuelo sentado en un taburete confeccionaba abrigos para mi padre, que era sastre, en la sección de sastrería de la Quinta Avenida.

Había un juego con soldaditos de plomo que excitaba al máximo nuestro entusiasmo. En tales casos, gritábamos y chillábamos ‘‘presos de emoción’’ al tiempo que pulverizábamos al enemigo con la artillería. Sin que mi abuelo, imperturbable, se molestara, cosiendo.

Otro rasgo muy marcado de Stanley eran los celos. Mientras habitaban en el mismo barrio, Miller trabó amistad con Joey y Tony, a quienes sus padres invitaban a casa por ser amigos de sus padres. Miller pronto empatizó con Tony, quien rápidamente se convirtió en uno de sus nuevos amigos, a quien Stanley menospreciaba por hallarlo torpe e ingenuo. Una forma de apartarlo por puros celos. Pero Stanley se equivocaba, sus únicos rivales eran los muchachos de más edad de los que los chicos tenían algo que aprender. Fue Stanley quien me revelo, dice Miller, que San Nicolas era un cuento, ese día me rompió el corazón.

Un humilde distribuidor de carbón

Había en el barrio un joven de más edad a quien Henry no contemplaba como un héroe de igual talla que los héroes de sus lecturas, sino como un verdadero santo. No un san Agustín, sino un san Francisco de Asís. Aun hoy le recuerdo –evoca Miller–, era un italiano nacido en Sicilia, se llamaba Johnny Paul, y a veces, si he de ser franco, hasta con lágrimas en los ojos. Sería unos ocho años mayor que Stanley y que yo, lo que en el calendario infantil no deja de ser una diferencia de edad considerable.

Si mal no recuerdo, confiesa Miller, se ganaba la vida repartiendo carbón. Tenía la piel cetrina y unas cejas muy pobladas que servían de marco a dos ojos negros, brillantes como carbúnculos. Vestía unos sucios harapos y siempre iba con el rostro tiznado. Sin embargo, por dentro era impoluto, limpio como un cielo despejado. Lo que más me atraía en él era la dulzura, su voz afable y melodiosa. Cuando decía: Hola Henry, ¿qué tal van hoy las cosas?, yo me derretía materialmente. Era la voz de un padre misericordioso que amaba a todas las criaturas divinas. 

Hasta Stanley había sucumbido a su encanto, que no era otra cosa que una bondad natural y una sencillez absolutamente sincera. Stanley y Miller se preguntaron siempre: no había asistido a la escuela, no sabía leer y escribir, sus padres eran gente humilde, ¿quién le enseñó a ser tan educado, tan afable, tan bueno y tan indulgente?

No deja de tener su encanto, dice Miller, que un infante se vea obligado a descubrir sin ayuda alguna las genuinas cualidades del ser humano, cuando el modelo de padres y maestros que le proponen es una burda falsificación. Quien no ha tratado con niños es un tullido espiritual. Estos no solo conmueven los corazones sino también las mentes. Únicamente contemplando el mundo con sus ojos es posible conocer la belleza y la inocencia. ¡Cuán rápidamente destrozamos su visión del mundo!

Nos aproximamos a descubrir el sexo

Si bien es cierto que Stanley y Henry siempre andaban fisgoneando a los mayores en su actuación con el sexo opuesto y les preguntaban a estos sobre el particular, pocas veces se daban respuestas convincentes. Toda explicación se remitía a que esperaran tener más edad. Pero el niño que es llorón y el instinto que es natural, pronto acorta el camino para los debutantes:

Teníamos, cuenta Henry, pequeñas nociones en materia de sexo porque había en el barrio una chica bonita y de hermosa figura, Jenny Payne, un poco mayor que nosotros, que ofrecía su cuerpo sin discriminación, por un centavo el intento, en el sótano de Louis Pirossa. No creo que ninguno de nosotros llegara realmente a utilizar el miembro, pero el simple contacto con el cuerpo de la chiquilla hacía que nos estremeciéramos de pies a cabeza. Por otro lado, concluye Miller, ella permanecía de pie, que no es la mejor posición para un novato.

