Los secretos de la luna de miel de Máxima y Guillermo de Orange en Aruba a 22 años de la boda real

El rey Guillermo Alejandro y Máxima Zorreguieta saliendo al final de la ceremonia en el Beurs Van Berlage en Ámsterdam (REUTERS/Fred Ernst/Pool)

 

El año pasado volvieron con su heredera, Amalia, y otra vez bailaron en las callecitas soleadas de ese paraíso caribeño que fue un refugio lejos del protocolo cuando eran apenas dos recién casados. En febrero de 2002, tras la boda real y el esperado reencuentro con los padres de la novia en Londres, Máxima Zorreguieta y el hoy rey Guillermo Alejandro de Orange-Nassau, partieron a esquiar en St. Moritz y luego volaron a Aruba bajo un clima de absoluto hermetismo.

Por infobae.com





La isla que forma parte de las Antillas Holandesas –hoy independiente, pero con protectorado de los Países Bajos– fue el último destino de los entonces príncipes de Holanda, y el lugar que eligieron para relajarse y descansar después de un año demasiado intenso. Por eso en aquel momento guardaron para ellos el secreto de sus playas inmaculadas y la hospitalidad de su gente –cien culturas conviviendo en apenas 180 km2 rodeados del mar más transparente– que desde la primera visita los hizo sentir como locales, una política que es norma en el trato con todos los turistas, pero que con ellos cobraba aún más sentido: en Aruba, los entonces príncipes podían ser simplemente Máxima y Alex, estaban en casa. Es que, como indica el slogan turístico con el que se promociona el destino, Aruba es una isla feliz y, tal vez por eso, fue el lugar en el que los Orange-Nassau tomaron por primera vez conciencia de que todos los sacrificios para llegar hasta ahí habían valido la pena. Finalmente, ellos también eran felices.

Se habían conocido en la Feria de Sevilla de 1999. Su ex compañera en el colegio Northlands Cynthia Kaufmann, que había estado con el príncipe en la Maratón de Boston, fue quien hizo de celestina. La versión oficial dice que él la sacó a bailar y ella le dijo: “You are made of wood” (“Sos de madera”). El se enamoró a primera vista del desparpajo de la argentina: no tardó en mandarle a su madre, la reina Beatriz, una foto de la economista criada en Barrio Norte –que entonces era vicepresidenta de ventas institucionales del Deutsche Bank en Nueva York– con la leyenda “es ella”.

Pero el camino al altar de la Nieuwe Kerk de Ámsterdam había sido sinuoso. El costo de su amor se había fijado en la hora definitiva en que la argentina tuvo que pedirle a su propio padre que no fuera a su casamiento. Esa había sido la condición para que el parlamento holandés aprobara el matrimonio del heredero del trono con la hija de un ex funcionario de la dictadura argentina, y ella tuvo que ocuparse personalmente de que así fuera.

La resolución legislativa llegaba después de arduas negociaciones y de meses en que no sólo el pasado de su padre y su participación en los crímenes del gobierno de facto fueran sometidos a una exhaustiva investigación: también la vida privada de la futura princesa estuvo bajo la lupa por orden de la reina Beatriz. Detrás de la “maximanía” que las multitudes ya saludaban en las calles de Ámsterdam teñidas de naranja, asomaba una trama de espías y renunciamientos que Máxima sobrellevó con tanta altura que terminaron por volverla todavía más carismática.

Las tensiones habían comenzado con el año 2000, cuando Máxima pasó sus vacaciones en la India, muy cerca de la familia real. Mientras el primer ministro holandés Wim Kok admitía públicamente que la relación “de amistad” existía, grupos de Derechos Humanos denunciaron la participación de Jorge Zorreguieta en la dictadura argentina que tomó el poder después del golpe del 24 de marzo de 1976. El padre de la novia había sido, sucesivamente, subsecretario y secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca, una de las áreas con mayor presupuesto del gobierno militar. La foto de Jorge Rafael Videla tomándole juramento apareció en la portada de todos los diarios de los Países Bajos. Era un escándalo, sobre todo en un país tradicionalmente comprometido con la defensa de los Derechos Humanos, que además había recibido a muchos exiliados argentinos durante los años de plomo.

