
Si algo quedó claro en el cuestionado consejo de ministros del pasado martes en la noche, en la Casa de Nariño, es que el presidente Gustavo Petro defiende a capa y espada a Armando Benedetti. Y sin importar ningún costo político.
Por SEMANA
Petro tiene un grado de lealtad extrema con Benedetti que nació al calor de la campaña política en el 2022. Desde entonces, no han perdido comunicación un solo instante. Cuando Benedetti estuvo como embajador en Venezuela, y luego en Italia, en la FAO, siempre estuvo conectado vía chat con Petro.
Petro encuentra en Benedetti a ese costeño que él no es: un político purasangre, divertido, desparpajado, alegre, que le saca una sonrisa en medio de las fuertes tensiones y quien siempre tiene un as bajo la manga ante cualquier problema.
En campaña, Benedetti mostró sagacidad política, organizó los recorridos y acercó a Petro a otros sectores que, en el pasado, le habían sido esquivos.
Petro ha reconocido que ganó las elecciones del 2022, en parte, gracias a Benedetti, y no exclusivamente a la izquierda. En el consejo de ministros, el presidente se la jugó de tal forma por Benedetti que lo comparó con Jaime Bateman, el fundador del M-19. Ni Benedetti tenía entre sus cuentas que el mandatario cerrara filas en torno a su nombre de esa manera.
Benedetti renunció en 2020 al Partido de la U para lanzarse a los brazos de Petro. Sin embargo, a diferencia de Roy Barreras, quien compitió en una consulta interna del Pacto Histórico a la presidencia y después integró la lista al Senado en un puesto privilegiado, se separó de todos sus intereses políticos y se dedicó exclusivamente a acompañar al entonces candidato de izquierda, a escucharlo y a asesorarlo.
Benedetti pudo ser nuevamente senador con pocos recursos económicos, pero prefirió quedarse organizando la agenda diaria de Petro y viajar con él en avión durante largos recorridos, como se observa en una fotografía que está en la mira de las autoridades porque esa aeronave, al parecer, era financiada por la empresa Daily Cop, una criptomoneda que estafó a decenas de colombianos.
La confianza entre Benedetti y Petro no es de poca monta. Por eso, hay fotografías de ambos abrazados, del exembajador dándole un beso en la cabeza, incluso, del barranquillero desafiándolo en una especie de pelea de boxeo. Esas imágenes serían comunes y corrientes con un político cualquiera. No con el hoy presidente, un hombre tímido, de cortas palabras, poco expresivo y de difícil acceso.

Petro sabe quién es Benedetti. Conoce sus debilidades, sus problemas, sus escándalos- ya no lo sorprenden, según le dijo otra fuente a SEMANA-, y sus líos judiciales. Y aún así, lo mantiene a su lado y le ha puesto labores titánicas.
Benedetti, por ejemplo, fue quien propuso que Gustavo Petro, recién elegido presidente, tenía que tomarse un café con Álvaro Uribe, su principal opositor durante años. El jefe de Estado aceptó a regañadientes la propuesta y, sin duda, fue un éxito político para el mandatario de izquierda. Ambos aceptaron y la fotografía produjo titulares.
Después, Petro, bajo absoluto silencio, le encomendó una misión: tender puentes con Venezuela y restablecer las relaciones diplomáticas con Nicolás Maduro. Benedetti lo consiguió. En varias oportunidades visitó el Palacio de Miraflores y estrechó su mano con el líder del régimen. Esa cercanía no la ha conseguido Milton Rengifo, el actual embajador en Caracas.
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