
Cuando los venezolanos Manuel Herreros y Mateo Manaure terminaron de rodar su primera incursión en el cine, Trans (1982), un cortometraje documental de 22 minutos grabado con una cámara de 16?mm, no sabían que acabaría por convertirse en una cinta de culto. Los cineastas pasaron un año entero con la comunidad transformista (como se definen las protagonistas de la cinta) de Caracas, acompañando cada noche a estas mujeres cuando salían a la calle de noche con intención de prostituirse y entrevistándolas tanto en sus casas como en locales públicos. Gracias a la confianza mutua que consiguieron desarrollar, fueron capaces de retratar lo precario y peligroso de la situación en que vivían, en una cultura machista, donde imperaba la homofobia y la transfobia.
Por El País
“Fue muy difícil porque por entonces era ilegal hablar con transexuales en la calle. De hecho fui a la cárcel una vez. Pasé 12 horas en una celda con otras 17 personas”, cuenta Manuel Herreros, uno de los directores. El día en que el documental fue estrenado en la Cinemateca Nacional de Venezuela, la policía los esperaba en la puerta principal con la intención de arrestar tanto a los cineastas como a las 25 personas trans que habían acudido a ver el corto. Se escaparon por la puerta de atrás de la cinemateca, huyendo luego en taxi. Tras la reacción inicial de las autoridades, los cineastas no encontraron más salas de cine que accedieran a proyectar el documental, excepto una sala de Caracas donde se proyectaban películas pornográficas. La cinta cayó en el oscurantismo.

Manuel Herreros
El cometido de la cinta, según los directores, era visibilizar la violencia a la que las personas trans estaban sometidas y tratar de movilizar a la sociedad para que la situación cambiara. Se recogen testimonios que muestran la ignorancia y prejuicios de los ciudadanos de a pie, la crueldad de los agentes policiales, que tratan a este colectivo como criminales, la de los curas, que las conciben como enfermos mentales, y la del Gobierno, que las considera un peligro para la sociedad. Con el tiempo, muchas de estas mujeres acabaron muriendo víctimas de una violencia legitimada por el Gobierno venezolano, a la que se sumaron los suicidios fruto de una vida de rechazo y opresión y los estragos que causó la epidemia del SIDA.
Una de las entrevistadas explica que estaba obligada a vivir recluida en una zona marginal de Caracas y añadía que una de sus compañeras acaba de ser enterrada después de haber sido apaleada. “Todos tenemos la capacidad mental para tratarnos los unos a los otros con respeto en la calle”, agregaba. En su tono no había rencor, enfado ni tristeza, ni siquiera cuando contaba que toda su familia le había dado la espalda. Tan solo un llamado al respeto, la tolerancia, la justicia. Una de las fotografías expuestas muestra a una de las protagonistas sosteniendo un pedrusco que le acaban de arrojar, y otra imagen inmortaliza una escena en que varios hombres amigos de la trans agredida, se suben a la furgoneta de los agresores y empiezan a golpearlos.
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