Incursiones de vándalos

Una de las cosas que más nos deleitaba –cuando se reunía la tropa completa de amigos y conocidos, de acuerdo con Miller –, eran las incursiones, sembrar como quien dice el pánico y la destrucción. Por suerte, Stanley era el mandamás. Era el único, a juzgar por las trazas, que sabía cuándo poner término a las expediciones de pillaje.

Stanley conseguía imponerse y dominar a los más exaltados, pues algunos de ellos tenían instintos sanguinarios de verdad. Uno de ellos era Alfie Melta, hijo de un policía. Siempre tenía la nariz llena de moco. Había en él un no sé qué de fiereza desatada. Era de cortas luces y se expresaba con dificultad. Era un pillo de baja estofa con inclinaciones malévolas… Era un idiota rematado que solo abría la boca para soltar palabrotas o sucias interjecciones.

Era en fin un atolondrado incurable, un ladronzuelo, un chivato y encima un cobarde. Podía convertir en un arma cualquier cosa, hasta un mondadientes. Poseía la destreza y la inventiva de un caco y le gustaba la vista de la sangre, aunque fuera la suya. 

Su contrafigura era Sylvester, hijo de un peón de albañil que parecía andar de gresca en gresca… Las mujeres del barrio lo adoraban y le daban calurosas palmaditas…. Era súper aplomado, a él se le encomendaban los trabajos peligrosos. 

Él era quien robaba en las iglesias, el que daba falsas alarmas, el que volcaba por capricho los cochecitos de los bebés, robaba a los ciegos; si se lo proponía era capaz de cualquier cosa. La diferencia entre él y Alfie radicaba en que las obras de Sylvester eran las de un artista… Nunca he podido explicarme, comenta Miller, cómo Stanley podía controlar a este hatajo de monstruos.

Sobre la amistad

Se aproxima el noveno aniversario de Miller y con él toca a su fin, según él, su primer paraíso en la tierra, o, para ser exacto, su segundo edén, porque el primero transcurrió en el vientre materno. Allí pugné, confiesa, por permanecer eternamente, pero el fórceps pudo más que yo. Fue un periodo maravilloso aquel en el seno de mi madre y nunca lo olvidaré.

Tenía casi todo cuanto uno pueda desear… excepto amigos, y una vida sin amigos no es digna de este nombre, por confortable y segura que sea. Y cuando digo amigos quiero decir amigos.  

No todo el mundo puede serlo. Debe ser alguien que esté tan apegado a uno como la propia piel, alguien que imprima color, emoción y sentido a tu vida. Es como el reverso del amor, pero incluyendo el reverso del amor mismo. El físico alemán Fechner decía que se viven tres vidas, una en la matriz, otra en el mundo y otra en el más allá.

Hasta que llegó el día en que Stanley se alistó en el ejército, en el arma de caballería. Cuando regresó era un Stanley distinto, más endurecido. Todo lo que en el ejército aprendió fue a jugar y a empinar el codo. Dispuesto a buscar camorra al menor pretexto. 

Transcurren los años y aprende el oficio de cajista tipógrafo. Luego contrae matrimonio con una muchacha polaca, bastante insípida, de la que nunca había dicho ni una palabra. No sé con exactitud –habla Miller–, qué fue de Stanley. Por boca de otros me enteré de que se había quedado ciego y que había logrado enviar a sus dos hijos a la universidad.

Joey y Tony

El solo hecho de pronunciar sus nombres, confiesa Miller, trae a mi mente el recuerdo de una época dorada. Infortunado aquel que no haya conocido tales días de esplendor: el primer contacto con el arte y la naturaleza.

