Una infidelidad, 18 mil análisis de ADN y un sospechoso que no encaja en el perfil: la trama del brutal crimen que conmocionó a Italia

Una infidelidad, 18 mil análisis de ADN y un sospechoso que no encaja en el perfil: la trama del brutal crimen que conmocionó a Italia

Brembate Sopra (Bérgamo), la ciudad de Yara Gambirasio. El gran centro comercial Il Continente, en cuyas obras se concentraron las investigaciones policiales. Las huellas seguidas por los perros condujeron hasta aquí y aquí trabajó el primer sospechoso, el marroquí Mohamed Fikri. (Foto de Massimo Alberico/IPA/IPA/Sipa USA) Grosby

 

Todo crimen tiene un comienzo. Cuando se engendra al asesino que lo cometerá es que empieza a tejerse la tragedia. Ésta, que terminó con el brutal asesinato de Yara Gambisario de 13 años en 2010, comenzó el día en que la italiana Ester Arzuffi cedió a la pasión y, a espaldas de su marido, mantuvo relaciones sexuales con un amante ocasional. Esa tarde quedó embarazada de gemelos. Cuando se enteró, optó por no preguntarse de quién eran, le adjudicó la gestación a su esposo. Era un secreto que jamás pensaba revelar. Hasta que, décadas después, un terrible asesinato sacó a relucir aquella infidelidad tan bien guardada y la genética tuvo la última palabra.

Por infobae.com





(Alerta: no quiero spoilear historias, así que si tenés pensado ver la serie Yara en Netflix, sabé que acá te vas a enterar de mucho).

Yara y el pasto

Yara era la segunda de los cuatro hijos (Keba, Yara, Gioele y Natan) de la pareja conformada por Maura Panarese (maestra de jardín de infantes) y Fulvio Gambirasio (agrimensor). Nació el 21 de mayo de 1997, en Brembate di Sopra, Italia, una ciudad de la provincia de Bérgamo en la región de Lombardía, que tenía en aquel entonces 7.800 habitantes. Su brevísima existencia daría paso a uno de los casos policiales más conmocionantes y enrevesados de la historia de Italia.

Yara tenía una pasión, la gimnasia rítmica, pero también soñaba con conocer el mundo y vestirse a la moda. Admiraba al actor Johnny Depp y a la cantante Laura Pausini y devoraba pizzas y papas fritas. Era una adolescente totalmente corriente y pegada a su familia. Por la mañana cursaba el secundario en el colegio María Regina y los lunes y los miércoles, entre las 15:30 y las 18, practicaba gimnasia rítmica. Esto último lo hacía en el Centro Deportivo Brembo, en la Via Locatelli, ubicado a siete cuadras de su casa.

Ese viernes 26 de noviembre de 2010 no le tocaba entrenar. Pero el destino es el destino y poco puede hacerse para torcer su rumbo. Yara, luego de haber asistido al colegio por la mañana, volvió a su casa a las 13:30 para almorzar: comió pescado con una guarnición de arvejas. Luego, le pidió permiso a su madre para ir al gimnasio. El domingo tenían una competencia de gimnasia rítmica que la tenía muy ilusionada y quería prestarle un grabador a su profesora. Maura le dijo que fuera, pero debía regresar a las 19 porque en invierno, a esa hora, ya está oscuro. Yara prometió hacerlo y salió a las 15:15. Las cámaras de seguridad de las propiedades vecinas la filmaron camino al gimnasio. Llegó al lugar, estuvo con su profesora y le entregó el grabador. Aprovechó y se quedó mirando el entrenamiento de las chicas más pequeñas.

Entre las 18:25 y las 18:44 intercambió tres mensajes de texto con dos amigas y a una de ellas le dijo que debía volver a su casa a las 19. Mandó el último mensaje y salió. Ya era de noche y el aire estaba helado. Dejó atrás el edificio del gimnasio y se dispuso a caminar los setecientos metros que había hasta su casa. Era el barrio en el que había crecido y la distancia, corta. Los edificios de siempre y el tráfico habitual de cualquier viernes. A las 18:47 una antena de celular captó su móvil al pasar, a las 18:55 otra antena lo hizo. Pero a su casa no llegó.

