
La tentación de igualar, buscar falsas simetrías en situaciones desiguales, es una constante en la política contemporánea. Nivelar, no causa justicia y sirve para diluir responsabilidades, normalizar abusos y perpetuar injusticias.
La propensión a equiparar el mal no es un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia, se ha utilizado para justificar atrocidades como el Holocausto y/o el apartheid. En estos casos, la propaganda nazi y el sistema de segregación racial presentaban a sus mártires como similares a sus asesinos, diluyendo el adeudo de los perpetradores. En la Venezuela actual, observamos una dinámica equivalente, los críticos del gobierno son acusados de ser igual de culpables de la crisis, lo que permite al régimen justificar arbitrariedades e ilegalidades.
Igualar no siempre es normalizar el mal, puede serlo cuando se usa para diluir diferencias significativas entre lo correcto e incorrecto. Si se pone al mismo nivel lo moralmente cuestionable con algo legítimo, hay demasiado riesgo de hacerlo parecer aceptable. Por ejemplo, si se dice: «todos mienten» para probar una mentira, se iguala lo común con lo admisible, apaciguando conductas negativas. Lo mismo ocurre cuando se equiparan víctimas y victimarios en un conflicto, como si todos fueran igual de responsables.
En casos excepcionales puede ser justo, como cuando se busca equidad. Entonces, ¿dónde está el límite? En la intención y las consecuencias; si equiparar sirve para ocultar injusticias, es un problema; si ayuda a corregir desigualdades, es un avance. Sin embargo, no siempre es intencional. A veces, es producto del anhelo ingenuo de hallar un punto medio en escenarios complicados. La búsqueda de un equilibrio a toda costa lleva a una falsa imparcialidad que favorece a quienes detentan el poder. Como afirmó Michel Foucault, (filósofo, historiador, sociólogo y psicólogo francés) el poder no es solo represivo, sino también productivo, y se ejerce a través de la producción de discursos y saberes. Al compensar, se contribuye a legitimar discursos dominantes y a silenciar las voces disidentes.
Hannah Arendt, (filósofa, socióloga, escritora y teórica política alemana, estadounidense y de religión judía), en su análisis sobre la banalidad del mal, señala los peligros de la normalidad de la violencia e injusticia. Al igualar a torturados y verdugos, se banaliza el sufrimiento y facilita la comisión de atrocidades. Esta dinámica se observa en regímenes autoritarios donde la propaganda busca presentar a los opositores como igualmente culpables, licuando el débito del poder.
En la política, como en la vida, hay una obsesión enfermiza con la simetría. Se nos dice que hay que escuchar «ambos lados», que «todos tienen algo de razón», que la verdad está «en un punto medio». Como si la justicia fuera un empate, como si la ética pudiera ajustarse en una balanza. Sin embargo, en la lucha política, unificar no es lo mismo que equilibrar. Igualar es, normalizar el mal.
Vivimos tiempos en los que se equiparan verdugo y martirizado con frialdad digna de un burócrata del cinismo. Nos dicen que «todos son igual de corruptos», que «todos hacen lo mismo». La trampa es evidente, si son iguales, nadie es garante. Y si nadie es responsable, nadie tiene que rendir cuenta. Así, la asimetría en la lucha se convierte en una ventaja para los que juegan sucio.
Esta falsa equidad es la estrategia favorita de quienes tienen el poder y lo ejercen sin escrúpulos. Se presentan como víctimas de un linchamiento mediático cuando los señalan por sus abusos, nunca se inmutan cuando son ellos los que aplastan a sus adversarios con todo el peso del Estado. Se rasgan las vestiduras por la más mínima crítica, pero celebran con cinismo cuando los opositores son perseguidos, censurados o silenciados. Y, por si fuera poco, exigen «moderación» a quienes denuncian sus excesos, como si enfrentarse a un matón con guantes de seda fuera una opción viable.
La política no es un jardín menos un campo de golf con reglas de etiqueta. Es un territorio de batalla donde algunos llevan espadas y otros códigos de conducta. La insistencia en que la resistencia debe ser «moderada», «equilibrada» y «respetuosa» es, en el fondo, un desarme unilateral. Porque mientras unos atienden con normas, otros las escriben, borran y reescriben a conveniencia. Y aún así, se pretende que ambas partes se comporten de la misma manera.
La lucha contra la tendencia a igualar es una tarea compleja, constante. Requiere un compromiso individual y colectivo con la verdad, la justicia y la democracia. Hay disputas donde la equidistancia es complicidad. Igualar es blanquear. Y si normalizamos el mal en nombre de la «imparcialidad», pronto descubriremos que lo único parejo será la resignación.
@ArmandoMartini
