Abraham Sequeda: La costumbre, el peor escenario - LaPatilla.com

Abraham Sequeda: La costumbre, el peor escenario

Existen indicios hasta ahora, de que el comportamiento de los venezolanos parece que se maneja con precisión, sólo en ciertas circunstancias. Esta descripción identifica a la sociedad, en dos corrientes mayoritarias de ideas: una de ellas, que no es capaz como un bloque consolidado de cambiar para lograr las mejoras; la otra corriente, que consiste en dejar todo tal como está, como llega o como se le impone.

Hasta cierto punto, las tradiciones guardan mucho de lo que significa la nación venezolana, ellas representan y agrupan por segmentos cada uno de los rasgos distintivos; aquí se encuentran: la música, gastronomía, bailes, literatura, celebraciones y conmemoraciones en relación a fechas religiosas o que recuerdan una época de independencia, entre otras muy singulares. Se percibe comúnmente a estas costumbres como el folklore.

No sería del todo cierto decir, que la política (la política partidista, política de Estado, conjunto de políticas públicas) se encuentra amparada bajo la influencia del folklore, pero se entiende con mucha razón, que estas costumbres tuvieron su génesis en ese tránsito desde la independencia hasta la aparición del influjo de los caudillos. La forma de hacer la política se acostumbró a remar en todos los sentidos posibles, con dos objetivos básicos: controlar el poder nacional y someter a la población.





La democracia representa un mecanismo idóneo para alcanzar la libertad en sociedad; es decir, bajo las normas que todos hemos aceptado a cambio de una parte de la libertad natural que todos tienen al nacer. Es lo que comúnmente se llama derecho natural. Ciertamente este mecanismo requiere de la participación ciudadana, bajo reglas claras para hacer propuestas de administrar, regular, mejorar las características y el desempeño de esa sociedad; en principio, con la elección de un responsable, un administrador, un funcionario que sirve para honrar y cumplir con su plan de trabajo para el cual fue elegido, por un tiempo determinado.

Poco a poco la costumbre fue llevando a que cada día más, un gobierno a través del poder del Estado, no sea para servir sino ser servido, principalmente a costa del dinero que se administraba. Dentro de esas tradiciones (que degeneró de la anterior), se impuso que esos recursos podían eventualmente incidir favorablemente en las decisiones de la población. Al cabo de un tiempo, no solamente organizaciones políticas, sino empresariales, religiosas, no gubernamentales y otras menos digeribles, se enfocaron ya no en la política sino en el “producto”: los recursos financieros del país.

Menos riesgosa y más rentable, la acción política quedó para los papanatas, logrando consolidarse en el tiempo como una costumbre, una forma normal de ver las cosas. Casi simultáneamente a las penurias, fallas y malas intenciones, se desencadenó la reorganización de lo que se denomina “sociedad civil”, más un puñado de gente. Todos tenían su puesto “bien ganado”: aquellos que lo tenían todo, otros que no les quedó nada, otros que tenían lo que merecían, siendo la rutina lo que condujo este comportamiento a ser aceptado, creíble e imperturbable.

Los momentos actuales parecen ser muy inofensivos, si se logra la abstracción y trasladarse a otros continentes, haciendo la equivalencia con tribus de seres humanos, que aún se despiertan para ir a retirar los tubérculos los cuales crecen naturalmente a varios kilómetros, cuyo valor nutricional para los miembros de esos asentamientos, no se pone en duda.

Sin embargo, este asunto es más grave de lo que perciben los pobladores de Venezuela, pues estos han tomado para sí la costumbre de vivir como prefieren. De todos modos, sigilosamente y constantemente, la rutina se apodera de cuanta capacidad de cambio existe. Entonces es indudable hacer referencia a una doctrina que sostiene muy a conveniencia de los que controlan el poder hoy, que es la “observancia constante y uniforme de una regla de conducta por los miembros de una comunidad”, sobre la cual estos pobladores tienen la creencia de que están respondiendo a una norma jurídica, una moda o hecho repetidamente aceptado. Por lo tanto, al no existir dicha norma, sobre un comportamiento que la misma población accede a que sea compartido, este se consolida como un instrumento de la moral, para las leyes y acciones de un Estado.

Mucho de lo que padece Venezuela, no está escrito en una ley, no es una norma jurídica, ni siquiera está en el ámbito de la moral, es un comportamiento que de forma reiterada y espontánea ha decidido practicar la población.

Siendo así, al cambiar la primera característica, cambia la siguiente. La transformación del comportamiento, llevará a deshacerse de ciertas costumbres y esto conducirá a encauzar el cambio de forma y el objetivo de la política; finalmente los acontecimientos lograrán un país diferente.