Vivía Miller, entonces, en otro barrio entre los 7 y 12 años en la calle Decatur, en el sector de Bushwick, la misma que más tarde bautizaría como la calle de las penas. John Imhof, el padre de Joe y Tony era un artista. Pintaba a la acuarela y construía vidrieras de color para las pequeñas iglesias del entorno.

Hoy cuando pienso, dice Miller, en estos dos amiguitos, no llego a imaginármelos como seres de carne y hueso. Más bien se me aparecen como personajes salidos de las páginas de un libro de cuentos infantiles. Poseían las cualidades de las que nosotros, gente de la ciudad, carecemos. Siempre estaban contentos y risueños, siempre llenos de entusiasmo y realizando nuevos hallazgos a su alrededor.

Hablaban otro lenguaje, un lenguaje de pájaros, flores, ranas, serpientes y huevos de pichón. Sabían dónde localizar los nidos. Criaban pollitos, patos, palomas y uno se sentía perfectamente a gusto disfrutando de su compañía. Siempre tenían algo nuevo que mostrar, bien fuera otro nidal o una nueva vidriera de las fabricadas por su padre.

Me acuerdo cómo mi padre, cuenta Henry, pronunciaba la palabra artista. Se sentía muy orgulloso de su amigo John Imhof. Cada vez que oía esta palabra yo sentía una conmoción en mi interior. No tenía idea de lo que significaba. Solo sabía que el término arte me afectaba de alguna manera.

Ellos eran católicos y a Miller no le atraía para nada la doctrina que predicaban a sus fieles. En particular le desagradaban los retratos de la Virgen María y de san Juan Bautista, o el de Jesús redentor clavado en la cruz. Le parecían de una morbidez extrema.

Siempre he sentido envidia de la gente nacida en el campo, confiesa, aprenden las bases de la vida mucho antes que los moradores de las ciudades y si bien llevan una existencia dura, no es menos cierto que más saludable.

¡Qué placer era el simple hecho de no hacer nada! Tumbarse en el oloroso y mullido césped, tenderse sobre la tierra calentada por el sol y contemplar las nubes marchando a la deriva o las evoluciones de los pájaros en el cielo.

Incluso de niño, comenta Miller, la religión cristiana nada significaba para mí. Me hacía pensar en la muerte. Hablaban solo del mal, del pecado, la culpa y del castigo. Era mórbida y siniestra. Jamás hallé paz o alegría en ella.

El matrimonio Imhof se disolvió. El padre viajó a Alemania, donde lo esperaba un viejo amor con quien mantenía una relación secreta, ellos se mudaron a una granja más confortable; el padre se marchó, pero les dejó suficiente para mejorar.

Transcurridos unos años, Tony dejó el trabajo que tenía y se hizo sacerdote, siendo destinado como párroco a una distante localidad. No así Joey, que continuó con su empleo y llegó a ser director de la delegación de correos. Se casó con una maestra.

Lo vi por última vez, cuenta Miller, quince años después. Eran los días de angustia de mi relación con June. Desesperado fui a verlo para pedirle prestado algún dinero. Era el mismo Joey de siempre, el mismo bondadoso y excelente amigo. Me dio 10 dólares y me dijo que no se me ocurriera devolvérselos. Al poco tiempo me había convertido en un pedigüeño. Era como si hubiese perdido la dignidad. El caso era sobrevivir a cualquier precio, con tal de llegar a ser lo que siempre deseé ser, libre para escribir.

El primo Henry

Él era como el rey de la calle 85 de Manhattan y Miller el príncipe del Distrito Catorce de Brooklyn. Todos los veranos sus padres hacían los arreglos para que los dos primos con el mismo nombre pasaran dos o tres semanas compartidas entre las casas de las dos familias.

A través de él, cuenta Miller, me di de cuenta de que yo debía ser diferente de los otros muchachos, incluso un adelantado, aunque no demostrara ninguna destreza especial como pintor, escritor o actor. Pero, aun así, yo era bien diferente.

