
Por mucho tiempo, conversar de política era un asunto reservado para cenáculos íntimos, salones elegantes o sobremesas apertrechadas que terminan en silencios incómodos. ¿Qué pasa cuando se descurte la política? Sí, descurtir, blanquear, quitar el falso brillo, la pátina de solemnidad impostada, para exponerla como el terreno fangoso donde escapados del manicomio, juegan el destino de los pueblos.
Significa abandonar la fascinación romántica de grandes discursos y promesas salvadoras. Dejar de idolatrar a los carismáticos e hipócritas populistas como si fueran estrellas de cine, mientras se observa con desdén la letra pequeña de sus ofertas engañosas. Es reconocer que, bajo el barniz ideológico, la política es, en esencia, una pelea de bravucones en botiquines de mala muerte, alberges de alta rotación y dudosa reputación.
Imposible ignorar las contradicciones y debilidades intrínsecas del mensaje diplomático protocolar, cuando por años solo emiten comunicados confusos, de ritual ambiguo e incomprensibles que nadie lee. La comunidad internacional actúa según intereses, no por retórica patriótica. Sin represalias o incentivos reales, sus palabras y oficios carecen de peso. Aferrados a etiquetas galardonadas de izquierda, derecha, progresista, conservador- como capas mágicas que esconden mentises. Pensamos que votar por “los buenos” es suficiente para cambiar, mientras olvidamos que la política no es un cuento de hadas, sino una tragicomedia con actores mediocres y guiones de tachaduras.
Venezuela es un ejemplo de lo que ocurre cuando la política no solo se curte, sino que se embalsama bajo el peso de narrativas épicas y propuestas de salvación eterna. Por décadas, ha sido el escenario de un duelo interminable entre doctrinas que han transformado a la nación en un laboratorio fallido de sueños rotos. El discurso político no es un debate, sino una máquina de humo donde las promesas se venden al peso y la realidad se paga en miseria, hambre, cárcel y exilio.
Descurtir la política no es solo tarea urgente, es un acto de supervivencia, que supone mirar más allá de los cómodos achinchorrados y asumir que el cambio no llegará sin que los ciudadanos retomen las riendas de su destino, dejando de lado tanto el mesianismo como la resignación.
Como pensar en un encuentro encubridor con irrelevantes sin relevancia para conversar sobre opresión, persecución y violación de los Derechos Humanos. Quienes hacen política digna, inteligente y desafían con pudor al oficialismo, se encuentran resguardados, exiliados o presos.
Descurtir, no es invitación al cinismo. Es una llamada a mirar con ojo crítico, exigir transparencia, rendición de cuentas y aceptar que el sistema no cambiará con memes ingeniosos ni hashtags virales. Significa comprender que, detrás de cada decisión, hay haberes ocultos, negociaciones impuras y, ocasionalmente, un destello de autentica, genuina preocupación por el bienestar común.
Implica tener conciencia de país. Participar activamente, desde protestar en la calle hasta analizar ese aburrido proyecto de ley que nadie quiere entender. Involucrarse más allá del berrinche tuitero y estar claros que el cambio no viene en estuche atractivo ni con garantía de devolución.
En un mundo ideal, la política sería espacio para el debate honesto y colaboración desinteresada. Pero en el real, es un caos organizado que apenas se sostiene con cinta adhesiva y ofertas recicladas. Descurtir la política no nos hará menos idealistas, pero sí más conscientes de la realidad. Y quizás, solo quizás, nos dé una oportunidad de convertir el lodazal en algo habitable.
Después de todo, el poder agobiado de insuficiencia tiene un denominador común, su rechazo amplio y público, además de su esfuerzo para torpedear cualquier proceso de cambio. Pero, al menos, aspiremos a que deje de ser un teatro mal ensayado. ¿Te atreves a cambiar el destino dominado por una ideología trasnochada sin resultados que, acaba con las esperanzas de todos?
Fingir estabilidad y normalidad, no se consigue a la vuelta de la esquina en reunión de enratonados mal representados; mucho menos, buscar validez de un proceso amañado. La historia, es y siempre será implacable con la traición, también, con quienes pactan con los responsables de la tragedia. La confianza no se regala, se construye con hechos y resultados tangibles.
@ArmandoMartini