A las 19:11 el celular de Yara se apagó para siempre.

Cuando, unos minutos después, su madre comenzó a llamarla notó que los mensajes que le dejaba iban directo a su buzón de voz. Llamó a Fulvio, su marido. Estaba preocupada. Eran las 20:30 y nadie sabía dónde estaba Yara. No era habitual lo que estaba pasando. Fulvio se dirigió a la policía.

No lo sabían, pero ya era demasiado tarde para recuperar a su hija.

(Yara Gambirasio no está caminando. Está dentro de una furgoneta. Sabe perfectamente que está en peligro. El hombre, rubio y de ojos claros como el cielo, la lleva a un descampado, le rasga la ropa, quiere abusar de ella. La golpea. Yara logra escapar y corre unos metros. Patina en el barro y se cae. Él la alcanza. La vuelve a golpear y la acuchilla con brutalidad varias veces. Ella atina a agarrarse del pasto. Cierra sus dedos con fuerza sobre esa mata verde, como si con ese gesto pudiera aferrarse a lo que le queda de vida. Sus All Stars negras están llenas de lodo. Sus calzas y su ropa interior, también. El cuchillo la lastima. Sus labios se aprietan contra sus brackets. No solo experimenta terror, también le duelen las heridas. Tendría que estar en casa, pero poco hay que pueda hacer. Un rato después está sola y el frío la adormece eternamente).

El ADN de pocos

Fue exactamente tres meses más tarde, el 26 de febrero de 2011, que en un campo de Chignolo d’Isola, a diez kilómetros de Brembate, un hombre llamado Ilario Scotti que practicaba aeromodelismo la encontró. Buscaba su pequeño avión a control remoto que había caído en medio de unos pastizales cuando la vió. El cadáver de Yara estaba carcomido por la fuerza de la naturaleza.

A pesar del estado de descomposición, los peritos forenses encuentran señales precisas, indicadoras del espanto que la joven ha padecido. Varios golpes en la cabeza y seis crueles puñaladas efectuadas con cierta prolijidad simétrica en cuello, tórax, espalda y muñecas. Sospechan violación, parece obvio, pero no pueden probarla. Tiene el corpiño desabrochado y la bombacha desgarrada a cuchilladas. Determinan que Yara no murió enseguida. Sufrió cada uno de los golpes y cuchillazos infligidos. Hay un dato clave entre tanto horror: su agresor, en su afán perverso, se lastimó él mismo. Dejó su sangre estampada en el pantalón de gimnasia de la adolescente y en su bombacha. Consumado el espanto, creen los expertos, la abandonó fatalmente herida. El frío hizo el resto. La hipotermia terminó con Yara. En su mano tenía todavía ese puñado de pasto apretado. O por dolor o por miedo o, simplemente, como dijo la anatomopatóloga Cristina Cattaneo, por “un espasmo terminal” ante la muerte. Nadie lo sabrá jamás. Los huesos de sus pies estaban aún dentro de las zapatillas negras con los cordones desatados. Muy cerca encontraron su Ipod, las llaves de su casa, la tarjeta sim de su celular y la batería. Pero no el teléfono.

En las vías respiratorias de Yara la policía científica detectó cal y pequeñas partículas metálicas. En su ropa, había fibras de una tela particular. Conjeturaron que el asesino podría ser alguien que trabajara en el mundo de la construcción.

Su funeral se realizó el 28 de mayo en el gimnasio donde Yara practicaba gimnasia y el presidente de Italia envió un mensaje especial para la familia. Tal fue la conmoción.

Los expertos han obtenido de los restos de Yara un total de 294 muestras, de las cuales 52 provienen de su ropa interior. En 16 de ellas se detecta un perfil genético masculino, al que los peritos bautizan Desconocido 1.

Tienen al culpable. Es ese hombre sin cara ni apellido, al que la ciencia le adjudica con certeza matemática, unos ojos muy claros. Encontrarlo será una tarea colosal que demandará mucho ingenio y tiempo. El caso, mientras tanto, se mantendrá en la primera plana de los medios italianos. Todos quieren saber quién es Desconocido 1, ese monstruo dueño del ADN hallado en Yara.

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