Como Holanda es una monarquía parlamentaria, es el Parlamento el que debe aprobar el casamiento del príncipe heredero. Y con ese antecedente, no era difícil anticipar que la pareja no conseguiría el visto bueno oficial. Pero el príncipe estaba absolutamente determinado a seguir su corazón y ya había hecho saber a su familia que, de ser necesario, estaba dispuesto a renunciar al trono.

El primer ministro Kok estaba alarmado: el deseo de Guillermo Alejandro podía derivar en una crisis institucional de consecuencias insospechadas para la corona. Fue por eso que le asignó a la cuestión la dimensión de un asunto de Estado. Convocó a un historiador especialista en América Latina y le encargó una investigación confidencial sobre la actuación de Jorge Zorreguieta en los crímenes de la dictadura militar. Lo central era saber hasta qué punto el padre de Máxima estaba involucrado en la desaparición de personas.

Cuatro meses después, el informe estuvo listo y fue lapidario: si bien no había pruebas de la participación de Zorreguieta en ningún crimen, era imposible que un funcionario de su rango desconociera lo que ocurría en el país en esos años. Kok tuvo entonces la certeza de que el Parlamento holandés no iba a aprobar la boda real, a menos que se le ofreciera algo como compensación. La moneda de cambio fue fijada por el propio primer ministro: el padre de la novia no podría asistir al casamiento.

Ese mismo día Alex le pidió formalmente la mano a Máxima mientras patinaban sobre hielo: ella sí había superado una incisiva investigación sobre su propio pasado, una misión que la propia reina Beatriz le encargó a servicios de inteligencia extranjeros e investigadores privados en Nueva York, Buenos Aires, la Patagonia y Bélgica.

También la prensa buscaba con avidez alguna historia oculta para revelar sobre la futura princesa argentina. No la encontró. Solo apareció el video de una fiesta de casamiento en la que se la ve alegre, fumando, y tal vez con alguna copa de más. Un canal holandés se lo compró a un conocido de Máxima en Buenos Aires con la idea de generar una nota picante. “Pero su efecto fue fantástico. A la gente le encantó que la futura reina fuera capaz de divertirse en una fiesta como una persona normal”, dijo por entonces un periodista local. El pretendido revuelo sólo echó más leña a la “maximanía”: los holandeses no podían amarla más. Con el pueblo de su lado, el informe secreto del Palacio Real fue concluyente: no había antecedentes personales en la vida de Máxima que pusieran en riesgo la boda. Pero quedaba por delante encarar la negociación con su padre.

Veinte días antes del anuncio del compromiso, Jorge Zorreguieta mantuvo un encuentro en San Pablo con dos enviados de La Haya con los que ya se había visto sin suerte en Nueva York. Intentaban convencerlo de que desistiera con discreción de ser el padrino de la boda de su hija. Pero él no perdía las esperanzas y pidió hablar a solas con su Máxima y el príncipe, que también estaban en Brasil. Durante la hora que duró la charla que iba a definir el resto de sus vidas, hubo argumentos y hubo lágrimas, pero sobre todo, hubo una verdad tan dolorosa como incontrastable que tuvo que pronunciar Máxima: “Papá, vos no podés venir”.

En solidaridad con su marido, María del Carmen Cerruti Carricart, la madre de Máxima, tampoco asistiría a la boda real. Su hija se casaría con el príncipe heredero, pero ellos no iban a estar ahí para celebrarlo junto a ella. La imagen de la princesa argentina secándose las lágrimas con un pañuelito blanco que acababa de sacar de la manga de su Valentino tras escuchar el tango preferido de su padre, Adiós Nonino, en la ceremonia, recorrería el mundo entero.

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