Cuando el primo Henry comunicaba a su pandilla que la semana siguiente vendría el otro Henry, era como si anunciara la llegada de un alto dignatario. Para su primo, Miller era como un enviado de otro mundo, alguien que tenía distintas cosas que ofrecer.

Por mediación suya, Miller tomó conciencia del sexo opuesto por primera vez. Apenas llegado le presentó a una muchachita encantadora de nombre Weesie. Le fue presentada como insinuándole: Aquí tienes, toma una cosa bonita para ti y que la pasen bien los dos juntos.

Fue un lindo romance –diría Henry– de mucho acercamiento, ricas conversaciones introductorias y muchas insinuaciones, pero la cosa no paso de allí. El sexo venía a ser un gustoso y saludable pasatiempo. En cuanto al amor, desconocíamos por completo su significado.

En cierto modo, el primo Henry y Miller se parecían mucho. En realidad, se llevaban a las mil maravillas. Le costaba digerir el hecho de que Miller fuera un voraz lector. Miller solía traer consigo los libros de relatos y tan pronto se le presentaba la oportunidad empezaba a leer pasajes de ellos en voz alta.

Los resultados eran desastrosos. Uno tras otro, los miembros de su improvisado auditórium terminaban por dormirse, algunos llegaban a roncar a pierna suelta. A Henry le traía sin cuidado y continuaba leyendo. 

Si no fuera porque conocí a mi primer amor, confiesa Miller, seguramente me habría enamorado perdidamente de Weesie, pero desde que apareció Cora Seward en mi vida, ya no pude volver a mirar a otra muchacha. Dudo que al iniciar mis estudios de secundaria volviera a verme con mi primo Henry. Tenía que empezar a trabajar porque se necesitaba un ingreso adicional en casa de mis tíos.

Al cabo de unos años, escribe Miller, mi primo se casó, tuvo dos hijos en matrimonio y se trasladó a los suburbios de Long Island. Era una zona pobre, abandonada, mórbida, deprimente y deslucida. Había ido a su casa en una de mis reiteradas crisis a pedirle dinero prestado. Me hubiera dado por satisfecho con 25 centavos, pero el pobre no tenía ni un solo centavo… Nos dimos la mano, forzamos una sonrisa y musitamos un adiós. Fue lo último que supe de mi primo Henry. 

Jimmy Pasta

Era, según Miller, su único rival en la escuela primaria: era un infante dispuesto como yo, concienzudo y con grandes ambiciones. Jimmy soñaba con llegar a ser presidente de los Estados Unidos. Jimmy y Miller se llevaban bien pero no eran amigos entrañables. Durante el periodo escolar, mi camarada era Jack Lawton, confiesa Miller, pero murió muy joven, a los doce.

La causa de que la relación con Jimmy no fuera muy estrecha, según Miller, era su acentuado catolicismo, mientras que yo pertenecía a la ingente masa de pura cepa norteamericana, que integraba la tribu protestante de clase media, y que parecían dominarlo todo en el país.

Él, en cambio, y sus amigos, eran todos de baja extracción social. Sin embargo, lo que más admiraba en Jimmy era su orgullo y su ambición. Quería ser el primero en todo y lo que aún era peor: creía en las fábulas y las leyendas de nuestros héroes nacionales.

Jimmy había convertido en una cuestión de principios ser amigo de todo el mundo. Esa era su faceta política. Antes de conocerlo, nunca me había tropezado con alguien tan afanoso por llegar a la cima.

Siempre estaba recogiendo fondos para una causa u otra. Tenía trece años y se comportaba como un adulto. Pronto consiguió, también, que su nombre apareciera con frecuencia en los periódicos de la ciudad, donde se le encomiaba, se le admiraba y se le envidiaba.

