Una elección es un proceso complejo, básicamente con el objetivo de seleccionar de manera democrática a quienes ocuparán los cargos públicos u otros. En ese sentido, va de la mano de los derechos humanos de opinión y los derechos políticos para renovar las direcciones periódicamente.
Debería existir, como nominal y solo nominalmente existe, un ente que funja de arbitro, con personas probas y reconocidas que permitan confiar en la realización del proceso hasta su culminación con la proclamación de quienes obtuvieron el triunfo. Eso incluye las posibles reclamaciones o impugnaciones, una vez conocidos los resultados. Si no se conocen los resultados, es imposible -nominalmente ahora, pero en tiempos democráticos- proclamar, o, antes, impugnar. Además que deja mucho que desear acerca de la transparencia de las resultas si no se cuenta con la emisión detallada de los conteos…
Para una elección se debe contar con testigos y miembros de mesa que no vean expuesta para nada su integridad física o mental, más allá de disponer del tiempo, la comida, el agua y demás refrigerios el día de la elección, que ya es todo un atentado a esas integridades por su servicio imposible de pagar a los efectos de la selección.
Además, para elegir es preciso que las postulaciones las haga algún partido político libre, o que las procure personalmente quien quiera presentarse, hasta individualmente. No encadenado ni atapuzado de silencios, arbitrariedades o expropiaciones de espacios físicos, símbolos, copartidarios y más. Debe existir un funcionamiento adecuado de los partidos, que permita el desarrollo de una campaña eficiente, convincente, en medios de comunicación también libres, de manera equitativa. Donde todo aquel que lo desee, según lo establecido en la Constitución y las leyes, pueda enfrentarse en la dinámica política, con proyectos, con carisma, con convicción de los votantes a los que debe conquistar. Sin riesgo alguno de la vida, de prisión, de persecución personal o familiar.
Muy importante: para otra elección es preciso contar con una anterior garantizada en su proceso y sus resultados. Con observadores nacionales e internacionales que den fe de que no se robaron la elección aquella de ningún modo. Con acceso a los lugares y a la información fidedigna. Que permitan a la población votante y no votante salir a celebrar el triunfo de su candidato por calles libres de miedo, de terror. Resulta impensable una elección libre con presos políticos. Así no es la democracia.
Por tanto y más, se intensifica la necesidad de arribar siempre a la democracia para que una elección sea libre y se reconozcan sus resultados dentro y fuera de la localidad, dentro y fuera del país. Lo que hoy digo resulta elemental, pero es bueno refrescarlo en estos tiempos de designaciones tan arbitrarias. Recuerdo, por ejemplo, que Lukashenko ganó en Bielorrusia con casi, casi, el 87% de los votos, y fue felicitado inmediatamente por Putin y Maduro.