Apenas terminaban los estudios de secundaria, los periódicos empezaron a traer gacetillas con titulares donde se invitaban a conferencias: James Pasta hablará sobre el tema: Lealtad y obediencia

Mi padre, dice el escritor, solía leer estos avisos y mostraba de forma harto significativa cuánto admiraba a Jimmy. ‘‘Llegará lejos’’, solía decir, dando a entender con ello: ‘‘no como tú’’. El hombre no veía futuro alguno para mí y no dejaba pasar oportunidad para restregármelo. 

A la sazón apenas nos veíamos –confiesa Miller–. Casi siempre que esto ocurría era en la calle, por puro azar. Ya entonces, sin razón aparente, Jimmy me admiraba en secreto porque percibía en mí el escritor que yo llevaba dentro. Yo solía decirle que si alguna vez llegaba a postularse como candidato a la presidencia, votaría por él.

Un día, dice el autor, hacia la hora de la cena, me sentía deprimido y aislado del mundo y, además, estaba hambriento. No recordaba la última vez que había comido caliente. De repente, va y me encuentro con Jimmy Pasta, representante de su distrito en la asamblea del estado. Nos saludamos con efusividad.

-Caramba Henry, ¿qué tal van las cosas? –dice Jimmy, palmeándome la espalda.

-Le respondí: un asco.

Su semblante se nubló con una expresión de genuino interés.

–¿Qué quieres decir? –pregunta.

–Pues que estoy sin un céntimo, sin empleo y hambriento.

Tan pronto hube pronunciado esta última palabra –dice Miller– su rostro se iluminó con una ancha sonrisa y cogiéndome del brazo me llevó a un elegante restaurante donde le conocían y pidió una cena para mí. Ingresaría en la dirección de parques como sepulturero, por una semana, después llegaría a ser ayudante personal de Jimmy.

Ahora que he contado la historia de nuestra amistad voy a enviar una postal a Jimmy con mis mejores deseos. Él ha leído mis libros, pero nunca le dije que en el fondo fueron concebidos en el marco de su oficina en las horas de descanso.

Henry Miller habla también de otros amigos: Joe O’ Reagan, un nómada visceral, bullanguero y mujeriego, amante de la mujer japonesa. Max Winthrop, a quien nunca le perdonó que siendo vecino de Cora Seward, no le dijera sino un año después que esta había contraído nupcias, y Alec Considine, cuyo matrimonio coincidiría con su llegada a París, para juntarse con June y Jean.

Al final del relato sobre su amistad con O’Reagan hace esta afirmación premonitoria: No se que clase de fibra hace falta para sobrevivir en este infame país. Uno ha de tener la moral de la comadreja, la agresividad de un perrito faldero, la insensibilidad de un asesino y la dureza de corazón de un magnate, y además de todo eso un montón de suerte.

Epílogo

Henry Valentine Miller fue sin duda un ser humano extraordinario, un gran narrador que desafió a una época y la marcó con su vehemencia y su insolencia. Inspiró una o varias generaciones con una concepción mucho más libre, abierta y desprejuiciada del amor y del cuerpo, y fue un referente literario de mucho valor para la juventud de su tiempo, especialmente para los centauros de la generación beat.

Hizo y dijo muchas cosas que perdurarán por siempre, como esta que escribió hace cinco décadas en el prefacio de Inmóvil como el colibrí:

No esperes a que cambien las cosas, la hora del hombre es la presente y, ya estés trabajando en la base del montón o en la cima, si eres una persona creativa seguirás produciendo, pase lo que pase, y eso es lo máximo que puedes esperar. Hay que seguir creyendo en uno mismo, reconocido o no, atendido o no. El mundo puede parecer un infierno sobre ruedas –y estamos haciendo, todo lo posible ¿verdad? porque así sea–, pero siempre hay sitio, aunque sea en nuestra propia alma, para crear un trozo de paraíso, por demencial que pueda parecer semejante propósito.

León Sarcos noviembre de 2023